El Juego del Amor y del Azar

Cro­nica de Jorge Gut­man

LE JEU DE L’AMOUR ET DU HAZARD.  Autor; Pie­rre Mari­vaux – Direc­ción: Alain Zouvi – Elenco: Marc Beau­pré, Henri Chassé, Béné­dicte Décary, David Savard, Phi­lippe Thibault-Denis, Cat­he­rine Tru­deau – Esce­no­gra­fía; Jean Bard — Ves­tua­rio: Judy Jon­ker – Ilu­mi­na­ción: Nico­las Ricard – Con­cep­ción Video: Lio­nel Arnould – Música Ori­gi­nal: Chris­tian Tho­mas — Maqui­llaje: Jacques-Lee Pelle­tier - Dura­ción: 1 hora y 45 minu­tos (sin entre­acto). Repre­sen­ta­cio­nes: Hasta el 20 de mayo de 2017 en el Théâ­tre du Nou­veau Monde (www.tnm.qc.ca)

El TNM deci­dió revi­vir a Pie­rre Car­let de Cham­blain de Mari­vaux (1688 – 1763) repre­sen­tando Le Jeu de l’amour et du hasard (El Juego del amor y del azar), su más cono­cida come­dia. Aun­que es bien sabido el valor intrín­seco de esta pieza, es tam­bién impor­tante que la misma esté sus­ten­tada por una buena pro­duc­ción; en tal sen­tido, el público puede con­fiar total­mente en el equipo que par­ti­cipa en la misma al ofre­cer un espec­táculo de nota­ble cali­dad gra­cias a su irre­pro­cha­ble elenco y a una estu­penda puesta escénica.

David Savard, Marc Beaupré, Bénédicte Décary (Foto de Yves Renaud)

David Savard, Marc Beau­pré, Béné­dicte Décary (Foto de Yves Renaud)

La his­to­ria con­ce­bida por el gran dra­ma­turgo fran­cés es sen­ci­lla en su plan­teo y efec­tiva en su imple­men­ta­ción: El hacen­dado Mon­sieur Orgon (Henri Chassé) tiene la inten­ción de casar a su hija Sil­via (Béné­dicte Décary) con Dorante (David Savard), hijo de un amigo mar­qués. La joven es reluc­tante a acep­tar un pre­ten­diente des­co­no­cido pero logra tran­sar con su padre de cam­biar de pape­les con su criada Lisette (Cat­he­rine Tru­deau) a fin de cono­cer mejor sus sen­ti­mien­tos. La misma idea es urdida por Dorante quien igual­mente decide cam­biar de rol con su sir­viente Arle­quin (Marc Beau­pré); a todo ello, cuando el pre­ten­diente y su ser­vi­dor arri­ban a la man­sión de Orgon, éste junto con su hijo Mario (Phi­lippe Thibault-Denis) van obser­vando cómo se desa­rro­llan los acon­te­ci­mien­tos a tra­vés de las impos­tu­ras realizadas.

David Savard y Bénédicte Décary (Foto de Yves Renaud)

David Savard y Béné­dicte Décary (Foto de Yves Renaud)

En este sabroso juego de dis­fra­ces donde obvia­mente no fal­tan los enre­dos y equí­vo­cos y donde cada uno de los 4 per­so­na­jes cen­tra­les no es quien apa­renta ser, Mari­vaux apela a jugo­sos diá­lo­gos y a un humor refi­nado que nunca llega a lo cari­ca­tu­resco. Con todo no falta en esta come­dia la sutil crí­tica social que prác­ti­ca­mente aflora en la mayor parte de su obra lite­ra­ria. Así, el autor adopta una clara posi­ción femi­nista al defen­der el rol de la mujer –como en el caso de Sil­via– de tener dere­cho a ele­gir su pro­pio camino sin tener que acep­tar casa­mien­tos arre­gla­dos, al mismo tiempo que tanto ella como Lisette son des­crip­tas como muje­res deter­mi­na­das a no ceder ante pre­sio­nes exter­nas. Aun­que sin atre­verse dema­siado, Mari­vaux igual­mente deja saber que la mar­cada dife­ren­cia de cla­ses puede ser supe­rada cuando aflo­ran las emo­cio­nes sus­ci­ta­das por los dic­ta­dos del cora­zón; eso queda refle­jado cuando Dorante trans­gre­diendo las con­ven­cio­nes socia­les revela a la supuesta Lisette que está enamo­rado de ella, a pesar de ser una modesta criada.

Catherine Trudeau y Marc Beaupré (Foto de Yves Renaud)

Cat­he­rine Tru­deau y Marc Beau­pré (Foto de Yves Renaud)

En su pri­mer tra­bajo como direc­tor para el TNM, Alan Zouvi ha sabido tras­la­dar al esce­na­rio toda la riqueza de esta pieza per­mi­tiendo que tras­luzca el mari­vau­dage, el inge­nioso coque­teo amo­roso con­ce­bido por Mari­vaux. Al mismo tiempo, el direc­tor logró que la acción no decaiga en casi sus dos horas de dura­ción gra­cias al agi­lí­simo ritmo que le supo impri­mir y al enco­mia­ble tra­bajo rea­li­zado por su elenco.

El elenco completo (Foto de Yves Renaud)

El elenco com­pleto (Foto de Yves Renaud)

Y hablando de los artis­tas, es muy difí­cil deci­dir quién es mejor que quien; todos actúan mag­ní­fi­ca­mente vol­cando el brío, ener­gía y entu­siasmo reque­rido en sus res­pec­ti­vos roles –tanto pro­pios como ficticios- En todo caso, por­que sus pape­les asu­men más peso, resulta agra­da­ble apre­ciar la forma en que gra­dual­mente se va ges­tando el amor en los per­so­na­jes desem­pe­ña­dos por Savard y Décary así como la irre­sis­ti­ble gra­cia que des­pier­tan Tru­deau y Beau­pré en los suyos; ello de nin­guna manera menos­caba el efi­caz desem­peño de Chassé y Thibault-Denis.

La esce­no­gra­fía de Jean Bard expo­niendo los jar­di­nes de la man­sión con la fuente cen­tral donde trans­cu­rre la acción y con el susu­rrante gor­jeo de los pája­ros, con­tri­bu­yen efi­caz­mente a recrear la atmós­fera ambien­tal. No menos impor­tante es la ilu­mi­na­ción fun­cio­nal de Nico­las Ricard y el sobrio fondo musi­cal de Chris­tian Thomas.

En suma, una pro­duc­ción del TNM para dis­fru­tar ple­na­mente y que corona de esta manera la exce­lente tem­po­rada 2016 – 2017.

De la gran ciu­dad a un pequeño pueblo

Cró­nica de Jorge Gut­man

BED AND BREAK­FAST. Autor: Mark Craw­ford – Direc­ción Ori­gi­nal: Ash­lie Cor­co­ran. Direc­ción Actual: Krista Colo­simo - Elenco: Mark Craw­ford, Paul Dunn - Esce­no­gra­fía y Ves­tua­rio: Dana Osborne – Ilu­mi­na­ción: Rebecca Piche­rak — Diseño de Sonido: John Gzowski — Dura­ción: 125 minu­tos inclu­yendo un entre­acto. Repre­sen­ta­cio­nes: hasta el 21 de Mayo de 2017 en el Cen­taur Thea­tre (www.centaurtheatre.com)

Clau­su­rando la tem­po­rada 2016 – 2017 la com­pa­ñía del Tea­tro Cen­taur pre­senta Bed and Break­fast del dra­ma­turgo Mark Craw­ford, cuyo estreno tuvo lugar hace dos años en Thou­sand Island Play­house. Si bien se trata de una come­dia cen­tra­li­zada en una pareja homo­se­xual, afor­tu­na­da­mente la pieza evita este­reo­ti­pos o cli­sés que pudie­ran dis­mi­nuir su calidad.

Mark Crawford y Paul Dunn (Foto de Andrée Lanthier)

Mark Craw­ford y Paul Dunn (Foto de Andrée Lanthier)

La obra pre­senta a Brett (Paul Dunn), un dise­ña­dor de inte­rio­res, y Drew (Mark Craw­ford), un con­serje de hotel, quie­nes han con­vi­vido armo­nio­sa­mente durante los últi­mos 8 años en Toronto. Desde la pri­mera escena el público se impone que ellos han dejado la cos­mo­po­lita ciu­dad para vivir en la actua­li­dad en la casa que Brett heredó de una tía muy que­rida, ubi­cada en un pequeño pue­blo de la pro­vin­cia de Onta­rio. Encan­ta­dos con la pla­ci­dez que el lugar les ofrece más allá del mun­da­nal ruido, ambos deci­den con­ver­tirla en un hos­tal de “cama y desa­yuno” para el turista que visite el lugar.

A par­tir de esta pre­misa, Craw­ford intro­duce en su relato una vein­tena de per­so­na­jes (inter­pre­ta­dos por ambos acto­res) con quie­nes Brett y Drew les ha tocado alter­nar en el pasado; de esa manera se va cono­ciendo algu­nos de sus parien­tes más alle­ga­dos. En tal sen­tido resulta enco­mia­ble la capa­ci­dad his­trió­nica de Craw­ford y Dunn asu­miendo las varia­das per­so­na­li­da­des donde entran a jugar los ges­tos, movi­mien­tos y arti­fi­cios voca­les de ambos sexos. Simul­tá­nea­mente, a tra­vés de dife­ren­tes esce­nas que se van suce­diendo a un ritmo diná­mico, la obra adopta un tono de come­dia que en gran parte puede aso­ciarse a los típi­cos sit­com tele­vi­si­vos. De allí surge un humor que podrá ser apre­ciado en mayor o menor grado de acuerdo al sen­tido del mismo que expe­ri­mente cada espec­ta­dor; a juz­gar por las car­ca­ja­das del público que asis­tió a la fun­ción de prensa, el pro­pó­sito ha sido logrado, citando como ejem­plo la per­so­ni­fi­ca­ción de Cody, el sobrino de Brett que como res­puesta a toda pre­gunta res­ponde mono­si­lá­bi­ca­mente con “I dunno” (Yo no sé).

En todo caso lo que más tras­ciende de esta his­to­ria es su parte humana, aspecto que se mani­fiesta en varias opor­tu­ni­da­des. En pri­mer lugar, la tran­qui­li­dad de vivir en un repo­sado pue­blo no des­carta el pre­jui­cio de la homo­fo­bia y es allí que la pieza intro­duce una nota som­bría; inme­dia­ta­mente uno se iden­ti­fica con el sen­ti­miento de pesa­dum­bre que expe­ri­men­tan Bred y Drew frente a algu­nos insul­tos que reci­ben. Pare­ce­ría que la orien­ta­ción sexual dife­rente no es aún reco­no­cida como un hecho natu­ral en peque­ñas pobla­cio­nes. En todo caso, más allá de cual­quier cir­cuns­tan­cia adversa, la ter­nura y cariño que esta pareja se pro­fesa per­mite superar los obs­tácu­los inter­pues­tos; así el autor demues­tra cómo el amor entre dos per­so­nas, irre­le­vante del del género sexual, cons­ti­tuye la esen­cia que alienta la vida del ser humano para ser asu­mida con optimismo.

Paul Dunn y Mark Crawford (Foto de Andrée Lanthier)

Paul Dunn y Mark Craw­ford (Foto de Andrée Lanthier)

Como quedó men­cio­nado pre­via­mente, queda resal­tada la exce­len­cia a nivel inter­pre­ta­tivo de ambos acto­res brin­dando los dife­ren­tes mati­ces que asu­men sus ver­da­de­ros per­so­na­jes como los de aque­llos adi­cio­na­les que les toca encar­nar. Teniendo en cuenta que Craw­ford y Dunn son reales com­pa­ñe­ros en la vida coti­diana, no resulta extraño que exista una lograda com­pli­ci­dad que redunda posi­ti­va­mente en la repre­sen­ta­ción de esta pieza.

Otros aspec­tos des­ta­ca­bles son la diná­mica flui­dez de la puesta escé­nica de Krista Colo­simo, la mini­ma­lista esce­no­gra­fía de Dana Osborne y la ilu­mi­na­ción de Rebecca Piche­rak en los cam­bios de esce­nas que se ajus­tan ade­cua­da­mente a los reque­ri­mien­tos de esta pieza.

Una Diva de la Can­ción Popular

DALIDA. Fran­cia, 2017. Un film de Lisa Azuelos.

La direc­tora Lisa Azue­los ha tras­la­dado a la pan­ta­lla la his­to­ria de una diva trá­gica como lo fue Yolanda Gigliotti que en el mundo artís­tico adoptó el nom­bre de Dalida. Siguiendo el camino de la clá­sica bio­gra­fía, el film brinda al público momen­tos impor­tan­tes que jalo­na­ron su vida artís­tica; sin embargo, el guión de la rea­li­za­dora escrito con­jun­ta­mente con Orlando –el her­mano de la can­tante– no llega a pro­fun­di­zar lo sufi­cien­te­mente como para que se pueda cap­tar qué es lo que le impi­dió lograr un ade­cuado equi­li­brio entre su carrera pro­fe­sio­nal y su vida personal.

Sveva Alviti

Sveva Alviti

Nacida en Egipto en el seno de una fami­lia ita­liana, el relato expone los tiem­pos difí­ci­les de su infan­cia en El Cairo cuando siendo niña es mar­gi­nada por sus com­pa­ñe­ras de escuela; a todo ello, un epi­so­dio que la deja mar­cada es cuando a su padre vio­li­nista lo encar­ce­lan por ser ita­liano e injus­ta­mente es acu­sado de cons­pi­ra­dor en el marco de la Segunda Guerra.

En lo que con­cierne a su carrera de artista la misma comienza en París en 1956, cuando ella par­ti­cipa en un show de varie­da­des que tiene lugar en el Olym­pia y su voz y pre­sen­cia impre­sio­nan a Lucien Morisse (Jean-Paul Rouve), el direc­tor de pro­gra­ma­ción de Radio 1 de Europa; él será el artí­fice de su triunfo como can­tante, al pro­pio tiempo que enamo­rán­dose de su musa se con­ver­tirá en su pri­mer marido; con todo, la feli­ci­dad con­yu­gal es de corto alcance cuando al poco tiempo se pro­duce la sepa­ra­ción del matrimonio.

Otro de sus gran­des amo­res es el man­te­nido con el can­tante ita­liano Luigi Tenco (Ales­san­dro Borghi), pero cuando en 1967 éste se sui­cida por no haber triun­fado en el Fes­ti­val de San Remo, el dolor la impacta fuer­te­mente al punto de indu­cirla a su pri­mer intento de sui­ci­dio. Otros lazos román­ti­cos la unen con un mucha­cho ita­liano (Brenno Pla­cido) para pos­te­rior­mente vin­cu­larse con Richard Chan­fray (Nico­las Duvau­che­lle), per­te­ne­ciente a la alta socie­dad francesa.

Queda claro que Dalida llevó una vida tor­tu­rada al no encon­trar el amor que pudiera satis­fa­cer com­ple­ta­mente su rea­li­za­ción como mujer; sin embargo, es poco lo que en ese sen­tido el relato aporta sobre la razón que la llevó a sus dis­tin­tos amo­ríos y rup­tu­ras, aspecto que en ese sen­tido la vol­vió vul­ne­ra­ble a pesar de sus extra­or­di­na­rios triun­fos pro­fe­sio­na­les. A todo ello se agrega la frus­tra­ción de no haber podido tener hijos debido a un aborto rea­li­zado y que como con­se­cuen­cia del mismo quedó infér­til de por vida. Los fac­to­res men­cio­na­dos con­du­cen al triste final cuando por segunda vez opta por eli­mi­narse, hecho que logró con­cre­tarlo en mayo de 1987 a los 54 años de edad no sin antes dejar una esquela de des­pe­dida diciendo “Pardonnez-moi, la vie m’est insup­por­ta­ble” (Per­dó­nenme, la vida me es inso­por­ta­ble); esa frase resume el sufri­miento de su existencia.

A des­pe­cho de las obser­va­cio­nes rea­li­za­das, hay varios fac­to­res que con­tri­bu­yen a que el film cobre fuerza. Uno de ellos es la acer­tada elec­ción de la rea­li­za­dora al asig­nar el rol pro­ta­gó­nico a la modelo ita­liana Sveva Alviti, cuyas incur­sio­nes en el cine son poco cono­ci­das; gra­cias a ella, la figura de Dalida resu­cita con la pasión que esta actriz vuelca a su per­so­naje; sin duda es el alma del film y su absor­bente inter­pre­ta­ción motiva a que eche una som­bra a los demás inte­gran­tes del elenco a pesar de sus bue­nas actua­cio­nes. Otro de los méri­tos del film des­cansa en sus valo­res téc­ni­cos que ori­gi­nan una pro­duc­ción deci­di­da­mente vis­tosa. No menos impor­tante son las melo­dio­sas can­cio­nes que inte­gra­ron el reper­to­rio de la can­tante y que inter­pre­ta­das con viva emo­ción por Alviti per­mite al espec­ta­dor rego­ci­jarse con Un po d’amore, Ciao, amore, cia, Bésame mucho, Bam­bino, Gigi l’amoroso, Il venait d’avoir 18 ans y Paro­les, paro­les, entre otros temas.

En última ins­tan­cia Dalida sin lle­gar a con­mo­ver como gran drama es un film entre­te­nido que se apre­cia gra­cias al dina­mismo impreso por Azue­los, por la remar­ca­ble actua­ción de Sveva Alviti, por las bellas can­cio­nes y por sus esme­ra­dos deta­lles de pro­duc­ción. Jorge Gut­man

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Parada Tera­péu­tica

VOIR DU PAYS (The Sto­po­ver). Fran­cia, 2016. Un film escrito y diri­gido por Delp­hine Coulin y Muriel Coulin

Aun­que el Sín­drome de Estrés Pos­trau­má­tico afec­tando a sol­da­dos ame­ri­ca­nos que par­ti­ci­pa­ron en con­flic­tos béli­cos ha sido varias veces con­si­de­rado en pelí­cu­las de Esta­dos Uni­dos, ésta es la pri­mera vez que el deli­cado tema es con­si­de­rado desde la pers­pec­tiva feme­nina con per­so­na­jes fran­ce­ses en Voir du Pays.

Ariane Labed y Soko

Ariane Labed y Soko

Este drama, cuyo guión escrito por las her­ma­nas Delp­hine y Muriel Coulin está basado en el libro homó­nimo de Delph­nine Coulin, se cen­tra en Aurore (Ariane Labed) y Marine (Soko), dos jóve­nes vein­tea­ñe­ras que han sido ami­gas desde larga data. Habiendo optado por seguir una carrera mili­tar ellas aca­ban de cum­plir una misión en Afganistán.

Las auto­ri­da­des fran­ce­sas han deci­dido que antes de retor­nar al país, el grupo de sol­da­dos de la uni­dad mili­tar efec­túen una parada de tres días en Chi­pre, en un hotel de cinco estre­llas. El pro­pó­sito es que ade­más de des­can­sar en un ambiente rela­jado y mima­dos con todas las recrea­cio­nes que ofrece el lugar, los sol­da­dos sean some­ti­dos a una ope­ra­ción de des­com­pre­sión con la ayuda de un equipo de “reali­dad vir­tual” a fin de athttps://www.youtube.com/watch?v=WackfKIMsKsenuar los efec­tos trau­má­ti­cos pro­du­ci­dos por el con­flicto bélico.

A pesar de que en prin­ci­pio no existe dife­ren­cia entre los inte­gran­tes del grupo, el relato exte­rio­riza sutil­mente cómo estas jóve­nes son con­si­de­ra­das por su género sexual por parte de sus cole­gas mas­cu­li­nos. El aspecto de mayor tras­cen­den­cia dra­má­tica del relato se pro­duce en las sesio­nes de tera­pia colec­tiva que afec­tan a Aurore y Marine de dife­rente manera; si bien la pri­mera se aco­pla a brin­dar su tes­ti­mo­nio de gue­rra rela­tando cómo quedó afec­tada al ver morir a tres de sus com­pa­ñe­ros en una embos­cada, Marine por el con­tra­rio ofrece resis­ten­cia a esta moda­li­dad terapéutica.

Cuando ambas ami­gas junto con Fanny (Gin­ger Roman), otra sol­dado del grupo, salen para cono­cer la isla con mucha­chos chi­prio­tas (Andreas Kons­tan­ti­nou, Makis Papa­di­mi­triou), el guión intro­duce cier­tos giros dra­má­ti­cos que ponen a prueba la amis­tad de Aurore y Marine.

Si bien el relato per­mite demos­trar cómo a pesar de los esfuer­zos rea­li­za­dos para borrar de la memo­ria las hue­llas del com­bate no siem­pre es posi­ble que el estrés pueda cica­tri­zarse por com­pleto; lo cierto es que, por lo que aquí se apre­cia, cada indi­vi­duo reac­ciona de manera diferente.

Esen­cial­mente, las rea­li­za­do­ras han efec­tuado un minu­cioso aná­li­sis de la fra­gi­li­dad psi­co­ló­gica de mili­ta­res en su pro­ceso de rein­te­gra­ción a la vida civil y al hacerlo resulta enco­mia­ble la forma en que los per­so­na­jes feme­ni­nos han sido explo­ra­dos sin recu­rrir a nin­guna suerte de este­reo­ti­pos. Este film no exento de emo­ción, que mere­ci­da­mente fue pre­miado en la sec­ción Un Cer­tain Regard del último fes­ti­val de Can­nes, cuenta con un elenco sol­vente donde se des­ta­can Labed y Soko; ade­más de ofre­cer una inter­pre­ta­ción plena de mati­ces, ambas con­si­guen que sus per­so­na­jes guar­den la ade­cuada com­pli­ci­dad, con­tri­bu­yendo en gran parte a que se haya logrado el obje­tivo per­se­guido por las her­ma­nas Coulin. Jorge Gut­man

El Arte de un Cineasta

DAVID LYNCH: THE ART OF LIFE. Esta­dos Unidos-Dinamarca, 2016. Un film de Jon Ngu­yen, Rick Bar­nes y Oli­via Neer­gaard Holm

Este docu­men­tal sobre David Lynch des­pierta aten­ción por tra­tarse de un cineasta que a tra­vés de su fil­mo­gra­fía demues­tra ser uno de los más crea­ti­vos del cine inde­pen­diente ame­ri­cano. Sus pelí­cu­las, inte­li­gen­te­mente enig­má­ti­cas, han mara­vi­llado tanto a los crí­ti­cos como a los ciné­fi­los ansio­sos de apre­ciar un cine dife­rente e inte­lec­tual­mente apa­sio­nante; de allí que resulta de inte­rés cono­cer qué es lo que hay detrás del cineasta. El film, pasando revista a gran parte de su vida, no entra a enfo­car nin­guna de sus pelí­cu­las sino que aborda su con­di­ción de artista en otras ramas y el modo en que final­mente llegó a Los Ánge­les para dedi­carse a la rea­li­za­ción cinematográfica.

DAVID LYNCH

DAVID LYNCH

Fil­mado a tra­vés de un período de tres años el docu­men­tal tiene lugar prin­ci­pal­mente en su taller de tra­bajo ubi­cado en las coli­nas de Holly­wood rodeado de su hijita menor Lula donde en forma afa­ble y como único narra­dor relata aspec­tos de su vida antes de haberse vol­cado al cine. Nacido en 1946 en Mis­soula, un pequeño pue­blo de Mon­tana y viviendo a tra­vés de los años en otros luga­res hasta afin­carse en Fila­del­fia, su infan­cia trans­cu­rrió feliz­mente rodeado por el cariño de sus padres y de sus dos her­ma­nos, donde Lynch des­taca espe­cial­mente a su madre como una muy buena per­sona de gran calidez.

La narra­ción inser­tada con foto­gra­fías, mate­rial de archivo y cine casero, per­mite que el espec­ta­dor se fami­lia­rice con su ado­les­cen­cia donde como bohe­mio el futuro cineasta expresa su rebel­día en seguir estu­dios for­ma­les para en cam­bio dedi­carse a las artes plás­ti­cas, acti­vi­dad que seguirá ejer­ciendo permanentemente.

Entre algu­nos aspec­tos per­so­na­les, Lynch des­taca su gran amis­tad con el dise­ña­dor Jack Fisk con quien viajó a Europa con la inten­ción de estu­diar con el pin­tor expre­sio­nista aus­tríaco Oskar Kokos­chka aun­que retornó 15 días des­pués a Esta­dos Uni­dos. En lo que con­cierne a su vida sen­ti­men­tal, a pesar de haberse casado en 4 opor­tu­ni­da­des sola­mente queda refle­jada la pre­sen­cia de su pri­mera esposa Peggy, con quien tuvo su hija Jen­ni­fer nacida en 1968. Fue pre­ci­sa­mente en ese período, estu­diando en la Aca­de­mia de Bellas Artes de Pen­sil­va­nia que pudo rea­li­zar el cor­to­me­traje The Alp­ha­bet y donde pos­te­rior­mente reci­bió una sub­ven­ción del Ame­ri­can Film Ins­ti­tute para comen­zar a tra­ba­jar en Era­ser­head, que sería su ópera prima e impli­ca­ría su tras­lado a California.

El docu­men­tal rea­li­zado por Jon Ngu­yen, Rick Bar­nes y Oli­via Neergaard-Holm es un tri­buto al rea­li­za­dor donde en forma lineal, amena y tran­quila Lynch va deve­lando face­tas poco cono­ci­das de su per­sona; así queda resal­tada por pri­mera vez delante de una cámara la con­cep­ción de su uni­verso crea­tivo que comenzó a tra­vés del dibujo, la pin­tura y la escul­tura, entre otras mani­fes­ta­cio­nes artís­ti­cas, antes de dedi­carse al cine. Sin duda, este buen film será muy apre­ciado por los admi­ra­do­res de este surrea­lista direc­tor de culto. Jorge Gut­man