Emo­ti­vo Víncu­lo Paterno-Filial

COLOR BOOK. Esta­dos Uni­dos, 2024. Un film escri­to y diri­gi­do por David For­tu­ne. 99 minu­tos. Dis­po­ni­ble en Netflix

Es curio­so obser­var que un film de indis­cu­ti­ble valor como lo es Color Book tras haber­se exhi­bi­do en varios fes­ti­va­les no haya teni­do la opor­tu­ni­dad de haber sido pre­sen­ta­do comer­cial­men­te. Es así que los abo­na­dos de Net­flix tie­nen al menos la opor­tu­ni­dad de poder juz­gar esta exce­len­te come­dia dra­má­ti­ca enfo­can­do la rela­ción paterno-filial a tra­vés de espe­cia­les circunstancias.

William Catlett y Jere­miah Daniels

El bien dia­gra­ma­do rela­to del novel rea­li­za­dor ambien­ta la acción en Atlan­ta en don­de al comen­zar se obser­va la tris­te des­pe­di­da que Lucky (William Catlett) dis­pen­sa a su falle­ci­da espo­sa Tammy acom­pa­ña­do de su hijo Mason (Jere­miah Daniels) de 11 años en un públi­co lugar con la pre­sen­cia de veci­nos que apre­cia­ron a la difunta.

En con­se­cuen­cia Lucky y su vás­ta­go que se encuen­tra afec­ta­do por el sín­dro­me Down sobre­lle­van el dolor tra­tan­do de reha­cer sus vidas; en esta peno­sa situa­ción por la ausen­cia del ser que­ri­do, todo sugie­re que Mason man­te­nía con su madre un víncu­lo de gran amor y que aho­ra debe ajus­tar­se a con­vi­vir úni­ca­men­te con su progenitor.

A par­tir de allí la his­to­ria trans­cu­rre en el tér­mino de una sola jor­na­da, don­de acep­tan­do la invi­ta­ción de un ami­go de Lucky para asis­tir a un par­ti­do de beis­bol, padre e hijo empren­den un via­je des­de los subur­bios de la ciu­dad don­de habi­tan para lle­gar al esta­dio depor­ti­vo de Atlan­ta. Ese tra­yec­to esta afec­ta­do de diver­sos con­tra­tiem­pos don­de des­pués de un frus­tra­do tras­la­do en coche, se pro­du­cen otros obs­tácu­los al uti­li­zar el trans­por­te público.

El direc­tor valo­ri­za su rela­to a tra­vés de peque­ños ges­tos, silen­cios, algu­nos roces pasa­je­ros que ponen a prue­ba la pacien­cia del Lucky hacia su vás­ta­go pero nutri­dos en el fon­do por el inmen­so cari­ño que los une. Es así que evi­tan­do caer en el melo­dra­ma­tis­mo la his­to­ria ape­la a las dotes de dibu­jan­te de Mason quien a tra­vés de sus recuer­dos efec­túa ilus­tra­cio­nes en un cua­derno de dibu­jos don­de figu­ran sus padres así como la fami­lia unida.

Con una estu­pen­da narra­ti­va For­tu­ne obtie­ne una ópe­ra pri­ma suma­men­te con­mo­ve­do­ra que se ve agra­cia­da por la exce­len­cia de sus dos acto­res pro­ta­gó­ni­cos. Catlett expre­sa con nota­ble sen­si­bi­li­dad la res­pon­sa­bi­li­dad de la pater­ni­dad sien­do cons­cien­te del apo­yo que requie­re su hijo para poder seguir ade­lan­te. Por su par­te cau­sa admi­ra­ción la actua­ción de Daniels como el tran­qui­lo chi­co que vuel­ca en sus ilus­tra­cio­nes lo que no pue­de expre­sar en pala­bras a la vez que guar­da una abso­lu­ta com­pli­ci­dad con el per­so­na­je de Cat­tett; no menos impor­tan­te es que este joven actor es afec­ta­do en la vida real por el sín­dro­me Down y es así meri­to­rio el esfuer­zo rea­li­za­do para sumer­gir­se en la piel de Mason. Asi­mis­mo el film es agra­cia­do visual­men­te, en gran par­te por la nota­ble foto­gra­fía en blan­co y negro de Niko­laus Sommerer.

En con­clu­sión, For­tu­ne ha logra­do una bella come­dia dra­má­ti­ca que cala hon­da­men­te en el áni­mo del espec­ta­dor.  Jor­ge Gutman