Agra­da­ble Come­dia Argentina

UN CUENTO CHINO. Argen­tina, 2011. Un film escrito y diri­gido por Sebas­tián Borensztein 

He aquí otra prueba elo­cuente de cómo un relato dema­siado tran­si­tado puede tras­cen­der por la des­crip­ción de per­so­na­jes bien per­fi­la­dos y res­pal­da­dos por una buena inter­pre­ta­ción. Ése es el caso de Un Cuento Chino, ter­cer film de Sebas­tián Borensz­tein en donde tam­bién es el autor del guión.

Ricardo Darín

Ricardo Darín

Ricardo Darín, uno de los mejo­res acto­res de Argen­tina y el más cono­cido inter­na­cio­nal­mente, vuelve a dar nue­vas mues­tras de su duc­ti­li­dad com­po­niendo a Roberto, un ferre­tero argen­tino que vive en Bue­nos Aires y que res­ponde a un tipo hosco y cas­ca­rra­bias que pasa su vida que­ján­dose, aun­que a veces no le falte razón. A pesar de ser una per­sona poco socia­ble, el des­tino lo enfrenta con Jun (Igna­cio Huang), un inmi­grante chino que no habla espa­ñol y que sólo domina el man­da­rín. Nada más opuesto a Roberto en carác­ter y per­so­na­li­dad; con todo, el por­teño trata de ofre­cerle su coope­ra­ción a fin de que Jun encuen­tre a un tío que busca deses­pe­ra­da­mente; mien­tras tanto, le invita a per­noc­tar en su hogar espe­ran­zado que todo habrá de con­cluir al día siguiente cuando le ayude a esta­ble­cer con­tac­tos con la emba­jada china. 

Como es de supo­ner, nada habrá de solu­cio­narse con tanta bre­ve­dad y el cam­bio de pla­nes obliga a que Roberto y Jun ten­gan que con­vi­vir con el gran obs­táculo de no poder man­te­ner diá­logo alguno dado que cada uno des­co­noce el idioma del otro. Cier­ta­mente el tema de la coli­sión cul­tu­ral se impone en el relato pero el tra­ta­miento resulta un tanto esque­má­tico por­que el ver­da­dero pro­pó­sito de esta his­to­ria es pin­tar las con­se­cuen­cias de una con­vi­ven­cia for­zada donde cada uno de los dos per­so­na­jes soli­ta­rios apren­derá algo del otro, espe­cial­mente en el caso de Roberto donde la visita de su ines­pe­rado hués­ped altera por com­pleto su vida rutinaria. 

Aparte de su tema cen­tral, el film se nutre con la pre­sen­cia de una chica enamo­rada de Roberto (Muriel Santa Ana) y algu­nos per­so­na­jes secun­da­rios que con­tri­bu­yen a brin­dar humor y cali­dez al esque­má­tico guión. Con todo, el logro del film reside en sus bue­nos diá­lo­gos y en la remar­ca­ble inter­pre­ta­ción de Darin y Huang ganán­dose el inme­diato cariño por parte del público. Darín es capaz de derro­char amplia sim­pa­tía a pesar de su misan­tró­pica per­so­na­li­dad en tanto que Huang pro­duce situa­cio­nes muy hila­ran­tes y cons­ti­tuye un buen con­tra­punto con su inter­lo­cu­tor cuando la única forma de enten­derse se mani­fiesta a tra­vés del len­guaje ges­tual, elo­cuen­tes mira­das y pre­ci­sos silencios. 

Con­clu­sión: Una fábula ama­ble que trata de demos­trar cómo per­so­na­li­da­des con pro­fun­das dife­ren­cias aními­cas y cul­tu­ra­les pue­den fina­li­zar com­ple­men­tán­dose para for­jar una ines­pe­rada amis­tad.  Jorge Gut­man

Una Emo­tiva Tera­pia Sexual

THE SES­SIONS. Esta­dos Uni­dos, 2012. Un film escrito y diri­gido por Ben Lewin

Pocas veces el cine ha ofre­cido un relato donde la inti­mi­dad sexual queda expuesta con tan nota­ble hones­ti­dad y sin nin­gún pro­pó­sito de opor­tuno sensacionalismo. 

The Ses­sions que trans­cu­rre en Ber­ke­ley en 1988 se basa en el ensayo escrito por el poeta y perio­dista Mark O’Brien On Seeing a Sex Surro­gate – que pos­te­rior­mente fue publi­cado en la revista lite­ra­ria The Sun– donde relata sus expe­rien­cias al estar con­de­nado a vivir en un pul­món arti­fi­cial pero que a los 38 años de edad está deci­dido a per­der su virginidad.

Como ante­ce­dente cabe acla­rar que a los 6 años de edad, el autor fue afec­tado de polio­mie­li­tis per­diendo casi por com­pleto la coor­di­na­ción de sus movi­mien­tos y por lo tanto estuvo obli­gado a depen­der de la res­pi­ra­ción arti­fi­cial. Eso no ha sido óbice para que este empe­ñoso indi­vi­duo siguiera una exi­tosa carrera uni­ver­si­ta­ria de perio­dismo en la Uni­ver­si­dad de Cali­for­nia en Berkeley. 

A pesar de su grave dis­ca­pa­ci­ta­ción y del debi­li­ta­miento físico, su cuerpo no per­dió las sen­sa­cio­nes vita­les y, entre las mis­mas, el deseo natu­ral del sexo se pone de mani­fiesto. Para tra­tar de solu­cio­nar su pro­blema y teniendo en cuenta sus con­vic­cio­nes reli­gio­sas, como cató­lico resuelve con­fe­sarse con el Padre Bren­dan (William H. Macy), un sacer­dote de men­ta­li­dad abierta que está dis­puesto a dar luz verde al pro­yecto de Mark con­sis­tente en la ayuda de una tera­peuta sexual que lo ayude a lograr su pri­mera expe­rien­cia en la mate­ria. Algu­nos de los momen­tos más pla­cen­te­ros del relato ilus­tran la forma en que Bren­dan debe pasar por alto los pre­cep­tos estric­ta­mente reli­gio­sos, com­pren­diendo que el caso excep­cio­nal soli­ci­tado por Mark es algo en lo que Dios esta­ría total­mente de acuerdo y es por ello que le otorga su com­pleta ben­di­ción; de algún modo, el sacer­dote se con­vierte en su guía moral. 

No muchas veces el cine pro­cura al espec­ta­dor la satis­fac­ción de abor­dar aspec­tos urti­can­tes con tan gran afecto y deli­ca­deza como en el caso de esta nota­ble pelí­cula y eso se refleja en la parte cen­tral del relato con la rela­ción que se esta­blece entre Cheryl Cohen Green (Helen Hunt) y Mark (John Haw­kes). Ella, ade­más de tera­peuta sexual, es una mujer casada y aun­que no esté expli­ci­tado en el relato, ese fac­tor ten­drá gran impor­tan­cia en la comu­ni­ca­ción física e íntima que se esta­ble­cerá entre la “ins­truc­tora” y su “alumno”. Las estric­tas reglas fija­das por Cheryl esta­ble­cen que la tera­pia alcan­zará un máximo de 6 sesiones. 

Helen Hunt y John Hawkes

Helen Hunt y John Hawkes

El direc­tor Ben Lewin ha logrado una gran suti­leza para trans­mi­tir el sen­ti­miento que anima a las par­tes inter­vi­nien­tes a medida que las sesio­nes sema­na­les se van desa­rro­llando. Desde un pri­mer encuen­tro en que ella lo ayuda con la prác­tica de ejer­ci­cios clí­ni­cos para ir avan­zando gra­dual­mente hasta lograr la com­pleta rela­ción sexual, el film exhibe momen­tos de franco humor frente a situa­cio­nes que aun­que a veces resul­ten incó­mo­das son total­mente realistas. 

Lewin, quien per­so­nal­mente fue afec­tado por el polio lle­gando a sobre­vi­vir, tenía como inten­ción de recu­rrir a un intér­prete dis­ca­pa­ci­tado para asu­mir el rol de O’Brien, pero final­mente se deci­dió por John Haw­kes. Se trata de un excep­cio­nal actor que trans­mite mara­vi­llo­sa­mente el estado anímico de su per­so­naje quien debe per­ma­ne­cer en com­pleta pos­tra­ción durante casi todo el metraje; en suma, Haw­kes vuelca una inusi­tada sin­ce­ri­dad y can­dor que resulta inima­gi­na­ble supo­ner que se trata de una fic­ción y no de un ver­da­dero dis­ca­pa­ci­tado a quien uno está con­tem­plando. La otra extra­or­di­na­ria com­po­si­ción es la de Hunt; su pre­sen­cia no sola­mente ilu­mina a Mark sino tam­bién al espec­ta­dor; la ter­nura, cariño y com­pren­sión que trans­mite hacia su paciente es indes­crip­ti­ble así como tam­bién sus emo­cio­nes reser­va­das al tener que abor­dar como tera­peuta un terri­to­rio nunca por ella tran­si­tado y que como mujer casada des­cu­brirá sen­sa­cio­nes tam­poco ima­gi­na­das pero que inevi­ta­ble­mente dejan una hue­lla impo­si­ble de ocultar. 

El gran cré­dito que merece el rea­li­za­dor es haber logrado el justo equi­li­brio de trans­mi­tir en la pan­ta­lla una sublime expe­rien­cia de comu­ni­ca­ción cor­po­ral y espi­ri­tual. Sin ocul­tar el tra­ta­miento tera­péu­tico sexual, y a pesar de que Hunt per­ma­nece des­nuda durante con­si­de­ra­ble parte del relato, los momen­tos cul­mi­nan­tes de la rela­ción elu­den exhi­bir los órga­nos geni­ta­les de sus par­ti­ci­pan­tes para en cam­bio suge­rir a tra­vés del movi­miento de los cuer­pos y de los diá­lo­gos man­te­ni­dos lo que está aconteciendo.

Con­clu­sión: Un exce­lente film sobre una tera­pia sexual emo­ti­va­mente cálida y tierna. Jorge Gut­man

Rela­cio­nes Peligrosas

DAN­GE­ROUS LIAI­SONS. China-Singapore, 2012. Un film de Hur Jin-ho

Las Amis­ta­des Peli­gro­sas, la clá­sica novela del autor fran­cés Pie­rre Cho­der­los de Laclos, ha sido objeto de varias adap­ta­cio­nes cine­ma­to­grá­fi­cas y tele­vi­si­vas donde por pri­mera vez fue abor­dada en el film de Roger Vadim en 1959 con Jeanne Moreau y Gerard Phi­lippe en los roles pro­ta­gó­ni­cos. Pero la adap­ta­ción más impor­tante fue la rea­li­zada por Step­hen Frears en 1988 quien contó con un óptimo guión de Chris­top­her Ham­pton y en donde Glenn Close, John Malko­vich y Miche­lle Pfeif­fer ofre­cie­ron inter­pre­ta­cio­nes inolvidables. 

Es ahora el turno del direc­tor de Corea del Sur Hur Jin-ho quien con Dan­ge­rous Liai­sons ofrece su visión de esta his­to­ria, cam­biando la época y el lugar donde trans­cu­rre. En vez de París del siglo 18, el esce­na­rio es la ciu­dad de Shan­gai a comien­zos de la década del 30 del siglo pasado. En esen­cia, la his­to­ria ori­gi­nal sigue vigente donde en un baile de cari­dad, la liber­tina y mani­pu­la­dora dama de socie­dad Mo Jieyu (Ceci­lia Cheung) esta­blece un dia­bó­lico trato con el don­jua­nesco Xie Yifan (Jang Dong.-gun). Mo quiere ven­garse de un ex amante que la dejó por Bei­bei (Candy Wang), una ado­les­cente con quien piensa casarse, y es por eso que con­vence a Yifan para que seduzca a la inocente chica hacién­dola per­der su vir­gi­ni­dad antes del matri­mo­nio. Al pro­pio tiempo, las inten­cio­nes del play­boy van aún más lejos, dado que su pro­pó­sito es tam­bién lograr sedu­cir a Du Fenyu (Zhang Ziyi), una vir­tuosa joven viuda, aun­que en este caso el juego se vuelve peli­groso cuando ter­mina enamo­rán­dose de ella. 

Si bien esta ver­sión orien­tal resulta visual­mente atrac­tiva, de nin­gún modo con­serva el aliento del film de Frears. Las inter­pre­ta­cio­nes son correc­tas pero Cheung no alcanza la enver­ga­dura de Glenn Close como la mujer fatal sinuo­sa­mente peli­grosa, ni tam­poco Dong-gun adquiere la misma pre­sen­cia caris­má­tica de John Malko­vich como el encan­ta­dor y peli­groso seduc­tor. Quien deci­di­da­mente sobre­sale nota­ble­mente es Zhang Ziyi (en el papel inter­pre­tado por Miche­lle Pfeif­fer) al trans­mi­tir con inten­si­dad sus nobles sentimientos.

Zhang Ziyi y Jang Dong-gun

Zhang Ziyi y Jang Dong-gun

La inten­ción de ubi­car los acon­te­ci­mien­tos en Shan­gai en momen­tos en que se vive un clima de ten­sión frente a la cer­cana inva­sión japo­nesa, de nin­guna manera adquiere una con­no­ta­ción polí­tica que influya en el desa­rro­llo de la trama. Si bien la novela ori­gi­nal tra­sunta la deca­den­cia moral de la socie­dad frente a la inmi­nente revo­lu­ción fran­cesa, en este caso solo se per­si­gue ofre­cer como telón de fondo una buena pin­tura del sec­tor aris­to­crá­tico gozando de sus sun­tuo­sas fies­tas, bai­les de salón, espec­tácu­los de ópera, etc; aun­que indi­rec­ta­mente pue­den refle­jarse las desigual­da­des eco­nó­mi­cas y socia­les de la China de ese enton­ces, la inten­ción es fun­da­men­tal­mente enfa­ti­zar la his­to­ria de amor, intriga, pasión y decep­ción que Cho­der­lus de Laclos desa­rro­lla en su novela. 

La foto­gra­fía de Kim Byung-seo es visual­mente intere­sante y los dise­ños de pro­duc­ción de Wong Kalun son inobjetables. 

Con­clu­sión: Una his­to­ria que aun­que no logre mayor pro­fun­di­dad en la pre­sente ver­sión, sigue teniendo reso­nan­cia en la pul­cra rea­li­za­ción de Hur Jin-Ho.  Jorge Gut­man

Muy Buen Relato Psicológico

FLIGHT. Esta­dos Uni­dos, 2012. Un film de Robert Zemeckis 

Un sólido drama psi­co­ló­gico es lo que el direc­tor Robert Zeme­ckis aborda en FLIGHT. El con­flicto cen­tral del film se cen­tra en la res­pon­sa­bi­li­dad moral y ética que debe asu­mir el con­duc­tor de un avión comer­cial con rela­ción a su tri­pu­la­ción y a los pasa­je­ros que lleva a bordo.

Denzel Washington

Den­zel Washington

El pro­ta­go­nista de esta his­to­ria es Whip Whi­ta­ker (Den­zel Washing­ton), un ave­zado piloto. Con bas­tante expe­rien­cia y seguro de sí mismo, horas antes de abor­dar el avión puede gozar sexual­mente con una aza­fata (Nadine Veláz­quez) en el hotel del aero­puerto, así como satis­fa­cer su sed con bebida alcohó­lica y aspi­rar un poco de cocaína. Cuando el avión comienza su corto reco­rrido desde Orlando a Atlanta, se pro­duce una fuerte tur­bu­len­cia debido a una tem­pes­tad y es ahí donde se pone a prueba la habi­li­dad de Whip al lograr superar el incon­ve­niente y tran­qui­li­zar a los pasa­je­ros. En tal sen­tido, cabe men­cio­nar que el público asiste a una de las mejo­res esce­nas que se hallan visto en el cine con un avión que se sacude con vio­len­cia, ofre­ciendo una sen­sa­ción de rea­lismo total que pro­duce ver­da­de­ra­mente pánico en el espec­ta­dora pesar de no for­mar parte del pasaje. 

Supe­rado el incon­ve­niente men­cio­nado surge pos­te­rior­mente un acon­te­ci­miento aún más grave cuando un serio pro­blema téc­nico hace que la nave comience a pre­ci­pi­tarse en libre caída, peli­grando la vida de los pasa­je­ros. Pero gra­cias a la peri­cia, bue­nos refle­jos, san­gre fría e inge­nio­si­dad del coman­dante apli­cando una manio­bra audaz, el avión logra efec­tuar un ate­rri­zaje de emer­gen­cia aun­que cobrando la vida de 6 de los 102 pasa­je­ros con algu­nos heri­dos, inclu­yendo al pro­pio Whip. Como resul­tado de esta ope­ra­ción, el piloto apa­rece como el gran héroe quien con su valen­tía logró evi­tar un desas­tre mayor. 

De allí en más, el relato va cobrando aris­tas más com­ple­jas y som­brías. Cuando inves­ti­ga­cio­nes pos­te­rio­res lle­gan a deter­mi­nar en los aná­li­sis de san­gre efec­tua­dos a Whip que éste había con­su­mido alcohol y dro­gas, nues­tro héroe cae en des­gra­cia con el riesgo de ter­mi­nar en la cár­cel. De este modo el impacto del acci­dente aéreo adquiere dimen­sión emo­cio­nal cuando Whip niega a admi­tir su con­di­ción de toxi­có­mano y menos aún con­fe­sar el con­sumo de alcohol antes de haber abor­dado el aparato. 

Cons­truido como un thri­ller mis­te­rioso, el buen guión de John Gatins no deja indi­fe­rente al espec­ta­dor y de algún modo lo obliga a tomar par­tido. Teniendo en cuenta la exce­lente inter­pre­ta­ción de Washing­ton donde apa­rece como un hom­bre noble domi­nado por una peli­grosa adic­ción, el público demues­tra su sim­pa­tía hacia el per­so­naje aun­que es bien cons­ciente de que su acción no admite con­tem­pla­cio­nes frente al grave acto de irres­pon­sa­bi­li­dad cometido. 

En esen­cia, el relato pre­senta un dilema moral que encuen­tra su reso­lu­ción en la reden­ción que trata de alcan­zar su pro­ta­go­nista para libe­rarse de sus demo­nios inte­rio­res y tran­qui­li­zar su conciencia.

Ade­más de la estu­penda actua­ción de Washing­ton, Don Cheadle tam­bién sobre­sa­len como el abo­gado defen­sor de Whip, Bruce Green­wood como líder del sin­di­cato de pilo­tos y John Good­man como el pro­vee­dor de dro­gas. La única obje­ción que se puede hacer a este film es la inser­ción de la rela­ción román­tica de Whip con una refor­mada dro­ga­dicta (Kelly Reilly), que nada agrega a la pro­ble­má­tica cen­tral del relato y lo alarga inne­ce­sa­ria­mente. Jorge Gut­man

Mag­ní­fico Film de Acción y Emoción

SKY­FALL. Esta­dos Uni­dos, 2012. Un film de Sam Mendes 

A pocas sema­nas de haberse cele­brado el medio siglo de la apa­ri­ción de Dr. No, pri­mer film de James Bond con el enton­ces no muy cono­cido actor esco­cés Sean Con­nery y la sen­sual sueca Ursula Andress, llega ahora la vigé­sima ter­cera pelí­cula del espía más famoso de la cine­ma­to­gra­fía uni­ver­sal. A juz­gar por Sky­fall, se puede ase­gu­rar que a pesar de los cam­bios gene­ra­cio­na­les exis­ten­tes y de los gus­tos habi­dos en este medio siglo trans­cu­rrido, el héroe de las nove­las de Ian Fle­ming sigue teniendo vigencia. 

Resulta difí­cil pre­ci­sar si esta última entrega es la mejor de la serie, o si acaso Daniel Craig es o no el mejor actor que ha carac­te­ri­zado a 007. En todo caso lo que importa es que el film resulta alta­mente refres­cante, moderno y lo sufi­cien­te­mente sofis­ti­cado como para ajus­tarse a los reque­ri­mien­tos que el público masivo de hoy día exige cuando va al cine en busca de entretenimiento. 

Como muchas veces lo he seña­lado, para lograr el éxito de un film no hay gran­des secre­tos en la medida que se cuente con un buen direc­tor, un elenco com­pe­tente y un guión que trans­mita una his­to­ria con sus­tan­cia. Esos tres ele­men­tos están reuni­dos aquí con el óptimo desem­peño del rea­li­za­dor Sam Men­des, un reparto de pri­mer nivel y un guio­nista quien como John Logan es lo sufi­cien­te­mente pro­lijo para ofre­cer un libreto impe­ca­ble que man­tiene la aten­ción del espec­ta­dor durante dos horas y veinte minutos. 

El comienzo de Sky­fall, impe­ca­ble­mente fil­mado, per­mite asis­tir durante apro­xi­ma­da­mente 10 minu­tos a una per­se­cu­ción impla­ca­ble donde 007 (Craig) trata de atra­par a un peli­groso sujeto por­ta­dor de una lista pre­pa­rada para sumi­nis­trarla a orga­ni­za­cio­nes terro­ris­tas. La corrida espec­ta­cu­lar que tiene lugar en la ciu­dad de Estam­bul a tra­vés de sus sinuo­sas calles y pasa­jes e inclu­yendo los teja­dos del gran bazar, cul­mina encima de un ferro­ca­rril que se des­plaza a gran velo­ci­dad con una gran pelea a trom­pa­das entre el per­se­gui­dor y el per­se­guido. Como resul­tado, el mal­tre­cho Bond cae al fondo de un río y apa­ren­te­mente parece haber muerto, al punto tal de que M (Judi Dench) –su jefa del ser­vi­cio secreto bri­tá­nico en Lon­dres– así lo cree y se encarga de pre­pa­rar su obituario. 

Pero como es de supo­ner, Bond logra sal­varse y a su regreso en Lon­dres pron­ta­mente le es enco­men­dada una misión impor­tante. ¿Quién es ahora el enemigo de turno con quien ten­drá que vér­sela? Se trata de Raoul Silva (Javier Bar­dem), un excén­trico terro­rista vin­cu­lado en el pasado con el M16, cuyo pro­pó­sito es ven­garse de M por su inter­ven­ción en el tras­paso de Hong Kong a China. 

A par­tir de ese momento la his­to­ria adopta giros ines­pe­ra­dos donde resulta prác­ti­ca­mente impo­si­ble pre­de­cir lo que habrá de ocu­rrir, salvo el pla­cer de con­tem­plar la inter­re­la­ción de sus per­so­na­jes que están pro­vis­tos de una riqueza emo­cio­nal como pocas veces vis­tas en las pelí­cu­las de este género. 

Si entre los varios ele­men­tos que pres­ti­gian al film habría que dis­tin­guir a uno de ellos en par­ti­cu­lar ése sería Bar­dem. El actor es uno de los mejo­res villa­nos que se haya visto a lo largo de la serie donde su trá­gico y des­equi­li­brado per­so­naje de ase­sino llega real­mente a per­tur­bar, diver­tir y asom­brar al espec­ta­dor; con una suerte de ambi­güe­dad sexual y un sediento ape­tito de sem­brar el caos, Silva es tam­bién un indi­vi­duo luná­tico pro­visto de un humor espe­cial que en algu­nos casos parece que emerge de algu­nos de los carac­te­res excén­tri­cos que abun­dan en las come­dias dis­lo­ca­das de Pedro Almodóvar. 

La bri­llante actua­ción de Bar­dem no empa­li­dece al resto del cali­fi­cado elenco, comen­zando con Craig que en su ter­cera carac­te­ri­za­ción de Bond asume muy bien la natu­ra­leza de un héroe que en este caso es más com­plejo e intros­pec­tivo pero siem­pre dueño de un atrac­tivo cinismo, sol­tura y ele­gan­cia que carac­te­riza su per­so­na­li­dad. Dench con­fiere soli­dez y con­vic­ción a la heroína feme­nina de esta his­to­ria y en otros pape­les de reparto se dis­tin­guen Ralph Fien­nes, Albert Finch y Ben Whis­haw. Las “chi­cas” Bond no tie­nen aquí tanta rele­van­cia como en los otros fil­mes de la fran­qui­cia, pero de todos modos el eterno feme­nino aquí está bien repre­sen­tado por Béré­nice Mar­lohe y Nao­mie Harris quie­nes gra­ti­fi­can con su belleza y seduc­ción al sec­tor mas­cu­lino de la audiencia. 

Ade­más de Estam­bul y Lon­dres, la buena foto­gra­fía de Roger Dea­kins capta intere­san­tes esce­na­rios del casino flo­tante de Macao, los espec­ta­cu­la­res ras­ca­cie­los de Shan­gai y algu­nos pai­sa­jes impo­nen­tes de Escocia.

Sam Men­des ha brin­dado un film que com­ple­menta acción con emo­ción a tra­vés de la dimen­sión psi­co­ló­gica de los per­so­na­jes; haber sido capaz de brin­dar un cine de atrac­ción popu­lar que al pro­pio tiempo puede satis­fa­cer al ciné­filo más eli­tista es sin duda un gran mérito de este inte­li­gente realizador. 

Con­clu­sión: James Bond Will Return es lo que se lee al fina­li­zar el film. Si lo que ven­drá tiene el mismo nivel de cali­dad que Sky­fall, bien­ve­nido una vez más el reen­cuen­tro con un per­so­naje que ha sido capaz de rein­ven­tarse a tra­vés de los tiem­posJorge Gut­man

Daniel Craig y Javier Bardem

Daniel Craig y Javier Bardem