Uno Para Todos y Todos Para Uno

Cró­nica de Jorge Gut­man

LES TROIS MOUS­QUE­TAI­RES – Texto: Pie­rre –Yves Lemieux, basado en la obra de Ale­xan­dre Dumas - Direc­ción: Serge Denon­court – Elenco: Fré­dé­ric Blan­chette, Oli­vier Barrette, Luc Bour­geois, Éric Bru­neau, Gui­llaume Cyr, Béné­dicte Décary, Kim Des­pa­tis, François-Xavier Dufour, Xavier Huard, Marie-Pier Labrec­que, Benoît Lan­dry, Julie Le Bre­ton, Nor­mand Léves­que, Jean-Moïse Mar­tin, Benoît McGin­nis, Gui­llaume Rodri­gue, Mani Soley­man­lou, Phi­lippe Thibault-Denis — Esce­no­gra­fía: Gui­llaume Lord — Ves­tua­rio: Fra­nçois Bar­beau – Ilu­mi­na­ción: Anne-Marie Rodri­gue Leco­urs – Música Ori­gi­nal: Phi­lip Pinsky – Dura­ción: 2 horas y 45 minu­tos (con un entre­acto de 20 minu­tos). Repre­sen­ta­cio­nes: Hasta el 29 de agosto de 2015 en el Théâ­tre du Nou­veau Monde (www.tnm.qc.ca)

 Éric Bruneau, Philippe Thibault-Denis, Benoît McGinnis y Guillaume Cyr (Foto de Yves Renaud)

Éric Bru­neau, Phi­lippe Thibault-Denis, Benoît McGin­nis y Gui­llaume Cyr (Foto de Yves Renaud)

A par­tir de 1844 en que Ale­xan­dre Dumas padre con­ci­bió la novela his­tó­rica Los Tres Mos­que­te­ros que ini­cial­mente había sido publi­cada en folle­ti­nes por el matu­tino Le Sie­cle, esta crea­ción ha logrado cap­tar hasta el pre­sente el fer­vor popu­lar no sólo a tra­vés de su lec­tura sino tam­bién gra­cias a las dife­ren­tes adap­ta­cio­nes rea­li­za­das para el tea­tro, el cine y la tele­vi­sión. De allí que no resulta extraño que Serge Denon­court se haya deci­dido pre­sen­tarla nue­va­mente al esce­na­rio en un texto adap­tado por Pierre-Yves Lemieux.

Esta pro­duc­ción rea­li­zada con­jun­ta­mente con el fes­ti­val Juste pour rire es espec­ta­cu­lar y cier­ta­mente des­per­tará la admi­ra­ción del público asis­tente. Antes de fun­da­men­tar las razo­nes por las que la pieza des­pierta gran inte­rés cabe men­cio­nar su trama en una esque­má­tica sinopsis.

La acción se desa­rro­lla en la Fran­cia del siglo 17 bajo el reinado de Luis XIII y gira en torno a D’Artagnan, un joven gas­cón de 18 años con gran habi­li­dad en el manejo de la espada, quien viaja a París con la espe­ranza de unirse al cuerpo de mos­que­te­ros del rey; allí con la com­pa­ñía de 3 exper­tos mos­que­te­ros que habrán de con­ver­tirse en sus inse­pa­ra­bles ami­gos logrará des­en­mas­ca­rar una cons­pi­ra­ción que tiene como res­pon­sa­bles al car­de­nal Riche­lieu y a su prin­ci­pal cóm­plice Milady de Win­ter. Como resul­tado del viaje ini­ciá­tico rea­li­zado por nues­tro héroe, éste habrá logrado ver su sueño cum­plido al ser desig­nado mos­que­tero y haber madu­rado como un hom­bre responsable.

La adap­ta­ción de Pierre-Yves Lemieux es fiel a la obra lite­ra­ria con algu­nas licen­cias meno­res que de nin­gún modo alte­ran su espí­ritu; así, por ejem­plo, la escena ini­cial es ori­gi­nal e inge­niosa al intro­du­cir a un niño que leyendo la novela de Dumas se intro­duce en ella para asu­mir la per­sona de D’Artagnan y vivir sus aventuras.

Un aspecto deter­mi­nante del éxito de este espec­táculo es el impe­ca­ble reparto inte­grado por 18 acto­res. Comen­zando con los famo­sos mos­que­te­ros, Benoît McGin­nis ofrece con­vic­ción como el don­jua­nesco Ara­mis, Éric Bru­neau se desem­peña con aplomo como el inte­li­gente y más impor­tante inte­grante del grupo que guarda un dolo­roso secreto de su pasado, en tanto que Gui­llaume Cyr ofrece con afian­zada soli­dez la viva­ci­dad de Port­hos y algu­nos de los momen­tos risue­ños de la obra. Del resto del elenco cabe men­cio­nar a Mani Soley­man­lou quien como Plan­chet, el con­fia­ble valet de D’Artagnan, aporta gra­cia a gra­nel; Marie-Pier Labrec­que es la dulce Cons­tance de quien D’Artagnan se enamora per­di­da­mente; Julie Le Bre­ton, bri­lla como la seduc­tora, malé­vola y pér­fida Milady; Luc Bour­geois se luce como el maquia­vé­lico e intri­gante car­de­nal Riche­lieu. En otros roles de apoyo tam­bién se des­ta­can Benoît Lan­dry como Louis XIII, Béné­dicte Décary ani­mando a la reina Anne de Aus­tria y François-Xavier Dufour dando vida al duque de Buckingham y amante de la sobe­rana. Con el res­peto que merece el homo­gé­neo elenco, no obs­tante la mejor inter­pre­ta­ción está a cargo de Phi­lippe Thibault-Denis quien genera mere­ci­dos aplau­sos de la audien­cia; asu­miendo el rol pro­ta­gó­nico a tra­vés de las dife­ren­tes face­tas que asume su per­so­naje, este joven actor de 26 años cons­ti­tuye una gran reve­la­ción al haberse sumer­gido con deno­dada pasión, ímpetu y entu­siasmo en la piel de D’Artagnan.

La acer­tada esce­no­gra­fía de Gui­llaume Lord que es com­ple­ta­mente fun­cio­nal a los con­ti­nua­dos cam­bios de esce­nas reque­ri­dos por la trama, el sober­bio y fas­tuoso ves­tua­rio de época de Fra­nçois Bar­beau y la con­tri­bu­ción de la con­cep­ción musi­cal de Phi­lip Pinsky que se ajusta cabal­mente en los momen­tos más ten­sos, son otros de los ele­men­tos resal­tan­tes de esta producción.

Final­mente cabe elo­giar una vez más la excep­cio­nal direc­ción Serge Denon­court. Este gran maes­tro de la escena tea­tral de Canadá no ter­mina de sor­pren­der en cada uno de los tra­ba­jos que emprende. En esta opor­tu­ni­dad acu­dió a un texto popu­lar y aun­que no tenga la misma pro­fun­di­dad que el de otras obras aco­me­ti­das por él, ha sido capaz de guiar a un elenco impor­tante, coreo­gra­fiar sus movi­mien­tos, cui­dar los dife­ren­tes deta­lles de la pieza, ya se trate de esce­nas de com­bate y acción como las de natu­ra­leza jocosa que man­tie­nen ade­cuado equi­li­brio con los momen­tos dra­má­ti­cos que asume la parte final del relato. Lo impor­tante es que ha sabido darle vita­li­dad y flui­dez a esta his­to­ria al reunir los ingre­dien­tes nece­sa­rios para dis­fru­tarla ple­na­mente a lo largo de su desa­rro­llo. El resul­tado es un espec­táculo de enver­ga­dura que como entre­te­ni­miento masivo de nin­gún modo menos­caba su nivel de cali­dad. Más allá de sus méri­tos intrín­se­cos, queda refle­jado el men­saje de pro­funda amis­tad, soli­da­ri­dad y leal­tad que surge de la pluma de Dumas en la rela­ción enta­blada entre sus 4 mos­que­te­ros, lo que per­mite que quede refren­dada una vez más la famosa expre­sión de “Uno para todos y todos para uno”.

Con­clu­sión: Nue­va­mente la maes­tría de Serge Denon­curt deleita al espec­ta­dor con un exce­lente espec­táculo.que enri­quece la car­te­lera tea­tral de Montreal

Una Acu­sa­to­ria Mirada

THE LOOK OF SILENCE. Dinamarca-Indonesia-Noruega-Finlandia-Gran Bre­taña, 2014. Un film de Jos­hua Oppenheimer

 Adi enfrentando a uno de los responsables del genocidio de Indonesia

Adi enfren­tando a uno de los res­pon­sa­bles del geno­ci­dio de Indonesia

Des­pués del valioso y triste docu­men­tal ofre­cido por Jos­hua Oppen­hei­mer hace tres años con The Act of Killing (cuyo comen­ta­rio crí­tico fue publi­cado en la edi­ción del 2 de agosto de 2013), el direc­tor aborda el mismo tema en The Look of Silence pero en lugar de tener como pro­ta­go­nis­tas a los per­pe­tra­do­res del régi­men de terror que tuvo lugar en Indo­ne­sia a par­tir de 1966 con la asun­ción del poder del gene­ral Suharto, aquí los pro­ta­go­nis­tas lo cons­ti­tu­yen los parien­tes de las víc­ti­mas del atroz geno­ci­dio. De este modo el rea­li­za­dor ha inten­tado, y nota­ble­mente logrado, ana­li­zar y explo­rar cómo la socie­dad en su con­junto ha podido vivir en una atmós­fera de miedo y silen­cio durante el último medio siglo.

Cier­ta­mente, el siglo pasado fue tes­tigo de fla­gran­tes crí­me­nes con­tra la huma­ni­dad, entre ellos el más horrendo ha sido el del Holo­causto de la Segunda Gue­rra; sin embargo, sus vic­ti­ma­rios –salvo los que han logrado huir– pos­te­rior­mente tuvie­ron o reci­bie­ron el cas­tigo mere­cido y por supuesto nadie podría ima­gi­nar un esce­na­rio donde los nazis siguie­sen con­ser­vando el poder. En el caso de Indo­ne­sia, la situa­ción es total­mente dife­rente por cuanto los ase­si­nos que per­pe­tra­ron el régi­men de terror gozan de total impu­ni­dad y para peor muchos de ellos aún siguen domi­nando los des­ti­nos del país.

Para este film, Oppen­hei­mer se con­cen­tró en una fami­lia de sobre­vi­vien­tes tomando como refe­ren­cia a Adi, un opto­me­trista de 44 años de edad que aún no había nacido cuando en 1966 los escua­dro­nes para­mi­li­ta­res mata­ron a su her­mano Ramli, dejando en com­pleto estado de angus­tia y cons­ter­na­ción a sus empo­bre­ci­dos padres.

Cola­bo­rando con el rea­li­za­dor, Adi se pro­pone iden­ti­fi­car a los ase­si­nos de su her­mano para deter­mi­nar cómo murió, como así tam­bién cono­cer de qué forma ellos jus­ti­fi­can los crí­me­nes come­ti­dos. Así, en un momento de gran ten­sión él llega a con­fron­tar a algu­nos de sus eje­cu­to­res pidién­do­les que acep­ten la res­pon­sa­bi­li­dad de sus accio­nes. Sin duda, el opto­me­trista adoptó un gesto deci­di­da­mente audaz teniendo en cuenta la peli­gro­si­dad y riesgo que estaba asu­miendo al enfren­tar­los; sin embargo, ocul­tando sus emo­cio­nes evita emplear un tono agre­sivo o beli­coso para en cam­bio valerse de sufi­ciente pacien­cia y recato frente a lo que estaba escu­chando, donde logró en cierto modo la empa­tía de sus bes­tia­les interlocutores.

Al pro­pio tiempo indigna saber que en la escuela a la que asiste el hijo de Adi, se alec­ciona a los alum­nos al ser ense­ña­dos que las víc­ti­mas eli­mi­na­das lo fue­ron por haber sido con­si­de­ra­das comu­nis­tas y que esas eje­cu­cio­nes han ser­vido para pre­ser­var la democracia.

Fun­da­men­tal­mente, esta pelí­cula en forma vis­ce­ral y nada com­pla­ciente con­si­dera cuál es el legado de la masa­cre que afecta al pue­blo indo­ne­sio en medio de una atmós­fera de temor donde se impone la mirada del silencio.

Ade­más de sus valo­res cine­ma­to­grá­fi­cos, tanto Oppen­hei­mer como los miem­bros del equipo de fil­ma­ción –cuyos nom­bres per­ma­ne­cen anónimos-, han logrado un docu­mento excep­cio­nal que cons­ti­tuye un recor­da­to­rio sobre la ver­dad de los hechos del reciente pasado así como una severa adver­ten­cia para que acon­te­ci­mien­tos como éstos no vuel­van a repe­tirse en el futuro. De este modo queda un impor­tante tes­ti­mo­nio para que a tra­vés del mismo el mundo se imponga de esta des­gra­cia donde sus per­pe­tra­do­res cons­ti­tu­yen el lado sinies­tro de la natu­ra­leza humana.

Con­clu­sión: Como lo fuera The Act of Killing, The Look of Silence cons­ti­tuye para el espec­ta­dor una expe­rien­cia psi­co­ló­gi­ca­mente catár­tica. He aquí, un docu­mento que por su con­te­nido –aun­que cruel y dolo­roso– así como por su impe­ca­ble rea­li­za­ción es alta­mente reco­men­da­ble. Jorge Gut­man

La Res­tau­ra­ción de un Museo Prestigioso

THE NEW RIJKS­MU­SEUM. Holanda, 2014. Un film de Oeke Hoo­gen­dijk

El Rijks­mu­seum de Holanda es el Museo Nacio­nal del país, con­si­de­rado como uno de los más impor­tan­tes del mundo en mate­ria de arte y arte­sa­nía; como dato rele­vante basta indi­car que alberga más de un millón de pie­zas en la que se incluye la más renom­brada colec­ción de pin­tu­ras del deno­mi­nado Siglo de Oro holandés.

Una escena del documental THE NEW RIJKSMUSEUM

Una escena del docu­men­tal THE NEW RIJKSMUSEUM

Habiendo abierto sus puer­tas en 1800, el edi­fi­cio de esta ins­ti­tu­ción cul­tu­ral fue objeto de varios des­pla­za­mien­tos hasta que final­mente en 1885 fue tras­la­dado a su actual ubi­ca­ción en la Plaza de los Museos de Ámster­dam. Des­pués de más de un siglo, en 2003 el Museo cerró tem­po­ral­mente sus puer­tas a fin de some­terse a impor­tan­tes tra­ba­jos de res­tau­ra­ción y reno­va­ción a cargo de los arqui­tec­tos espa­ño­les Anto­nio Cruz y Anto­nio Ortíz.

En base a lo que pre­cede, este docu­men­tal de Oeke Hoo­gen­dijk tiene como objeto refe­rirse al com­pli­ca­dí­simo pro­ceso expe­ri­men­tado durante la recons­truc­ción del edi­fi­cio. Lo que en prin­ci­pio debía durar pocos años, a la larga se con­vir­tió en una odi­sea que con­cluyó casi una década después.

Ade­más de difi­cul­ta­des buro­crá­ti­cas y pre­su­pues­ta­rias que dila­ta­ron las obras, uno de los prin­ci­pa­les incon­ve­nien­tes tuvo lugar por la obje­ción de los ciclis­tas; aquí es nece­sa­rio acla­rar que el edi­fi­cio se encuen­tra atra­ve­sado por un corre­dor donde pea­to­nes y ciclis­tas tie­nen libre cir­cu­la­ción. De allí que cuando la pro­puesta ini­cial del redi­seño afec­taba este pasa­dizo impi­diendo el acceso de los ciclis­tas, ese hecho pro­dujo gran­des pro­tes­tas por parte de los afec­ta­dos. Ade­más del epi­so­dio men­cio­nado, al cual el docu­men­ta­lista dedica más tiempo de lo real­mente nece­sa­rio, el film con­tem­pla algu­nos comen­ta­rios por parte de arqui­tec­tos, dise­ña­do­res, con­ser­va­dor del museo y en espe­cial de los direc­to­res gene­ra­les del esta­ble­ci­miento. Uno de los momen­tos más tras­cen­den­tes surge cuando el enton­ces direc­tor gene­ral del museo Ronald de Leeuv, exa­cer­bado por las com­pli­ca­cio­nes sur­gi­das para lle­var ade­lante el pro­yecto que fue inte­rrum­pido por cierto tiempo, pre­senta su renun­cia y es reem­pla­zado por el nuevo direc­tor Wilm Pijbes.

Como no hay mal que dure 100 años, el museo fue final­mente reabierto en abril de 2013 luciendo impe­ca­ble. Ahora bien, uno se pre­gunta hasta qué punto el film tras­ciende para el público corriente al no exhi­bir las valio­sí­si­mas obras que con­tiene esta gran ins­ti­tu­ción cul­tu­ral. Tal como está pre­sen­tado, este docu­men­tal aun­que bien rea­li­zado solo podrá intere­sar a una audien­cia que le fas­cine cono­cer los entre­te­lo­nes –inclu­yendo las con­tro­ver­sias sus­ci­ta­das– del Rijks­mu­seum durante el largo período de demo­li­ción y res­tau­ra­ción. Para apre­ciar la extra­or­di­na­ria riqueza de las pie­zas alber­ga­das en el nuevo edi­fi­cio será nece­sa­rio visi­tarlo per­so­nal­mente via­jando a la capi­tal de Holanda. Jorge Gut­man

Recuer­dos de un Famoso Detective

MR. HOL­MES. Esta­dos Uni­dos, 2015. Un film de Bill Condon

El escri­tor esco­cés Art­hur Conan Doyle (1859 – 1930), quien tam­bién fue poeta y médico, estaba muy lejos de ima­gi­nar que sus his­to­rias sobre el per­so­naje Sher­lock Hol­mes habría de con­ver­tirlo en el detec­tive de fic­ción más famoso del mundo. Las fas­ci­nan­tes haza­ñas de este sabueso, donde la mayo­ría de las mis­mas fue­ron narra­das por su gran amigo John Wat­son, fue­ron tras­la­da­das al cine en varia­das opor­tu­ni­da­des y ahora es el direc­tor Bill Con­don quien deci­dió abor­darlo aun­que en este caso lo hace durante sus últi­mos años de vida. Para per­so­ni­fi­carlo con­vocó a Ian Mc Kellen, con quien ya tuvo opor­tu­ni­dad de tra­ba­jar en el muy buen film Gods and Mons­ters (1998); una vez más esta cola­bo­ra­ción ha resul­tado amplia­mente fructuosa.

Ian Mc Kellen

Ian Mc Kellen

Basado en el guión de Jef­frey Hat­cher, quien a su vez tomó como refe­ren­cia la novela de Mitch Cullin A Slight Trick of the Mind, pre­senta a Hol­mes (McKe­llen) de 93 años en 1947 quien acaba de retor­nar de Japón en un viaje que tuvo como pro­pó­sito obte­ner una planta medi­ci­nal para con­tra­rres­tar la seni­li­dad así como pre­ser­var su capa­ci­dad inte­lec­tual. En su casa ubi­cada en una zona rural de Sus­sex, al sur de Ingla­te­rra, vive acom­pa­ñado de la señora Munro (Laura Lin­ney), una viuda gober­nanta que lo atiende, y su hijo Roger (Milo Par­ker) de 14 años quien apre­cia al anciano vién­dolo dedi­cado a su labor de apicultor.

Con muy buena ila­ción, el relato con­si­dera dos his­to­rias para­le­las que sur­gen de los recuer­dos de este per­so­naje cuya memo­ria se encuen­tra en con­si­de­ra­ble estado de fali­bi­li­dad. El epi­so­dio más cer­cano lo cons­ti­tuye el viaje que acaba de rea­li­zar a Hiros­hima donde se pro­duce el encuen­tro con un bota­nista (Hiro­yuki Senada) quien le ayuda a bus­car la medi­cina deseada; esa visita per­mite al mismo tiempo que el anciano con­tem­ple lo que ha que­dado de la ciu­dad diez­mada por el bom­bar­deo ató­mico de agosto de 1945.

La otra his­to­ria surge de los apun­tes de Hol­mes y se vin­cula con la expe­rien­cia atra­ve­sada 30 años atrás cuando a ins­tan­cias de Tho­mas Kel­mot (Patrick Ken­nedy), un muy preo­cu­pado marido, recibe ins­truc­cio­nes de vigi­lar los pasos de su depri­mida esposa Ann (Hat­tie Morahan) de quien teme que haya caído bajo los influ­jos de una espi­ri­tua­lista (Fran­ces de la Tour) que le ofrece cla­ses de música de un extraño ins­tru­mento. Este caso, cuyo clima se ase­meja al que Hit­ch­cock con­si­deró en Vér­tigo (1958), nunca llegó a ser resuelto por el sagaz detec­tive lo que motivó a que deci­diera dejar la profesión.

Más allá de los recuer­dos, el film se cen­tra en un hom­bre que es con­ciente de su mor­ta­li­dad y que viendo que el final se le va apro­xi­mando trata de con­ser­var su luci­dez men­tal. En tal sen­tido, los recuer­dos del pasado que acu­den a su mente pue­den o no ser total­mente verí­di­cos pero lo que el relato tras­luce es la volun­tad y per­sis­ten­cia de quien fuera el cere­bral inves­ti­ga­dor para no dejarse ven­cer como así tam­bién para pre­ser­var su iden­ti­dad personal.

Más que el desa­rro­llo de una sus­tan­cial trama, lo que en este film pre­do­mina es la des­crip­ción psi­co­ló­gica de un famoso per­so­naje en el cre­púsculo de su exis­ten­cia. ¿Quién mejor que McKe­llen para com­pe­ne­trarse en la per­so­na­li­dad de Hol­mes? Con su acos­tum­brada sol­ven­cia pro­fe­sio­nal, el actor mara­vi­lla repre­sen­tando a un hom­bre anciano, un tanto iras­ci­ble y cas­ca­rra­bias, con emo­cio­nes repri­mi­das, que trata de darle un sen­tido a lo que le resta por vivir, dedi­cando su ener­gía a la crianza de abe­jas. No menos impor­tante es cómo logra adop­tar dife­ren­tes ras­gos carac­te­ro­ló­gi­cos de su per­so­naje según la edad que repre­senta en las dis­tin­tas épocas –pre­sente y pasado– en que trans­cu­rre la acción.

Aun­que la bri­llante carac­te­ri­za­ción de McKe­llen sea el ele­mento que más tras­ciende en la valo­ra­ción del film, Con­don ha cui­dado que los res­tan­tes per­so­na­jes tam­bién lle­guen a intere­sar. En ese aspecto, cabe remar­car la inter­ac­ción que se pro­duce entre Hol­mes y Roger; con­vir­tién­dose en su men­tor, el anciano crea un sólido lazo de amis­tad y ter­nura con el ado­les­cente que lo admira y desea seguir sus pasos; es aquí donde el joven Par­ker cons­ti­tuye toda una reve­la­ción por la fres­cura y espon­ta­nei­dad que brinda a su rol.

Cor­don ha logrado un film esté­ti­ca­mente bello donde se apre­cia la exce­lente foto­gra­fía de exce­lente nivel de Tobías Sch­liess­ler así como tam­bién se des­taca el mon­taje de Vir­gi­nia Katz logrando una buena super­po­si­ción de los dife­ren­tes tiem­pos e his­to­rias anexas.

Con­clu­sión: Con­fir­mando la gran afi­ni­dad exis­tente entre Con­don y McKe­llen, el público asiste a un con­mo­ve­dor film sobre la etapa final de la vida del más céle­bre detec­tive de fic­ción que el mundo ha cono­cido.  Jorge Gut­man

Un Atrac­tivo Salón de Baile

JIMMY’S HALL. Gran Bretaña-Irlanda-Francia, 2014. Un film de Ken Loach

El vete­rano rea­li­za­dor Ken Loach retorna con otro film intere­sante que aun­que no sea el mejor den­tro de su mag­ní­fica fil­mo­gra­fía, siem­pre logra tras­cen­der teniendo en cuenta la acer­tada forma en que for­mula una denun­cia social donde en este caso toma como refe­ren­cia la figura de un acti­vista político.

Barry Ward

Barry Ward

Tra­ba­jando con su habi­tual guio­nista Paul Laverty, el film relata la verí­dica his­to­ria de James/Jimmy Gral­ton (Barry Ward), un líder vin­cu­lado con el comu­nismo irlan­dés quien tuvo una activa par­ti­ci­pa­ción en la gue­rra de inde­pen­den­cia de su país natal. Des­pués de haber per­ma­ne­cido 10 años en Nueva York, en 1932 retorna a Irlanda como ciu­da­dano ame­ri­cano a fin de ayu­dar a su madre anciana en la granja fami­liar ubi­cada en una zona rural del con­dado de Leitrim.

Si bien su inten­ción es ini­ciar una vida apa­ci­ble y tran­quila en el terruño natal, sus pla­nes se verán alte­ra­dos. A su regreso es cáli­da­mente aco­gido por sus ami­gos loca­les quie­nes apro­ve­chan su lle­gada para soli­ci­tarle que reabra un modesto y pequeño salón de baile que había estado ope­rando antes de que él dejara el país y que desde enton­ces ha estado cerrado y en com­pleto aban­dono por el paso del tiempo. Es así que Jimmy logra reacon­di­cio­nar el local y lo pone en fun­cio­na­miento para que su gente dis­ponga de un cen­tro comu­ni­ta­rio. En el mismo, ade­más de bai­lar con la música de jazz brin­dada con los dis­cos que trajo de los Esta­dos Uni­dos y el empleo de un gra­mó­fono, los asis­ten­tes pue­den dis­fru­tar con la lec­tura de poe­sías, prac­ti­car depor­tes e incluso efec­tuar reunio­nes donde se dis­cu­ten y comen­tan algu­nos de los pro­ble­mas socia­les que afec­tan a la zona. En todo caso, ese lugar de encuen­tro repre­senta para sus con­cu­rren­tes una forma de enri­que­ci­miento espi­ri­tual y cul­tu­ral den­tro de un con­texto rural donde no exis­ten otras alter­na­ti­vas de supera­ción o de optar por un mejor porvenir.

A pesar de sus bue­nas inten­cio­nes, las acti­vi­da­des de Gral­ton moles­tan rotun­da­mente al ultra con­ser­va­dor Padre She­ri­dan (Jim Nor­ton) quien ya antes de que par­tiera a los Esta­dos Uni­dos no sim­pa­ti­zaba con él por su ideo­lo­gía polí­tica; ahora, desde su púl­pito el reli­gioso hace todo lo posi­ble para con­ven­cer a sus feli­gre­ses sobre lo inquie­tante que resulta la exis­ten­cia de ese círculo de baile, ale­gando que el salón es un antro per­ni­cioso que con­tra­dice la edu­ca­ción de la igle­sia, agra­vado por el hecho de que un comu­nista “anti-Cristo” se encuen­tra al frente del mismo. A todo ello hay que agre­gar la pre­sen­cia de otros enemi­gos polí­ti­cos de Jimmy como el de un rico terra­te­niente (Brian F. O’Byrne) que llega a cas­ti­gar a su hija (Ais­ling Fran­ciosi) por ser una de las asi­duas visi­tan­tes del cen­tro cultural.

Otros acon­te­ci­mien­tos que se suce­den en el relato con­du­cen a que final­mente Gral­ton sea depor­tado de Irlanda –sin la exis­ten­cia de jui­cio alguno– y enviado a los Esta­dos Uni­dos donde per­ma­ne­cerá hasta su muerte acae­cida en 1945 sin haber sido capaz de retor­nar a su tie­rra natal.

En esen­cia, Jimmy’s Hall se des­taca como un film huma­nista que pre­gona por el dere­cho de todo indi­vi­duo de poder expre­sar libre­mente sus ideas sobre las injus­ti­cias socia­les impe­ran­tes. De ritmo fluido, pleno de bue­nos sen­ti­mien­tos, bien actuado y ambien­tado, el film del tán­dem Loach-Laverty expone igual­mente su punto de vista sobre el abuso del poder y dog­ma­tismo de la igle­sia cató­lica al con­tra­de­cir los idea­les y prin­ci­pios mora­les de la cris­tian­dad. Jorge Gut­man