Algu­nos Mons­truos Hollywoodenses

MAPS TO THE STARS. Canadá-Estados Unidos-Alemania-Francia, 2014. Un film de David Cronenberg

David Cro­nen­berg retorna al cine para ofre­cer un cua­dro impla­ca­ble de cierta gente que con­vive en el agi­tado mundo de Holly­wood. A tra­vés de una his­to­ria coral con per­so­na­jes que en su gran mayo­ría resul­tan des­pre­cia­bles, el público asiste a un feroz relato donde cual­quier medio resulta lícito para lograr los fines perseguidos.

Julianne Moore

Julianne Moore

Uno de los per­so­na­jes es Havana Segrand (Julianne Moore), una madura, neu­ró­tica e his­té­rica actriz deca­dente que no se resigna a admi­tir el paso del tiempo y que ambi­ciona revi­vir las glo­rias de un pasado ya lejano. De un mar­cado ego­cen­trismo, su inme­diato pro­pó­sito es asu­mir el rol pro­ta­gó­nico de un nuevo film en donde años atrás su madre (Sarah Gor­don) había enca­be­zado el reparto. Cuando la intér­prete que iba a inter­pre­tarlo –y según parece es su amiga– sufre una gran des­gra­cia por la muerte acci­den­tal de su hijito y no está en con­di­cio­nes de actuar, Havana enlo­que­cida de ale­gría fes­teja ese drama por­que le allana el camino para reem­pla­zarla. Otro per­so­naje pro­ble­ma­ti­zado es el de Agatha (Mia Wasi­kowska), una tímida y enfer­miza chica con un triste pasado de piró­mana, que llega a Holly­wood pro­ce­dente de Flo­rida y logra con­se­guir un tra­bajo como asis­tente per­so­nal de Havana. De natu­ra­leza inaguan­ta­ble y des­pre­cia­ble es Ben­jie (Evan Bird), el her­mano menor de Agatha que acaba de ter­mi­nar su cura de des­in­to­xi­ca­ción; con sus 13 años ya gana una for­tuna en un show tele­vi­sivo y no tiene escrú­pulo alguno de des­pren­derse de cual­quier rival que se le cruce en el camino aun­que ello impli­que come­ter un cri­men. A esta fauna humana se agrega la madre de Benie (Oli­via Williams) quien se ocupa de mane­jarle sus finan­zas, en tanto que su marido (John Cusak) es un gurú de la tele­vi­sión y una suerte de guía espi­ri­tual que se encarga de sumi­nis­trar tera­pia física a Havana.

A tra­vés de los per­so­na­jes des­crip­tos y valién­dose del guión de Bruce Wag­ner, Cro­nen­berg ofrece un relato impia­doso y cruel al que no le falta sexo, incesto, mani­pu­la­ción, per­ver­sión, exa­cer­bada vio­len­cia, pro­fusa san­gre y algu­nas esce­nas esca­to­ló­gi­cas de dudoso gusto. Todo ello se tra­duce en una pin­tura nada ama­ble de una gale­ría de carac­te­res que se dis­tin­guen por una falta casi total de huma­ni­dad, con la sola excep­ción de un con­duc­tor de limu­si­nas (Robert Pat­tin­son) que aspira a ser actor.

Aun­que la pelí­cula no carece de inte­rés y posee algu­nas esce­nas auda­ces bien logra­das, el film está des­ni­ve­lado por algu­nas situa­cio­nes incohe­ren­tes que lo vuel­ven des­pa­rejo. Con todo, y sin que pueda com­pa­rarse al tra­ta­miento más rigu­roso y pro­fundo que Robert Alt­man brin­dara en The Pla­yer (1992) sobre el mundo de la indus­tria cine­ma­to­grá­fica de Holly­wood, queda como resul­tado una excén­trica sátira que puede verse, sobre todo por el cali­fi­cado elenco y muy espe­cial­mente por la actua­ción de Julianne Moore que le valió el pre­mio a la mejor actriz en el último fes­ti­val de Cannes.

Con­clu­sión: Un film menor de Cro­nen­berg que a pesar de sus alti­ba­jos logra entre­te­ner. Jorge Gut­man

El Costo Emo­cio­nal de la Per­fec­ción Musical

WHI­PLASH. Esta­dos Uni­dos, 2013. Un film escrito y diri­gido por Damien Chazelle

Si hubiera que men­cio­nar un film de 2014 que impacte de manera rotunda y vis­ce­ral, sin duda sería Whi­plash. Aun­que el cine ha con­si­de­rado más de una vez las dife­ren­tes mani­fes­ta­cio­nes que pue­den adop­tar los víncu­los que se esta­ble­cen entre pro­fe­so­res y alum­nos, pocas veces esa rela­ción alcanzó el nivel de extrema cru­deza que se apre­cia en este film que mere­ció en el fes­ti­val de Sun­dance el Gran Pre­mio del Jurado y el del público.

 Miles Teller y J.K. Simons

Miles Teller y J.K. Simons

El prin­ci­pal mérito de este exce­lente drama es la nota­ble carac­te­ri­za­ción de carac­te­res lograda por el talen­toso rea­li­za­dor Damien Cha­ze­lle en la ela­bo­ra­ción del guión. En esen­cia, el film expone el encuen­tro de dos per­so­na­li­da­des cuya rela­ción se desa­rro­lla en un nivel de intensa ten­sión. La acción que se desa­rro­lla en la ciu­dad de Nueva York pre­senta a Andrew (Miles Teller), un mucha­cho de apro­xi­ma­da­mente 20 años apa­sio­nado de la bate­ría que estu­dia en un con­ser­va­to­rio de música muy com­pe­ti­tivo. Sus espe­cia­les dotes son apre­cia­das por Terence Flet­cher (J.K. Simons), quien es uno de los más impor­tan­tes pro­fe­so­res de jazz de la aca­de­mia; por esa razón es inme­dia­ta­mente invi­tado a que par­ti­cipe en un pres­ti­gioso con­junto musi­cal del esta­ble­ci­miento. A par­tir de ese momento surge un vínculo sado­ma­so­quista entre el pro­fe­sor y su alumno, en la medida que Flet­cher uti­liza su ins­tin­tiva natu­ra­leza bru­tal para exi­gir de sus estu­dian­tes y fun­da­men­tal­mente de Andrew esfuer­zos sobre­hu­ma­nos para que él pueda tocar a la perfección.

Si en prin­ci­pio uno podría com­pren­der la volun­tad del maes­tro de obte­ner los máxi­mos valo­res poten­cia­les del alumno al que ins­truye, en el caso pre­sen­tado por Cha­ze­lle el edu­ca­dor se com­porta con un exa­cer­bado sadismo que prác­ti­ca­mente des­truye el equi­li­brio emo­cio­nal de Andrew. No sería exa­ge­rado seña­lar que la forma des­car­nada y humi­llante con que lo trata podría ase­me­jarse a la fero­ci­dad que los terri­bles guar­dia­nes del régi­men nazi lo hacían con los pri­sio­ne­ros de los cam­pos de con­cen­tra­ción o bien a las prue­bas de resis­ten­cia a las que los sol­da­dos son some­ti­dos en el ejér­cito por sus superiores.

La intensa vio­len­cia emo­cio­nal con­te­nida en el relato logra trans­mi­tirse de un modo tan rea­lista que uno se olvida que está asis­tiendo a una his­to­ria de fic­ción para en cam­bio supo­nerla com­ple­ta­mente ver­da­dera; pre­ci­sa­mente, el grado de rea­lismo de lo que se pre­sen­cia llega a un extremo tal en donde esa vir­tud puede lle­gar a inco­mo­dar al obser­va­dor por la extre­mada dureza que se pre­senta en la bata­lla psi­co­ló­gica enta­blada entre sus dos per­so­na­jes centrales.

Aun­que el libreto des­criba mag­ní­fi­ca­mente a Andrew y Flet­cher, tal esfuerzo habría que­dado miti­gado de no haber con­tado con dos acto­res que se entre­gan en cuerpo y alma a dichos per­so­na­jes. Resulta impo­si­ble dejar de admi­rar el esfuerzo físico que rea­liza Andrew, a tra­vés de Miles Teller, con las esco­bi­llas emplea­das para gol­pear los pla­ti­llos a fin de lograr el justo tono reque­rido por la música eje­cu­tada; al pro­pio tiempo uno no puede dejar de sen­tirse ape­nado por la sin­ce­ri­dad de un joven que con sudor, dolor y lágri­mas sufre los emba­tes inflin­gi­dos por su abu­sivo ins­truc­tor pero que al pro­pio tiempo no puede aban­do­narlo por­que su entrega por la música y el jazz supera lo indes­crip­ti­ble; más aún, su grado de dedi­ca­ción es tan grande que hasta renun­cia a la posi­bi­li­dad de pro­se­guir una rela­ción sen­ti­men­tal con una buena chica (Melissa Benoist) por­que podría sig­ni­fi­carle un obs­táculo a su carrera. A J.K.Simmons por su parte le corres­ponde dar vida a un ingrato per­so­naje quien con un sadismo mali­cioso busca la exce­len­cia de su alumno recu­rriendo a méto­dos huma­na­mente deni­gran­tes para lograr su pro­pó­sito; en tal sen­tido este actor logra una admi­ra­ble carac­te­ri­za­ción de su rol.

Final­mente, el gran elo­gio va para Cha­ze­lle quien ade­más de rela­tar mag­ní­fi­ca­mente una triste his­to­ria gra­ti­fica al espec­ta­dor con la exce­len­cia de la música de jazz que en su número final alcanza una dimen­sión incon­men­su­ra­ble como pocas veces se ha visto en cine.

Con­clu­sión: Un film exce­lente. Jorge Gut­man

Una Deli­rante Tragicomedia

BIRD­MAN OR (THE UNEX­PEC­TED VIR­TUE OF IGNO­RANCE). Esta­dos Uni­dos, 2014. Un film de Ale­jan­dro Gon­zá­lez Iñárritu

El título del reciente film de Ale­jan­dro Gon­zá­lez Iñá­rritu hace refe­ren­cia al rol que durante cierto tiempo solía inter­pre­tar el per­so­naje cen­tral de la his­to­ria aquí pro­puesta. Se trata de Rig­gan Thom­son (Michael Kea­ton), un actor sexa­ge­na­rio que déca­das atrás fue famoso ani­mando a “Bird­man”, un super­hé­roe de his­to­rieta, y que ahora atra­viesa en su vida una ins­tan­cia difí­cil al que­rer con­ven­cerse de que aún tiene la capa­ci­dad, ima­gi­na­ción y vigor nece­sa­rios para impo­nerse nue­va­mente como actor a la vez que direc­tor tea­tral. A tra­vés de este per­so­naje, el inte­li­gente rea­li­za­dor ofrece un cua­dro rea­lista de lo que se vive detrás de la escena en opor­tu­ni­dad de estre­nar una pieza de tea­tro en Broad­way, que es el lugar de mayor visi­bi­li­dad para el triunfo o el fra­caso de quie­nes están direc­ta­mente invo­lu­cra­dos en el proyecto.

Michael Keaton y Edward Norton

Michael Kea­ton y Edward Norton

Rig­gan es el director,y uno de los acto­res de una obra tea­tral que él adaptó basada en una novela de Ray­mond Car­ver. De inmi­nente estreno en el Tea­tro St. James, una de las más impor­tan­tes salas de Nueva York ubi­cada en el cora­zón de Broad­way, este acon­te­ci­miento tiene un sig­ni­fi­cado muy espe­cial para Rig­gan dado que cree que le per­mi­tirá reco­brar la popu­la­ri­dad de antaño. Un día antes del comienzo de las repre­sen­ta­cio­nes de pre-estreno, el intér­prete prin­ci­pal sufre un acci­dente lo que motiva a que sea reem­pla­zado por el actor Mike Shi­ner (Edward Nor­ton), dado que según la opi­nión de Jake (Zach Gali­fia­na­kis) –pro­duc­tor de la obra– es un artista bien cono­cido y cons­ti­tuye una garan­tía para atraer al público.

A par­tir de allí el film, que salvo algu­nas esce­nas exte­rio­res de Times Square trans­cu­rre en el inte­rior del edi­fi­cio tea­tral (corre­do­res, cama­ri­nes, esce­na­rio), va ilus­trando lo que acon­tece con Rig­gan en su difi­cul­tosa rela­ción enta­blada con el domi­nante Mike quien pro­cura ejer­cer el con­trol de la obra, su pareja Laura (Andrea Rise­bo­rough), la actriz prin­ci­pal (Naomi Watts) que trata de alen­tarlo, su ex esposa Syl­via (Amy Ryan) y en espe­cial con su hija Sam (Emma Stone); esta última, ade­más de ser su asis­tente, es la única que se atreve a expre­sarle con entera fran­queza algu­nas ver­da­des como cuando le dice que al no que­rer par­ti­ci­par en las redes socia­les de la era digi­tal, él se con­vierte en un hom­bre inexis­tente sin tras­cen­den­cia alguna.

En todo el caó­tico movi­miento que pre­cede al estreno, Iñá­rritu ofrece un muy buen retrato de un indi­vi­duo tra­tando de com­ba­tir sus demo­nios inter­nos y que en algu­nos momen­tos de su estado deli­rante se encuen­tra pose­sio­nado por el sim­bó­lico “hom­bre pájaro” que solía ani­mar años atrás y que con su voz inte­rior le hace ver que es un medio­cre actor.

Con un exce­lente manejo de la cámara en mano que pare­ciera haber sido fil­mado en un único inin­te­rrum­pido plano secuen­cia –en gran parte gra­cias a la habi­li­dad del exce­lente direc­tor de foto­gra­fía Emma­nuel Lubezki– Bird­man deja amplio mar­gen de refle­xión sobre el sig­ni­fi­cado del éxito, cómo el trans­curso inexo­ra­ble del tiempo puede afec­tar la pro­se­cu­ción de la carrera de un actor de edad madura, así como los entre­te­lo­nes del pro­ceso artís­tico de una obra tea­tral y la diná­mica esta­ble­cida entre los acto­res participantes.

Como nota de gran per­ti­nen­cia el guión se refiere a la influen­cia que ejer­cen los crí­ti­cos tea­tra­les repre­sen­tan­tes de influ­yen­tes medios de comu­ni­ca­ción, quie­nes con sus comen­ta­rios de eva­lua­ción poseen el poder de deci­dir el futuro comer­cial de una obra y su per­ma­nen­cia en car­tel; eso se ilus­tra en una dra­má­tica escena que tiene lugar en un res­tau­rante donde una pres­ti­giosa y temida crí­tica (Lind­say Dun­can) no tiene empa­cho alguno de mani­fes­tar a Rig­gan, que cual­quiera sea su apre­cia­ción al juz­gar la obra que va a estre­nar, su opi­nión será nega­tiva por­que odia lo que él repre­senta y desea des­truirlo profesionalmente.

En el sólido reparto, Kea­ton aporta exce­len­te­mente los dife­ren­tes mati­ces de un com­plejo rol dando vida al actor-director que sufre los gol­pes emo­cio­na­les de una cri­sis exis­ten­cial; Nor­ton, por su parte tam­bién bri­lla en un per­so­naje arro­lla­dor, sobre­todo en algu­nas esce­nas inter­ac­tuando con Rig­gan, como así tam­bién en la jocosa situa­ción que se pro­duce cuando actuando en el esce­na­rio frente al público asis­tente llega a exci­tarse sexual­mente en una escena íntima man­te­nida con el per­so­naje ani­mado por Watts.

Solo dos repa­ros merece Bird­man; el pri­mero de los mis­mos radica en el uso exce­sivo de los ele­men­tos de fan­ta­sía y sim­bo­lis­mos que pue­den resul­tar alie­nan­tes; en segundo lugar es que el alo­cado y caó­tico ritmo en que están inmer­sos sus per­so­na­jes crean una dis­tan­cia emo­cio­nal con el espec­ta­dor. Con todo, Iñá­rritú logra refle­jar el drama humano de un paté­tico ser humano deses­pe­rado en pro­cu­rar un reco­no­ci­miento pro­fe­sio­nal a la vez que el afecto y amor en el plano personal.

Con­clu­sión: Una audaz y deli­rante come­dia negra.  Jorge Gut­man 

Las Cuña­das

BELLES SOEURS: THE MUSI­CAL. Autor: René Richard Cyr basado en la pieza del mismo nom­bre de Michel Trem­blay. Direc­ción: René Richard Cyr. Música: Daniel Bélan­ger con Letra de René Richard Cyr. Ver­sión Inglesa de la obra: Brian Hill.. Adap­ta­ción de las Can­cio­nes, Letra en Inglés y Música Adi­cional: Neil Bar­tram. Elenco por Orden Alfa­bé­tico: Vale­rie Boyle, Lili Con­nor, Élise Cor­mier Lisa Hor­ner, Gene­viève Leclerc, Anik Matern, Step­ha­nie McNa­mara, Gene­viève St Louis, Mar­cia Tratt, Astrid Van Wie­ren, Paula Wolf­son, Jocelyne Zucco. Orques­ta­ción y Direc­ción Musi­cal: Chris Bari­llaro. Coreo­gra­fía: Monik Vin­cent. Deco­ra­dos: Jean Bard. Ves­tua­rio: Méré­dith Caron. Ilu­mi­na­ción: Mar­tin Labrec­que. Dura­ción: 1h50 y 25 minu­tos de entre­acto. Repre­sen­ta­cio­nes: Hasta el 16 de noviem­bre de 2014 en la sala prin­ci­pal del Segal Cen­tre (www.segalcentre.org)

Photo de  Andrée Lanthier

Foto de Andrée Lanthier

Desde su memo­ra­ble estreno que tuvo lugar en 1968 la obra escrita por el gran dra­ma­turgo Michel Trem­blay ha reco­rrido un largo tra­yecto tanto en Canadá como a nivel inter­na­cio­nal si se tiene en cuenta que ha sido mon­tada en 25 paí­ses y tra­du­cida a nume­ro­sas otras len­guas. De allí que no resulta extraño que poco más de 4 déca­das des­pués haya sido adap­tada y con­ver­tida en una pieza musi­cal en fran­cés gra­cias al talento man­co­mu­nado de René Richard Cyr como res­pon­sa­ble del libreto y de la letra y de Daniel Bélan­ger en lo con­cer­niente a la auto­ría musi­cal, con­so­li­dando un gran éxito tanto en la pro­vin­cia de Que­bec como en París. Lo que aún estaba ausente era su adap­ta­ción al idioma de Sha­kes­peare, hecho que ahora tiene el público opor­tu­ni­dad de juz­gar des­pués de 4 años de ges­ta­ción gra­cias a la tena­ci­dad del pro­duc­tor Allan Sand­ler.

Antes de con­si­de­rar los valo­res de esta pro­duc­ción con­viene recor­dar en pocas pala­bras el con­te­nido argu­men­tal. La pieza ori­gi­nal, así como la ver­sión musi­cal trans­cu­rre en un barrio de clase obrera de Mon­treal en la década del 60 y tiene como pro­ta­go­nista a Ger­maine Lau­zon (Astrid Van Wie­ren), una humilde mujer que acaba de ganar un con­curso orga­ni­zado por una firma comer­cial por lo cual recibe como pre­mio un millón de cupo­nes. Para mate­ria­li­zar la recom­pensa los cupo­nes deben ser pega­dos en un con­junto de car­ti­llas en un deter­mi­nado lapso, lo que evi­den­te­mente requiere de un esfuerzo sobre­hu­mano para poder con­cre­tar la tarea; para ello soli­cita la cola­bo­ra­ción de fami­lia­res y ami­gas para rea­li­zar la tarea. De esta manera 11 muje­res, inclu­yendo a su hija Linda (Élise Cor­mier), son con­vo­ca­das en la cocina de su casa para poner manos a la obra. A tra­vés de esta pre­misa, Trem­blay ofrece un buen retrato de la con­di­ción feme­nina de esa época, tomando como refe­ren­cia la clase social a la cual per­te­ne­cen sus dife­ren­tes per­so­na­jes; es en ese enfo­que que la obra logró reper­cu­tir favo­ra­ble­mente en el público, por­que ade­más de haber estado muy bien escrita, explora la vida ruti­na­ria de un grupo de muje­res hablando de varios aspec­tos con­cer­nien­tes a sus vidas, ale­grías y frus­tra­cio­nes, sue­ños no con­cre­ta­dos, pro­ble­mas de comu­ni­ca­ción entre gene­ra­cio­nes dife­ren­tes y algu­nos otros tópi­cos vin­cu­la­dos con las con­ven­cio­nes socia­les vigen­tes. Al así hacerlo, en esa supues­ta­mente ami­ga­ble reunión salen a relu­cir algu­nas debi­li­da­des de la con­di­ción humana, inclu­yendo los celos, la amarga envi­dia y otras mani­fes­ta­cio­nes no exen­tas de encu­bierta mal­dad de sus per­so­na­jes, hasta desem­bo­car en un paté­tico desen­lace. Todo ello, Trem­blay lo expresó exce­len­te­mente en tono de tra­gi­co­me­dia de manera tal que el espec­ta­dor pudiera refle­xio­nar sobre lo expuesto con una son­risa en su rostro.

Los repa­ros que puede mere­cer esta trans­po­si­ción musi­cal es que hoy día su tema resulta un poco añejo, sin des­me­re­cer en abso­luto a su gran dra­ma­turgo. Mucho ha cam­biado la socie­dad de Que­bec y fun­da­men­tal­mente la con­di­ción feme­nina; eso no sola­mente sucede en Canadá sino en gran parte del mundo occi­den­tal donde la figura tra­di­cio­nal de ama de casa es ya un resa­bio del pasado y la mujer de hoy día está enfren­tada a otra clase de desa­fíos. El otro aspecto a con­si­de­rar es que teniendo en cuenta la idio­sin­cra­sia y carac­te­rís­tica de los per­so­na­jes de Trem­blay, indi­so­lu­ble­mente inmer­sos en la cul­tura de Que­bec, los diá­lo­gos en inglés de los estra­tos más humil­des de esa época no resul­ten genui­nos al oído por ser el fran­cés colo­quial la len­gua hablada por sus integrantes.

Pres­cin­diendo de las obser­va­cio­nes ante­rio­res, es loa­ble el entu­siasmo, pasión y ener­gía vol­ca­dos por quie­nes han par­ti­ci­pado en este ambi­cioso pro­yecto. Las actri­ces no sola­mente reve­lan exce­len­tes apti­tu­des en la ani­ma­ción de sus res­pec­ti­vos roles sino que ade­más poseen apre­cia­bles apti­tu­des para el canto; a pesar de que todo gira alre­de­dor del per­so­naje inter­pre­tado por Astrid Van Wie­ren, ésta es una pieza coral donde sería injusto des­ta­car quién es mejor que las demás. En tal sen­tido es gran mérito de René Richard Cyr el haber obte­nido de su elenco resul­ta­dos ópti­mos así como haber logrado una diná­mica puesta escé­nica a pesar del redu­cido espa­cio del esce­na­rio tea­tral para una obra musical.

La música de Daniel Bélan­ger, en este caso con la cola­bo­ra­ción de Neil Bar­tram es todo un hallazgo donde una vein­tena de melo­dio­sas can­cio­nes (entre ellas, FreeClaudette’s Wed­ding Day, The Ballad of Pie­rrette Gué­rin, The Stamps Are Mine) se inser­tan ade­cua­da­mente den­tro del con­texto argu­men­tal. Igual­mente, Bar­tram merece espe­cial reco­no­ci­miento por no haber tra­du­cido lite­ral­mente sino haber encon­trado las pala­bras pre­ci­sas en inglés que se ajus­ta­ran a las can­cio­nes de la pieza. Entre otros aspec­tos nota­bles de esta pro­duc­ción se dis­tin­gue Chris Bari­llaro quien ade­más de pia­nista dirige a un con­junto inte­grado por otros 5 músi­cos acom­pa­ñando armo­nio­sa­mente las can­cio­nes inter­pre­ta­das por las 12 actrices.

Con­clu­sión: El Cen­tro Segal ofrece un espec­táculo musi­cal de gran jerar­quía debido a la valiosa cola­bo­ra­ción de un excep­cio­nal equipo artís­ticoJorge Gut­man

Una Pequeña Come­dia Sentimental

ST. VIN­CENT. Esta­dos Uni­dos, 2014. Un film escrito y diri­gido por Theo­dore Melfi

Que un hom­bre huraño, soli­ta­rio y poco ami­ga­ble sea san­ti­fi­cado puede resul­tar impro­ba­ble, pero eso es lo que sucede en St. Vin­cent, pri­mer lar­go­me­traje diri­gido y escrito por Theo­dore Melfi y pro­ta­go­ni­zado por el bri­llante come­diante Bill Murray.

Bill Murray y Jaeden Lieberher

Bill Murray y Jae­den Lieberher

El guión del rea­li­za­dor enfoca a Vin­cent (Murray), un vete­rano de la gue­rra de Viet­nam quien en pro­ceso de reha­bi­li­ta­ción guarda algu­nas secue­las de un derrame cere­bral. De natu­ra­leza inex­pre­siva y de difí­cil tem­pe­ra­mento, su vida cam­bia radi­cal­mente cuando Mag­gie (Melissa McCarthy), una madre mono­pa­ren­tal de modes­tos recur­sos, y su hijo Oli­ver (Jae­den Lie­ber­her) de 12 años lle­gan a habi­tar la casa vecina y en donde las rela­cio­nes enta­bla­das al prin­ci­pio dis­tan de ser cordiales.

Tra­ba­jando en un labo­ra­to­rio médico con hora­rios alter­na­ti­vos, Mag­gie no desea que su hijo quede solo en la casa al regre­sar de la escuela y es por esa razón que soli­cita a Vin­cent que cuide del menor; aun­que con reluc­tan­cia éste acepta la tarea que le pro­veerá 12 dóla­res por hora y le ayu­dará en parte a solu­cio­nar sus difi­cul­ta­des financieras.

Lo que con­ti­núa es bien pre­de­ci­ble. Un vínculo frío y poco ami­ga­ble va cediendo gra­dual­mente lugar a una rela­ción cálida entre el hom­bre hosco y gru­ñón pero tierno de cora­zón con un niño tímido que debe superar algu­nos pro­ble­mas con sus com­pa­ñe­ros de escuela. Así él le ense­ñará cómo adqui­rir mayor con­fianza en sí mismo, cómo actuar frente a los chi­cos que lo aco­san físi­ca­mente en el cole­gio, ade­más de otras acti­tu­des que deberá adop­tar para defen­derse en la vida. Claro está que esa edu­ca­ción impar­tida tiene sus bemo­les cuando Vin­cent, quien tiene una con­si­de­ra­ble incli­na­ción a la bebida y a los jue­gos, lleva al niño a bares así como a las carre­ras de caba­llos. En todo caso, las acti­tu­des del misán­tropo indi­vi­duo son muy apre­cia­das por Oli­ver quien al tener que pre­pa­rar un informe asig­nado por su maes­tro de escuela (Chris O’Dowd) sobre el tema “Saints Among Us” (San­tos entre Noso­tros) des­cribe un cua­dro muy emo­tivo sobre la per­so­na­li­dad de su men­tor a quien con­si­dera un santo, lo que con­duce a una de las esce­nas más cáli­das de esta historia.

El guión es sus­cep­ti­ble de algu­nas obser­va­cio­nes, como por ejem­plo acep­tar que una madre pueda dejar a su hijo en manos de un des­co­no­cido y que en prin­ci­pio pocas garan­tías le ofrece en cuanto a su moda­li­dad de vida; sin embargo, ese deta­lle como algu­nos otros pue­den obviarse con­si­de­rando los aspec­tos posi­ti­vos del relato en donde sus dife­ren­tes per­so­na­jes des­ti­lan huma­ni­dad, inclu­yendo a Daka (Naomi Watts), la amiga pros­ti­tuta rusa de Vin­cent quien es prác­ti­ca­mente su único vínculo social.

En esen­cia, el público con­tem­pla una come­dia sen­ti­men­tal y sen­ci­lla que en cier­tos momen­tos adopta el carác­ter de un buen tele­film pro­li­ja­mente rela­tado y en donde ade­más de con­tar con un buen elenco, sobre todo en la actua­ción de Lie­ber­her, queda resal­tada la exce­lente carac­te­ri­za­ción de Murray como un hom­bre que defi­ni­ti­va­mente no es santo pero sí dueño de una com­pleja per­so­na­li­dad con quien final­mente el público puede empatizar.

Con­clu­sión: Si no fuera por alguna otra razón, la exce­lente actua­ción de Murray jus­ti­fica la visión de este film.  Jorge Gut­man