Otra Exi­tosa Edi­ción del TIFF

Comen­ta­rio de Jorge Gut­man

Nue­va­mente las expec­ta­ti­vas del Fes­ti­val Inter­na­cio­nal de Cine de Toronto han sido amplia­mente satis­fe­chas. Esta gran fiesta cine­ma­to­grá­fica mun­dial cons­ti­tuye un viaje a tra­vés del tiempo y del espa­cio donde el menú ofre­cido de casi 400 pelí­cu­las pro­gra­ma­das per­mi­tió que cada espec­ta­dor tuviese la posi­bi­li­dad de ele­gir aque­llos fil­mes que más se acer­ca­ran a su gusto, temá­tica, país de ori­gen, como así tam­bién en fun­ción de su elenco y dirección.

A con­ti­nua­ción se lis­ta­rán los pre­mios más impor­tan­tes adju­di­ca­dos por el TIFF en la cere­mo­nia de clau­sura que tuvo lugar el domingo pasado.

El film La La Land del direc­tor Damien Cha­ze­lle obtuvo el Pre­mio del Público (People’s Choice Awards), en tanto que el mejor docu­men­tal dis­tin­guido por el público corres­pon­dió a I Am Not Your Negro del rea­li­za­dor Raoul Peck.

El Pre­mio a la Mejor Pelí­cula Cana­diense fue para el film de Mat­hieu Denis y Simon Lavoie  Those  Who Make Revo­lu­tion Half­way Only Dig Their Own Gra­ves (Ceux qui font les révo­lu­tions à moi­tié n’ont fait que se creu­ser un tom­beau), en tanto que Old Stone de Johnny Ma obtuvo la dis­tin­ción de mejor opera prima canadiense.

La sec­ción Plat­form creada el año pasado es la única com­pe­ti­tiva del fes­ti­val. De las 12 pelí­cu­las que inte­gra­ron la pro­gra­ma­ción, el jurado for­mado por Brian De Palma, Mahamat-Saleh Haroun y Zhang Ziyi, con­ce­dió el pre­mio a Jackie del rea­li­za­dor chi­leno Pablo Larraín con un elenco enca­be­zado por Nata­lie Portman.

El jurado de la Fede­ra­ción Inter­na­cio­nal de Crí­ti­cos de Cine (FIPRESCI), con­for­mado por Stef­fen Moes­trup, Neta Ale­xan­der, Michael Sicinski, Diego Faraone, Jake Howell (Canada) y Louis-Paul Rioux otorgó dos pre­mios. En la sec­ción Dis­co­very, donde han par­ti­ci­pado pri­me­ras obras, fue pre­miada la pelí­cula Kati Kati de Mbithi Masya, en tanto que den­tro de los títu­los exhi­bi­dos en la sec­ción Spe­cial Pre­sen­ta­tions el film pre­miado corres­pon­dió a I Am Not Madame Bovary de Feng Xiaogang.

A con­ti­nua­ción se efec­túa una breve revi­sión de algu­nos de los fil­mes pre­sen­ta­dos en el Festival.

Fuo­coam­mare (Ita­lia) es un nota­ble docu­men­tal ita­liano de Gian­franco Rosi que trans­cu­rre en la pequeña isla ita­liana de Lam­pe­dusa, situada al sur de Sici­lia. Habiendo vivido un año en dicho terri­to­rio, el rea­li­za­dor enfoca dos reali­da­des que con­vi­ven en esa región.

En su pri­mera parte el film docu­menta algu­nas tra­di­cio­nes y ras­gos cul­tu­ra­les del lugar a tra­vés de la visión de Samuele, un niño de 12 años que es hijo de un pes­ca­dor; a tra­vés de sus acti­vi­da­des coti­dia­nas se llega a cono­cer, entre otros per­so­na­jes, a algu­nos miem­bros de su fami­lia inclu­yendo a su abuela quien es experta coci­nera de pas­tas, su amigo con quien juega, así como tam­bién al médico Pie­tro Bar­tolo a quien acude para que le solu­cione un pro­blema visual. Es en su segunda parte, donde el relato alcanza mayor dra­ma­tismo al abor­dar la situa­ción de los deses­pe­ra­dos migran­tes que pro­ve­nien­tes de África tra­tan de lle­gar a la isla uti­li­zando como trans­porte pre­ca­rias y sobre­car­ga­das embar­ca­cio­nes donde no todos alcan­zan a sobrevivir.

Aun­que en prin­ci­pio no existe un lazo de cone­xión con­creto entre ambas his­to­rias, salvo la labor huma­ni­ta­ria de res­cate rea­li­zada por los guar­da­cos­tas de la zona y o bien la que el doc­tor Bar­tolo presta a los refu­gia­dos clan­des­ti­nos y cer­ti­fi­cando la muerte de quie­nes sucum­bie­ron en el viaje, ese aspecto no menos­caba los logros del film. Tes­ti­mo­niando impe­ca­ble­mente una de las tra­ge­dias mayo­res que actual­mente afec­tan a la huma­ni­dad, el rea­li­za­dor con­firma su com­pro­miso con un cine de con­no­ta­ción social.

Con Death in Sara­jevo (Bosnia-Francia) el direc­tor y guio­nista Danis Tano­vic efec­túa un revi­sio­nismo his­tó­rico de los pro­ble­mas que han aque­jado a Europa en la región de los Bal­ca­nes y que aún sub­sis­ten aun­que la gue­rra haya con­cluido. Uti­li­zando como excusa la cele­bra­ción del cen­té­simo aniver­sa­rio de un trá­gico evento que cons­ti­tuyó el deto­na­dor de la Pri­mera Gue­rra Mun­dial, Tano­vic ima­gina una inge­niosa trama que se desa­rro­lla en Sarajevo.

La acción se desa­rro­lla en un lujoso hotel aco­sado por pro­ble­mas finan­cie­ros, donde se aguarda la lle­gada de una impor­tante dele­ga­ción diplo­má­tica dis­puesta a con­me­mo­rar la jor­nada del 28 de junio de 2014, día en que el archi­du­que Fran­cisco Fer­nando de Aus­tria y su esposa fue­ron ase­si­na­dos por el revo­lu­cio­na­rio nacio­na­lista ser­bio Gavrilo Prin­cip. Ade­más de refle­jar la frus­tra­ción exis­tente por parte del per­so­nal del hotel dis­puesto a desatar una huelga por no haber cobrado sus habe­res durante dos meses, el relato se cen­tra­liza en varios per­so­na­jes que ponen de mani­fiesto la ten­sión exis­tente entre bos­nios y ser­bios. Gra­dual­mente, a medida que avanza el relato, el hotel va con­vir­tién­dose en una ver­da­dera bomba de tiempo a punto de esta­llar; es allí donde el direc­tor hábil­mente cie­rra el film con un ines­pe­rado desen­lace donde queda de mani­fiesto que las fuer­tes heri­das del pasado que invo­lu­cra­ron a Bos­nia y Ser­bia aún no se han cica­tri­zado, sin que exista un viso de solución.

Una exce­lente impre­sión es la que ofrece la direc­tora búl­gara Ralitza Petrova en su ópera prima God­less (Bulgaria-Dinamarca-Francia); en un relato que le per­te­nece aborda algu­nos temas urti­can­tes sobre la vul­ne­ra­bi­li­dad humana.

Ubi­cada en una pequeña loca­li­dad pro­vin­cial al noroeste de Bul­ga­ria, la acción se cen­tra en Gana (Irena Iva­nova), una silen­ciosa fisio­te­ra­pista de expre­sión aba­tida que se ocupa de cui­dar a pacien­tes ancia­nos, muchos de ellos con pro­ble­mas de demen­cia senil. A pesar de su dedi­ca­ción en las tareas que rea­liza, des­cu­bre que apro­pián­dose de las tar­je­tas de iden­ti­dad de sus pacien­tes para ven­der­las en el mer­cado negro, puede cons­ti­tuir un modo de incre­men­tar sus magros ingre­sos. Sin mucha ilu­sión acerca de su futuro, Gana lleva una vida sin mayor ale­gría donde para sobre­vi­vir pare­ce­ría inelu­di­ble infrin­gir la ley y par­ti­ci­par en acti­vi­da­des delictivas.

Den­tro de ese nebu­loso clima exis­ten­cial, Gana atisba cierta espe­ranza en el vínculo man­te­nido con uno de sus pacien­tes (Ven­tzis­lav Kons­tan­ti­nov) quien dirige un coro dedi­cado a música reli­giosa. En líneas gene­ra­les, la rea­li­za­dora ofrece una mirada poco com­pla­ciente del mundo post comu­nista de Bul­ga­ria; con todo, a pesar del som­brío pesi­mismo que pro­duce la corrup­ción humana aquí con­tem­plada, este sólido y aus­tero drama de rea­lismo social vis­lum­bra la posi­bi­li­dad de redención.

En su segundo tra­bajo como rea­li­za­dor y guio­nista Car­los Lechuga ofrece con Santa y Andrés (Cuba-Colombia-Francia) un drama polí­tico en el que efec­túa una acerba crí­tica al gobierno de Cuba. Desa­rro­llando la acción en 1983 en una aldea ubi­cada al este de Cuba, el relato se cen­tra en los dos per­so­na­jes que titu­lan al film.

Con­si­de­rado en el pasado como un pres­ti­gioso nove­lista, Andrés (Eduardo Mar­tí­nez) cae en des­gra­cia como escri­tor debido al con­te­nido de sus tra­ba­jos que diver­gen ideo­ló­gi­ca­mente de la filo­so­fía cas­trista; a todo ello se agrega su homo­se­xua­li­dad lo que con­tri­buye a que­dar mar­gi­nado de la socie­dad y tener que vivir ais­la­da­mente en una cabaña poco con­for­ta­ble del pequeño pue­blo. Por su parte, Santa (Lola Amo­res) ha sido enviada por un repre­sen­tante del par­tido para que cuide de que Andrés no salga del lugar donde vive durante un período de 3 días en el que se desa­rro­llará una reunión del con­sejo cubano. La ani­mo­si­dad enta­blada entre ambos, poco a poco se va esfu­mando cuando las dife­ren­cias de ideo­lo­gía polí­tica que los separa ceden paso al fac­tor humano al des­cu­brir que los dos tie­nen varia­dos aspec­tos en común.

 Lola Amores y Eduardo Martínez en SANTA & ANDRÉS

Lola Amo­res y Eduardo Mar­tí­nez en SANTA & ANDRÉS

Lo que es nota­ble en este film es el modo en que el cine cubano ha evo­lu­cio­nado en lo con­cer­niente a sus crí­ti­cas del cas­trismo, al des­ta­car el modo en que la opre­sión, la cen­sura y la into­le­ran­cia pro­du­cen pro­fun­dos efec­tos emo­cio­na­les capa­ces de desin­te­grar el espí­ritu humano de la gente afectada.

El con­te­nido de esta his­to­ria expuesto por Lechuga sin sen­si­ble­ría alguna queda real­zado por la nota­ble carac­te­ri­za­ción que Mar­tí­nez y Amo­res logran de sus per­so­na­jes donde la expre­sión de sus ros­tros trans­mite viva­mente la sole­dad de sus vidas.

Raúl Aré­valo quien es uno de los mejo­res acto­res del cine espa­ñol pre­sentó en el TIFF Tarde para la Ira (España), un muy buen thri­ller que cons­ti­tuye su pri­mer tra­bajo como realizador.

El relato ofrece a lo largo de su desa­rro­llo ines­pe­ra­das sor­pre­sas que impre­sio­nan gra­ta­mente al espec­ta­dor. Des­pués de una rápida escena ini­cial durante el asalto a una joye­ría, la acción que trans­cu­rre en Madrid se des­plaza en el tiempo; ahí se observa a Curro (Luis Callejo), uno de los impli­ca­dos en el robo, cum­pliendo una pena de 8 años de cár­cel, en tanto que su pareja Ana (Ruth Díaz) que se ocupa de criar al hijo de ambos tra­baja en el bar de su her­mano Juanjo (Raul Jimé­nez) que es fre­cuen­tado por José (Anto­nio de la Torre), uno de sus clien­tes. Cuando Curro es libe­rado y retorna al hogar como un hom­bre resen­tido y dueño de un tem­pe­ra­mento poco amis­toso, Ana deja su casa acep­tando el refu­gio que le ofrece José para su mayor pro­tec­ción. A par­tir de allí, el relato del rea­li­za­dor escrito con David Pulido se torna en un apa­sio­nante wes­tern donde un frío y deter­mi­nado José se con­vierte en un acé­rrimo ven­ga­dor de quie­nes tuvie­ron que ver con la muerte de un ser muy querido.

Razo­nes de dis­cre­ción impi­den que se men­cione la evo­lu­ción de los acon­te­ci­mien­tos excepto que anti­ci­par que a tra­vés de con­vin­cen­tes vuel­tas de giro, el film logra crear una opre­siva atmós­fera gra­cias a per­so­na­jes muy bien urdi­dos, diá­lo­gos natu­ra­les y a un cali­fi­cado elenco homo­gé­neo donde sobre­sale la exce­lente inter­pre­ta­ción de Anto­nio de la Torre.

Antonio de la Torre en TARDE PARA LA IRA

Anto­nio de la Torre en TARDE PARA LA IRA

Un film de gran sen­si­bi­li­dad artís­tica es el docu­men­tal Jef­frey (Repú­blica Dominicana-Francia) pri­mer film diri­gido por Yani­llys Pérez. Aun­que la Repú­blica Domi­ni­cana cons­ti­tuye un lugar de gran atrac­tivo turís­tico, esta pelí­cula ofrece una visión dife­rente con­tem­plando la reali­dad de muchos niños de humilde con­di­ción que desde tem­prana edad rea­li­zan todo tipo de tra­bajo para sobre­vi­vir y ayu­dar a sus res­pec­ti­vas fami­lias. Ese es el caso de Jef­frey, cuyo ver­da­dero nom­bre es Jose­lito de la Cruz, quien a los 12 años de edad y como uno de los 9 niños de su madre sol­tera para ganarse unos pesos se dedica a lim­piar los para­bri­sas de los autos que se detie­nen mien­tras cir­cu­lan en el con­ges­tio­nado trá­fico de Santo Domingo. Con todo y aspi­rando a un por­ve­nir más res­plan­de­ciente, su gran ambi­ción es lle­gar a ser can­tante de Reg­ga­teon y para poder lograrlo com­pone con Jey­son, su her­mano mayor, can­cio­nes que refle­jan su vida y el medio ambiente que lo rodea. Aun­que Jef­frey cons­ti­tuya el per­so­naje cen­tral del film, a tra­vés de él se va des­cu­briendo su entorno fami­liar, los otros niños del barrio en que vive y sobre todo algu­nos de los con­tras­tes que ofrece la diná­mica ciu­dad capi­tal de la isla.

Joselito de la Cruz en JEFFREY

Jose­lito de la Cruz en JEFFREY

El tes­ti­mo­nio de la rea­li­za­dora con­si­gue equi­li­brar una clara visión de la reali­dad social domi­ni­cana con situa­cio­nes de rele­vante con­te­nido poé­tico que bien pue­den aso­ciarse al rea­lismo mágico de cierta lite­ra­tura de Amé­rica Latina; si a lo ya seña­lado se agrega el entu­siasmo con­ta­gioso y la sim­pa­tía ema­na­dos de su prin­ci­pal per­so­naje, no resulta sor­pren­dente que este muy buen docu­men­tal obtenga la adhe­sión incon­di­cio­nal del público asistente.

Denial (Esta­dos Unidos-Gran Bre­taña) es un absor­bente film basado en hechos reales que relata la bata­lla legal empren­dida por Debo­rah E. Lips­tadt, la autora del libro His­tory on Trial, My Day in Court with a Holo­caust Denier, al haber sido víc­tima de una acu­sa­ción infundada.

Adap­tado para la pan­ta­lla por el dra­ma­turgo David Hare, el tema del Holo­causto resurge en los estra­dos judi­cia­les de Gran Bre­taña en la década del 90. El con­flicto se ori­gina en que Lips­tadt (Rachel Weisz), una pres­ti­giosa pro­fe­sora de his­to­ria de Esta­dos Uni­dos fue deman­dada por David Irving (Timothy Spall), un con­tro­ver­tido autor de tex­tos de la Segunda Gue­rra. Teniendo en cuenta que éste último mani­festó enfá­tica y reite­ra­da­mente que el Holo­causto no exis­tió, la escri­tora señala en su libro que Irving es un claro nega­dor de un hecho que con­mo­cionó al mundo. Sin­tién­dose afec­tado, Irving acusó a la autora ante la jus­ti­cia de libelo. Curio­sa­mente, a dife­ren­cia del sis­tema judi­cial ame­ri­cano donde el acu­sado se pre­sume inocente hasta que se com­pruebe su cul­pa­bi­li­dad, en Gran Bre­taña es la per­sona deman­dada quien debe pro­bar su inocen­cia para que­dar libe­rada de culpa. Es así que frente a la incri­mi­na­ción por la que ha sido objeto, Lips­tadt, con la asis­ten­cia legal de dos emi­nen­tes abo­ga­dos como Ant­hony Julius (Andrew Scott) y Richard Ram­pton (Tom Wil­kin­son), se embarca en un pleito judi­cial cuyo resul­tado final es muy­co­no­cido. Si bien, todos los entre­te­lo­nes del jui­cio resul­tan apa­sio­nan­tes, lo impor­tante es que lo que queda evi­den­ciado en el pro­nun­cia­miento judi­cial es la dife­ren­cia exis­tente entre lo que cons­ti­tuye una “opi­nión” y lo que es un “hecho obje­tivo” a fin de deter­mi­nar dónde la liber­tad de expre­sión puede o no que­dar cercenada.

El direc­tor Mick Jack­son se ha valido de un exce­lente elenco que brinda vita­li­dad y emo­ción a la dra­má­tica his­to­ria de una deter­mi­nada mujer dis­puesta a que se haga jus­ti­cia y que el mundo tenga pre­sente de lo que sig­nil­ficó la tra­ge­dia del Holocausto.

El acuerdo fir­mado en 2006 en Esco­cia en la loca­li­dad de St. Andrew ten­diente a con­for­mar un gobierno com­par­tido entre los prin­ci­pa­les par­ti­dos cató­li­cos y pro­tes­tan­tes de Irlanda del Norte a fin de lograr la paz de esa con­vul­sio­nada región, cons­ti­tuye el telón de fondo para The Jour­ney (Gran Bretaña-Estados Uni­dos). El film diri­gido por Nick Hamm dra­ma­tiza esa situa­ción, creando como excusa un viaje en coche com­par­tido por dos irre­con­ci­lia­bles enemi­gos polí­ti­cos; así por pri­mera vez den­tro del redu­cido espa­cio del vehículo que com­par­ten, el reve­rendo Ian Pas­ley (Timothy Spall) –repre­sen­tando al Par­tido Unio­nista Democrático- y Mar­tin McGuin­ness (Colm Mea­ney), como el deter­mi­nado libre lucha­dor del Sinn Fein, se ven obli­ga­dos a man­te­ner una con­ver­sa­ción donde cada una de las par­tes expre­sará sus diver­gen­tes pun­tos de vista sobre los acon­te­ci­mien­tos que durante 40 años de extre­mada vio­len­cia enfren­ta­ron cató­li­cos y protestantes.

Timothy Spall y Colm Meaney en THE JOURNEY

Timothy Spall y Colm Mea­ney en THE JOURNEY

Si bien lo que se asiste en esta con­ver­sa­ción his­tó­rica es pro­ducto de la ima­gi­na­ción del buen guión ela­bo­rado por Colin Bate­man, lo cierto es que a pesar del con­fi­nado espa­cio en que trans­cu­rre la mayor parte de la acción, el pro­vo­ca­tivo diá­logo sus­ci­tado entre estos dos per­so­na­jes man­tiene la aten­ción per­ma­nente del público. El resul­tado de esta tra­ve­sía es un cálido film, muy bien cons­truido y mag­ní­fi­ca­mente actuado por dos pres­ti­gio­sos acto­res bri­tá­ni­cos; tanto Spall asu­miendo la agre­siva y gru­ñona per­so­na­li­dad de Pas­ley, como Mea­ney carac­te­ri­zando la cal­mada y con­ci­lia­dora acti­tud de McGui­ness, con­si­guen crear una impe­ca­ble carac­te­ri­za­ción de sus res­pec­ti­vos personajes.

El nona­ge­na­rio rea­li­za­dor polaco Andr­zej Wajda sigue ple­na­mente activo retor­nando al cine con Afte­ri­mage (Polo­nia) donde con­si­dera un triste epi­so­dio acae­cido en su país durante el período de la pos­gue­rra en que tuvo lugar la expan­sión del régi­men comu­nista. El relato se cen­tra en la per­so­na­li­dad de Wladys­law Str­ze­minski (Bogus­law Linda), un renom­brado artista van­guar­dista polaco que durante la Pri­mera Gue­rra había que­dado seve­ra­mente herido con el resul­tado de haber per­di­dod un brazo y una pierna. Su dis­ca­pa­ci­ta­ción física no le impi­dió con­ver­tirse en un vir­tuoso pin­tor abs­tracto, que ade­más se des­tacó como cate­drá­tico y con­fe­ren­cista en la renom­brada escuela de artes plás­ti­cas de Lodz fun­dada por él.

Boguslaw Linda en AFTERIMAGE

Bogus­law Linda en AFTERIMAGE

Enfren­tando el arte con la polí­tica durante la vigen­cia de Sta­lin en el poder, el artista es cri­ti­cado por las auto­ri­da­des ofi­cia­les debido a que sus crea­cio­nes artís­ti­cas con­tra­di­cen los prin­ci­pios del rea­lismo sovié­tico. Cuando den­tro de ese con­texto hos­til Str­ze­minski abier­ta­mente desa­fía al esta­ni­lismo y no ceja en su pro­pó­sito de seguir la línea de tra­bajo que ha carac­te­ri­zado su obra artís­tica, comienza a sufrir el pro­ceso de ostra­cismo por parte del gobierno. Así una de las pri­me­ras medi­das adop­ta­das por el sis­tema impe­rante ha sido des­pe­dirlo de su puesto en la uni­ver­si­dad y gra­dual­mente se con­tem­pla en qué forma el artista queda sumido en la pobreza, ham­bre y deca­den­cia física debido a su frá­gil salud.

Si bien no es la pri­mera vez que el gran maes­tro Wajda aborda el tema de la pro­pa­ganda y corrup­ción polí­tica durante la era de Sta­lin, este film a pesar de no inno­var en la mate­ria se des­taca por su buena direc­ción, mag­ní­fica foto­gra­fía y la nota­ble par­ti­ci­pa­ción de Bogus­law Linda trans­mi­tiendo con gran inten­si­dad al céle­bre artista que jamás cedió su liber­tad de expre­sión artística.

Bellas de Noche (México), es un honesto docu­men­tal no exento de melan­co­lía donde la novel rea­li­za­dora María José Cue­vas rinde tri­buto a muje­res que en la pri­ma­vera de sus vidas logra­ron con­si­de­ra­ble popu­la­ri­dad con­ci­tando la aten­ción de la audien­cia mas­cu­lina de México. Así, luciendo sus cuer­pos, entu­sias­mando con sus dan­zas y can­cio­nes como así tam­bién movién­dose con deli­cada gra­cia sen­sual, eran ver­da­de­ras vedet­tes que hicie­ron época en la década de los años 70. Como los años no pasan en vano y la juven­tud lamen­ta­ble­mente no per­dura, Cue­vas deci­dió explo­rar qué ha sido de las vidas de Lyn May, Prin­cesa Yamal, Rossy Men­doza, Wanda Seux y Olga Brees­kin, cinco repre­sen­tan­tes del género que habiendo sido en su momento sím­bo­los sexua­les, hoy día ya son sexa­ge­na­rias. De este encuen­tro surge un retrato humano en donde cada una de las entre­vis­ta­das trans­mite sus expe­rien­cias sobre lo que sig­ni­fica haber dejado de ser jóve­nes, care­cer del ero­tismo sexual de antaño y sobre todo tra­tar de apren­der y amol­darse al envejecimiento.

Olga Breeskin en BELLAS DE NOCHE

Olga Brees­kin en BELLAS DE NOCHE

Lo des­ta­ca­ble del film es que ade­más de las his­to­rias rela­ta­das con afecto por parte de estas ex vedet­tes recor­dando sus años feli­ces, ellas demues­tran un con­ta­gioso entu­siasmo rea­li­zando acti­vi­da­des que les impulsa a seguir ade­lante como así tam­bién adop­tando una acti­tud opti­mista frente a los ava­ta­res de la vida.

El sor­pren­dente docu­men­tal Aus­ter­litz (Ale­ma­nia), cons­ti­tuye un legado del Holo­causto a tra­vés de la visión del exce­lente docu­men­ta­lista Ser­gei Loz­nitsa. Fil­mado en blanco y negro y con pla­nos fijos que a veces resul­tan de dura­ción exce­siva, a pesar de que carece de diá­lo­gos y no existe narra­ción alguna, queda claro que el direc­tor quiere tras­lu­cir hasta qué punto tiene sen­tido que lo que fue en el pasado un horro­roso campo de con­cen­tra­ción quede trans­for­mado en la actua­li­dad en un par­que temático.

Una escena de AUSTERLITZ

Una escena de AUSTERLITZ

Eso es lo que se apre­cia en el anti­guo lugar de exter­mi­nio de Sach­sen­hau­sen ubi­cado en Ale­ma­nia. Así en la larga toma ini­cial que tiene lugar en la puerta de entrada donde ingresa un impor­tante con­tin­gente de visi­tan­tes, está gra­bada una ins­crip­ción “Arbeit macht frei” (el tra­bajo os hace libres); ese es el lema que había sido empla­zado por el régi­men nazi en nume­ro­sos cam­pos de con­cen­tra­ción. Ya en el inte­rior se va obser­vando a los turis­tas, con espe­cial refe­ren­cia a jóve­nes luciendo lla­ma­ti­vas reme­ras, tomando fotos, comiendo sus merien­das y/o pres­tando aten­ción a los guías que los van con­du­ciendo y narrán­do­les los tris­tes epi­so­dios del Holocausto.

A falta de diá­lo­gos, las imá­ge­nes quie­ren refle­jar que el público que con­tem­pla esta dra­má­tica exhi­bi­ción la con­si­dera simi­lar a cual­quier otra atrac­ción turís­tica sin real­mente com­pe­ne­trarse en la tra­ge­dia que está presenciando.

Si acaso la inten­ción de Loz­nitsa es demos­trar cómo una exhi­bi­ción reves­tida de tra­ge­dia puede ori­gi­nar a que el turista lo tome como si fuese un entre­te­ni­miento simi­lar a cual­quier otro, lo cierto es que quien elige hacerlo es por­que se siente moti­vado sin que nadie lo obli­gue a reci­bir o con­su­mir algo que no le interese; de allí que resulte muy dis­cu­ti­ble cali­fi­car de tri­vial o super­fi­cial la acti­tud de quien visita este par­que turístico.

La visión de este docu­men­tal se presta al debate, pero más allá de cual­quier dis­cu­sión al res­pecto lo cierto es que cine­ma­to­grá­fi­ca­mente está exce­len­te­mente realizado.

El gran direc­tor ita­liano Marco Belloc­chio se vale de la novela auto­bio­grá­fica del perio­dista Mas­simo Gra­me­llini para narrar en Fai bei sogni (Ita­lia) los efec­tos trau­má­ti­cos que con­lle­van acon­te­ci­mien­tos vivi­dos durante su infancia.

La adap­ta­ción efec­tuada por el rea­li­za­dor junto con Valia San­te­lla y Edoardo Albi­nati, ubica al relato en Turin en 1969 donde se puede apre­ciar cómo existe una gran comu­ni­ca­ción y cariño entre Mas­simo (Nicolo Cabras), un niño de nueve años de edad y su madre (Bar­bara Ron­chi). Ese ambiente feliz se detiene brus­ca­mente cuando en forma ines­pe­rada su pro­ge­ni­tora muere y el chico rehúsa acep­tar esa terri­ble pér­dida, a pesar de que el cura local le dice que ella se encuen­tra muy bien en el paraíso celestial.

Cuando la acción se tras­lada hacia la década del 90 se ve a Mas­simo (Vale­rio Mas­tan­drea) desem­pe­ñán­dose como un efi­ciente perio­dista para un impor­tante dia­rio quien des­pués de haber sido corres­pon­sal de gue­rra en Sara­jevo comienza a sufrir ata­ques de pánico; a todo ello cuando se pre­para para ven­der el depar­ta­mento de sus padres, revive el dra­má­tico pasado vin­cu­lado con su madre. Es ahí donde juega un rol impor­tante la pre­sen­cia de una abne­gada médica (Béré­nice Bejo) que trata de cica­tri­zar las heri­das emo­cio­na­les de Massimo.

Ese pro­ceso angus­tioso está efi­caz­mente rela­tado por Belloc­chio quien expri­mió la riqueza de la novela ori­gi­nal demos­trando cómo los años infan­ti­les que­dan fuer­te­mente impreg­na­dos en la memo­ria de una per­sona adulta y de qué manera la desa­pa­ri­ción repen­tina de una madre puede reper­cu­tir a tra­vés del tiempo en la vida de un hijo. Las con­mo­ve­do­ras actua­cio­nes de Mas­tan­drea y Bejo refuer­zan los valo­res de este film per­mi­tiendo que el público se iden­ti­fi­que fácil­mente con la suerte de sus personajes.