Inexis­ten­te Clemencia

CLE­MENCY. Esta­dos Uni­dos, 2019. Un film diri­gi­do y escri­to por Chi­non­ye Chukwu

Habien­do obte­ni­do el Gran Pre­mio del Jura­do en el Fes­ti­val de Sun­dan­ce de 2019 ade­más de haber sido acla­ma­da Alfre Woo­dard, la pro­ta­go­nis­ta de Cle­mency, resul­ta extra­ño que en la épo­ca de las nomi­na­cio­nes y pre­mios este film haya pasa­do des­aper­ci­bi­do. En todo caso, lo impor­tan­te es que la direc­to­ra y guio­nis­ta Chi­non­ye Chuk­wu ha rea­li­za­do un sóli­do dra­ma acer­ca de la pena de muerte.

Alfre Woo­dard

El tema, muy pare­ci­do al que se apre­ció en Just Mercy, una vez más cues­tio­na seria­men­te las con­se­cuen­cias de un sis­te­ma legal injus­to; pero aquí el guión de la cineas­ta con­cen­tra su aten­ción en las vici­si­tu­des que atra­vie­sa Ber­na­di­ne Williams (Woo­dard), una mujer que ocu­pa el car­go de direc­to­ra del pabe­llón de una cár­cel que alo­ja a quie­nes han sido con­de­na­dos a la pena capital.

Des­de la pri­me­ra ima­gen se la obser­va reco­rrien­do los pasi­llos del tétri­co corre­dor de la muer­te, pró­xi­ma a inter­ve­nir en los pre­pa­ra­ti­vos fina­les de una eje­cu­ción que se efec­tua­rá a tra­vés de la inyec­ción letal a uno de los incul­pa­dos, el latino Vic­tor Gimé­nez (Alex Cas­ti­llo); des­pués de varios inten­tos fra­ca­sa­dos por par­te del enfer­me­ro para encon­trar­le la vena apro­pia­da en don­de inyec­tar la agu­ja letal, su muer­te final­men­te se pro­du­ce con gri­tos deses­pe­ra­dos del ajusticiado.

Aun­que Ber­na­di­ne man­tie­ne un ros­tro de ace­ro fren­te a lo que acon­te­ce, ese hecho así como las eje­cu­cio­nes pre­sen­cia­das en ante­rio­res opor­tu­ni­da­des están lejos de resul­tar­le indi­fe­ren­te. Casa­da con Jonathan (Wen­dell­Pier­ce), un hom­bre muy ena­mo­ra­do de ella, la rela­ción con­yu­gal se vuel­ve cada vez más dis­tan­te dado que él no pue­de iden­ti­fi­car­se con Ber­na­di­ne en la medi­da que ella per­sis­te tra­ba­jar en una pro­fe­sión que emo­cio­nal­men­te la lle­va a pade­cer de insom­nio y des­agra­da­bles pesa­di­llas duran­te la noche. Sin embar­go para la direc­to­ra su tra­ba­jo es pri­mor­dial tra­tan­do de cum­plir­lo con máxi­ma res­pon­sa­bi­li­dad; para ate­nuar su ten­sión inte­rior des­pués de la jor­na­da habi­tual acu­de a un bar acom­pa­ña­da de uno de sus cole­gas de la pri­sión (Wen­dell Pierce).

Su siguien­te caso es el del con­de­na­do Anthony Woods (Aldis Hod­ge), un afro­ame­ri­cano que injus­ta­men­te ha sido sen­ten­cia­do por haber mata­do 15 años atrás a un ofi­cial de poli­cía duran­te un robo per­pe­tra­do en un alma­cén de comes­ti­bles; su abne­ga­do abo­ga­do defen­sor Marty Lumet­ta (Richard Schiff), con­ven­ci­do de su ino­cen­cia en la medi­da que duran­te su jui­cio fal­ta­ron prue­bas que evi­den­te­men­te demos­tra­sen su cul­pa­bi­li­dad, tra­ta de insu­flar­le esperanzas.

Ber­na­di­ne cum­ple con el buro­crá­ti­co pro­to­co­lo de anti­ci­par­le a Woods el pro­ce­di­mien­to de su eje­cu­ción expli­cán­do­le que será obje­to de tres dosis suce­si­vas de líqui­dos inyec­ta­bles; ade­más le seña­la que pue­de ele­gir el tipo de comi­da que desee para su últi­ma cena, como así tam­bién le pre­gun­ta si tie­ne fami­lia­res que dis­pon­gan de su cadá­ver. Cuan­do lle­ga la hora final, des­de el exte­rior de la pri­sión se escu­chan las mani­fes­ta­cio­nes de pro­tes­ta voci­fe­ran­do “Yo soy Anthony Woods”, aun­que en nada ayu­da a modi­fi­car la situa­ción. En el inte­rior de la sala de la muer­te se ve al con­de­na­do pos­tra­do en la cami­lla sufi­cien­te­men­te suje­to para su inmo­vi­li­za­ción, rodea­do de la direc­to­ra y del cape­llán de la pri­sión (Michael O’Neill) aguar­dan­do has­ta el últi­mo minu­to el mila­gro de la lla­ma­da tele­fó­ni­ca de la ofi­ci­na del gober­na­dor otor­gan­do cle­men­cia y así poder con­do­nar­le la pena capital.

La actua­ción de Woo­dard es excep­cio­nal tenien­do en cuen­ta que se tra­ta de un rol com­ple­jo y difí­cil de com­po­ner. En un exce­len­te estu­dio de per­so­na­li­dad, ella es la fiel encar­na­ción de una mujer estoi­ca que lucha para pre­ser­var su com­pos­tu­ra y cal­ma exte­rior pero que lle­ga­do un momen­to no pue­de evi­tar que su ros­tro tra­sun­te el remor­di­mien­to y dolor emo­cio­nal en el cum­pli­mien­to de una misión que des­ga­rra su alma. Los res­tan­tes inte­gran­tes del elen­co cum­plen idó­nea­men­te sus res­pec­ti­vos roles.

Chuk­wu que tuvo expe­rien­cia tra­ba­jan­do como volun­ta­ria en varios casos de ape­la­ción de cle­men­cia, brin­da un sóli­do docu­men­to que des­ti­la pro­fun­da huma­ni­dad y com­pa­sión per­mi­tien­do la ple­na iden­ti­fi­ca­ción con sus per­so­na­jes, espe­cial­men­te los de Ber­na­di­ne y Woods.

Un repa­ro menor es la extre­ma­da minu­cio­si­dad de las alter­na­ti­vas que tie­nen lugar en la sala de eje­cu­ción pro­du­cien­do una sen­sa­ción de inquie­tud e inco­mo­di­dad para quie­nes con­tem­plan su desa­rro­llo. Si bien la rea­li­za­do­ra ha desea­do con ello denun­ciar viva­men­te el cruel cas­ti­go de la pena de muer­te, esas esce­nas podrían haber sido acor­ta­das sin menos­ca­bar su espí­ri­tu. En todo caso, esa obje­ción no des­me­re­ce a este remar­ca­ble y pro­fun­do dra­ma, deci­di­da­men­te reco­men­da­ble. Jor­ge Gutman

La Vio­len­cia de los Talibanes

LES HIRON­DE­LLES DE KABOUL. Fran­cia, 2018. Un film de Zabou Breit­man y Eléa Gobbé-Mévellec

El pade­ci­mien­to de los pobla­do­res de Kabul some­ti­dos a la volun­tad del fun­da­men­ta­lis­mo tali­bán es el telón de fon­do de este buen film de ani­ma­ción. En una ciu­dad en rui­nas, el fana­tis­mo de las auto­ri­da­des se impo­ne sem­bran­do el mie­do; eso prin­ci­pal­men­te se obser­va con el tra­to deni­gran­te del que es obje­to la mujer que siem­pre debe tran­si­tar por la calle acom­pa­ña­da y ocul­tan­do su ros­tro con el bur­ka con la excep­ción de sus ojos; ade­más, cual­quier trans­gre­sión sexual, como la for­ni­ca­ción, con­lle­va la eje­cu­ción en la pla­za públi­ca median­te la lapidación.

Una esce­na de LES HIRON­DE­LLES DE KABOUL

Es en ese con­tex­to que trans­cu­rre Les Hiron­de­lles de Kaboul de las rea­li­za­do­ras Zabou Breit­man y Eléa Gob­bé-Meve­llec quie­nes se han basa­do en la nove­la homó­ni­ma del escri­tor arge­lino Yas­mi­na Kha­dra en una con­vin­cen­te adap­ta­ción del guión de Sébas­tien Tavel, Patri­cia Mor­tag­ne y Breit­man, La acción que trans­cu­rre en el verano de 1998 sigue los pasos de dos pare­jas cuyos des­ti­nos habrán de entre­cru­zar­se. Atiq (voz de Simon Abka­rian), es un guar­dián de la cár­cel local cuya gran preo­cu­pa­ción es el esta­do de su mujer Assa­rat (voz de Hiam Abbass) quien afec­ta­da de cán­cer se pre­su­me que su muer­te es inmi­nen­te. Al pro­pio tiem­po se sale al encuen­tro de Moh­sen (voz de Swann Arlaud) y Zunai­ra (voz de Zita Han­rot), dos aman­tes jóve­nes que son pro­fe­so­res des­em­plea­dos fren­te a una uni­ver­si­dad devas­ta­da; debi­do las cir­cuns­tan­cias impe­ran­tes, él se encuen­tra en un bajo esta­do aní­mi­co en tan­to que ella es una chi­ca que ama la liber­tad a des­pe­cho del medio ambien­te en que vive.

El con­flic­to del rela­to se pro­du­ce cuan­do duran­te una fuer­te dis­cu­sión entre Moh­sen y Zunai­ra ella lo mata acci­den­tal­men­te lo que la con­du­ce a la pri­sión don­de tra­ba­ja Atiq. Como car­ce­le­ro de la joven y cons­cien­te de la suer­te que a ella le aguar­da el noble guar­dián rea­li­za todos los esfuer­zos posi­bles para sal­var­la sabien­do que arries­ga su pro­pia vida en tal audaz intento.

La ani­ma­ción efec­tua­da con acua­re­la es sen­ci­lla y esté­ti­ca­men­te apre­cia­ble, sin haber recu­rri­do a efec­tos espe­cia­les des­lum­bran­tes. Este bello y tris­te film cap­ta el inte­rés del públi­co por su con­te­ni­do huma­nis­ta y vue­lo poé­ti­co expo­nien­do la tira­nía de un sinies­tro y sór­di­do régi­men que gene­ra daños físi­cos y emo­cio­na­les a la pobla­ción. Jor­ge Gutman

Un Humil­de Estadista

EL PEPE, UNA VIDA SUPRE­MA. Argen­ti­na-Uru­guay-Ser­bia, 2018. Un docu­men­tal escri­to y diri­gi­do por Emir Kus­tu­ri­ca. Dis­tri­bui­do por Netflix.

Así como en 2008, el cono­ci­do direc­tor ser­bio Emir Kus­tu­ri­ca enfo­có un docu­men­tal don­de poco menos que idea­li­zó a Die­go Mara­do­na, aho­ra lo hace den­tro de un esti­lo mucho más sobrio efec­tuan­do el retra­to de José Muji­ca ‑cari­ño­sa­men­te apo­da­do “Pepe”- quien como pre­si­den­te de Uru­guay entre 2010 y 2015 supo gran­jear­se el cari­ño del pueblo.

Emir Kus­tu­ri­ca y José Mujica

Aten­dien­do a su con­te­ni­do espe­cí­fi­co no es mucho lo que agre­ga el docu­men­tal en lo que con­cier­ne a su eta­pa de mili­tan­te del Movi­mien­to de Libe­ra­ción Nacio­nal Tupa­ma­ros que muy bien lo des­cri­bió el direc­tor Alva­ro Brech­ner en su film de fic­ción La Noche de 12 años (2018). Con todo, en la fil­ma­ción rea­li­za­da por espa­cio de tres años ‑2013 a 2015- Kus­tu­ri­ca ofre­ce una visión más per­so­nal e ínti­ma de Mujica.

En la pri­me­ra esce­na se ve al rea­li­za­dor fuman­do plá­ci­da­men­te un habano y a su entre­vis­ta­do sabo­rean­do su mate, ya como ex man­da­ta­rio. Ese ini­cio don­de el tan­go “En esta tar­de gris” de Mariano Mores actúa como telón de fon­do, crea el cli­ma nos­tál­gi­co para el colo­quio enta­bla­do entre ambos.

El docu­men­tal pasa revis­ta a su mili­tan­cia en la gue­rri­lla urba­na en los años 60, su lucha con­tra la dic­ta­du­ra impe­ran­te en su país con el gol­pe mili­tar de 1973 y su encar­ce­la­mien­to; en ese encie­rro fue tor­tu­ra­do y con­fi­na­do por espa­cio de 15 años a una sole­dad com­par­ti­da con sus com­pa­ñe­ros de lucha como lo han sido Mau­ri­cio Rosen­cof y Eleute­rio Fer­nán­dez Hui­do­bro. Con todo, él seña­la que el hom­bre apren­de mucho más del dolor y la adver­si­dad que de los triun­fos y de las ale­grías; de allí que esa dura expe­rien­cia le sir­vió para refle­xio­nar y mode­lar su per­so­na para encau­zar­lo a ser­vir a su pueblo.

La pre­sen­cia de Lucía Topo­lansky, su mujer, cons­ti­tu­ye otro de los ele­men­tos cen­tra­les del film. Así que­da en cla­ro que el amor rei­nan­te entre ambos pudo sub­sis­tir y ser for­ta­le­ci­do en la medi­da que ella sus­ten­ta­ba su mis­ma ideo­lo­gía polí­ti­ca, lle­gan­do en 2017 a ser la vice­pre­si­den­ta de Uru­guay has­ta el momen­to actual. Esa devo­ción hacia la vida públi­ca fue la cau­sa por la que pare­ja no tuvie­ra hijos, hecho que Muji­ca lamenta.

Entre otros aspec­tos refle­ja­dos en el docu­men­tal, se inter­ca­lan mate­rial de archi­vo exhi­bien­do los encuen­tros de Muji­ca con per­so­na­li­da­des mun­dia­les tales como Barack Oba­ma y el Papa. Ade­más de com­par­tir gra­tos momen­tos con sus ami­gos Rosen­cof y Fer­nán­dez Hui­do­bro, la cáma­ra sigue al esta­dis­ta mien­tras visi­ta el cen­tro comer­cial de Pun­ta Carras­co que en el pasa­do ha sido la cár­cel don­de pasó buen tiem­po de su vida; es allí don­de la gen­te que tran­si­ta por el lugar le expre­sa su gran afecto.

En otras ins­tan­cias se ve a Muji­ca mane­jan­do el trac­tor de su huer­ta para reco­ger el pas­to, ense­ñan­do a niños a cul­ti­var las flo­res así como via­jan­do en su Volks­wa­gen azul hacia la gran cere­mo­nia que tie­ne lugar en el últi­mo día de su mandato.

El momen­to más emo­ti­vo del docu­men­tal es cuan­do Muji­ca, minu­tos antes de entre­gar la ban­da pre­si­den­cial a su suce­sor Taba­ré Váz­quez, agra­de­ce a la nación el com­pa­ñe­ris­mo demos­tra­do duran­te el ejer­ci­cio de su man­da­to mani­fes­tan­do “no me voy, estoy lle­gan­do y me iré con el últi­mo alien­to y don­de esté esta­ré con­ti­go que­ri­do pueblo”.

En líneas gene­ra­les, éste es un ama­ble docu­men­tal que tras­cen­de­rá para quie­nes sim­pa­ti­zan con la per­so­na­li­dad del humil­de esta­dis­ta que sos­tie­ne que la civi­li­za­ción y la soli­da­ri­dad huma­na es lo que nos pue­de ayu­dar a vivir. Jor­ge Gutman

Que se haga justicia

JUST MERCY. Esta­dos Uni­dos, 2019. Un film de Des­tin Daniel Cretton.

El tema de la injus­ti­cia racial es uno de los más fre­cuen­ta­dos por el cine ame­ri­cano don­de, por ejem­plo, To Kill a Moc­king­bird (1962) basa­do en la emble­má­ti­ca nove­la de Har­per Lee lle­gó a cau­ti­var a la crí­ti­ca y al públi­co. Aho­ra el rea­li­za­dor Des­tin Daniel Cret­ton lo vuel­ve a abor­dar, sur­gien­do la pre­gun­ta de si era nece­sa­rio vol­ver a ello. La res­pues­ta es deci­di­da­men­te afir­ma­ti­va tenien­do en cuen­ta que a pesar de los pro­gre­sos rea­li­za­dos cuan­do algo malo suce­de, per­sis­te la pre­sun­ción de que los blan­cos son ino­cen­tes y los negros son sus cau­san­tes; si a ello se agre­ga que lo que Just Mercy expo­ne está basa­do en un caso real, narra­do mag­ní­fi­ca­men­te con un elen­co impe­ca­ble don­de sus dos acto­res pro­ta­go­nis­tas des­cue­llan en la com­po­si­ción de sus roles, este film tie­ne su razón de ser.

Cret­ton se valió del guión por él pre­pa­ra­do jun­to con Andrew Lanham basa­do en las memo­rias publi­ca­das en el libro de Brian Ste­ven­son don­de se rela­tan las expe­rien­cias que se ilus­tran en el film.

Michael B. Jor­dan y Jamie Foxx

En los años 80 Ste­ven­son (Michael B. Jor­dan) era un estu­dian­te afro­ame­ri­cano de leyes de la Uni­ver­si­dad de Har­vard quien efec­tuan­do una pasan­tía en Geor­gia entró en con­tac­to con un hom­bre negro con­de­na­do a muer­te. En 1992, ya gra­dua­do como abo­ga­do, deci­de tras­la­dar­se a Ala­ba­ma para dedi­car gran par­te de su tarea a ayu­dar a la gen­te pobre como así tam­bién a los con­vic­tos con­de­na­dos erró­nea­men­te a la pena capi­tal: con­se­cuen­te­men­te fun­da en Mont­go­mery la orga­ni­za­ción Equal Jus­ti­ce Initia­ti­ve, des­ti­na­da a sal­va­guar­dar los dere­chos humanos.

Tra­ba­jan­do en el nue­vo medio se impo­ne que Wal­ter McMi­llian (Jamie Foxx) es un reo afro­ame­ri­cano aguar­dan­do en el corre­dor de la muer­te el momen­to en que será ajus­ti­cia­do. Él ha sido con­de­na­do y acu­sa­do del cri­men de Ron­da Morri­son, una ado­les­cen­te blan­ca de 18 años, acon­te­ci­do en Mon­roe­vi­lle en 1986 en su lugar de tra­ba­jo; sin nin­gu­na evi­den­cia que pro­ba­ra su cul­pa­bi­li­dad, las auto­ri­da­des se valie­ron úni­ca­men­te del dudo­so y ambi­guo tes­ti­mo­nio de Ralph Myers (Tim Bla­ke Nel­son), un con­vic­to cuya pala­bra sir­vió para con­de­nar a McMi­llan. A pesar de que tan­to el acu­sa­do y una mul­ti­tud de per­so­nas (todas ellas negras) demos­tra­ron que él no estu­vo en el lugar y hora del cri­men, nada de eso valió para modi­fi­car la sen­ten­cia. Deci­di­do a pro­bar su ino­cen­cia, Ste­ven­son se vuel­ca de lleno a reu­nir toda la infor­ma­ción archi­va­da como así tam­bién regis­tros gra­ba­dos en cin­tas a fin de lograr su obje­ti­vo; para ello cuen­ta con la ayu­da de su efi­cien­te asis­ten­te Eva Ans­ley (Brie Larson).

Sin entrar a rese­ñar todos los veri­cue­tos que se pro­du­cen en la bús­que­da de la jus­ti­cia social empren­di­da por el abo­ga­do para sal­var la vida del con­vic­to, el rela­to ilus­tra el modo en que la pobla­ción negra es tra­ta­da por los blan­cos; para ello bas­ta­ría citar el acto de humi­lla­ción al que Ste­ven­son es some­ti­do al entrar a la cár­cel, obli­gán­do­lo a des­nu­dar­se por com­ple­to como si fue­se un delin­cuen­te, como así tam­bién del atro­pe­llo poli­cial reci­bi­do con­du­cien­do su coche en una ruta. Esa ani­mo­si­dad es igual­men­te demos­tra­da en el des­dén del que es obje­to por par­te del des­pre­cia­ble fis­cal (Rafe Spall) actuan­te en el liti­gio judicial.

Fil­ma­do de mane­ra clá­si­ca, que de nin­gún modo es obje­ta­ble, el rea­li­za­dor ofre­ce un dra­ma sobrio que per­mi­te a que el públi­co se com­pe­ne­tre con sus per­so­na­jes. Jor­dan ofre­ce una pres­ta­ción exce­len­te como el bri­llan­te pro­fe­sio­nal que no se deja ami­la­nar por los incon­ve­nien­tes que atra­vie­sa en su tarea de demos­trar las falen­cias de un sis­te­ma legal que por el color de la piel pue­de con­du­cir a la muer­te de un indi­vi­duo ino­cen­te; por su par­te Foxx deja tras­lu­cir la angus­tia de un hom­bre ya resig­na­do a morir, a menos que se pro­duz­ca el mila­gro de que su abo­ga­do pue­da lograr que la jus­ti­cia se impon­ga. Entre los acto­res secun­da­rios se dis­tin­gue la extra­or­di­na­ria com­po­si­ción de Rob Mor­gan quien lle­ga a emo­cio­nar pro­fun­da­men­te como uno de los con­vic­tos con­de­na­dos en su mar­cha final hacia la sala don­de le aguar­da la silla eléctrica.

En la pro­mo­ción del film se lee “cada gene­ra­ción tie­ne su héroe, encon­tre­mos al nues­tro”; cier­ta­men­te, el slo­gan es com­ple­ta­men­te per­ti­nen­te al apre­ciar la gran­de­za de espí­ri­tu de Brian Ste­ven­son, un bri­llan­te idea­lis­ta que no ceja de luchar por la jus­ti­cia social y que ha sido cali­fi­ca­do por el gran paci­fis­ta suda­fri­cano Des­mond Tutu como el Man­de­la de Esta­dos Uni­dos. Jor­ge Gutman

Deso­la­do­ra Comuna

LES MISÉ­RA­BLES. Fran­cia, 2019. Un film de Ladj Ly

El fer­vor patrió­ti­co de una nación uni­da que en París expre­sa su eufó­ri­ca ale­gría al haber gana­do en 2018 la Copa Mun­dial de Fút­bol es lo que se apre­cia en las pri­me­ras imá­ge­nes de Les Misé­ra­bles a tra­vés del mate­rial de archi­vo fil­ma­do; sin embar­go no hay nada para cele­brar en lo que se expo­ne a con­ti­nua­ción en esta remar­ca­ble ópe­ra pri­ma del rea­li­za­dor Ladj Ly quien se basó en su cor­to metra­je rea­li­za­do en 2016.

Una esce­na del film

Si bien el títu­lo del film que­da aso­cia­do con la inmor­tal obra homó­ni­ma de Vic­tor Hugo, el ele­men­to común estri­ba en que la acción trans­cu­rre en Mont­fer­meil, uno de los subur­bios de la capi­tal de Fran­cia, cuya reali­dad social de hoy día no pare­ce haber cam­bia­do mucho de lo que se des­pren­de de la novela.

Es impor­tan­te acla­rar que el rea­li­za­dor de ori­gen afri­cano vivió gran par­te de su vida en esa comu­na fran­ce­sa; de allí que el guión por él con­ce­bi­do jun­to con Gior­dano Geder­li­ni y Ale­xis Manen­ti des­ti­la abso­lu­ta veracidad.

Una pri­me­ra visión de Mont­fer­meil resul­ta deso­la­do­ra don­de se encuen­tran haci­na­dos inmi­gran­tes afri­ca­nos ile­ga­les, musul­ma­nes que tra­tan de impo­ner sus con­vic­cio­nes reli­gio­sas así como niños y ado­les­cen­tes libra­dos de la mano de Dios con pre­ca­rias con­di­cio­nes de vida; en tal sen­ti­do no pro­du­ce gran sor­pre­sa saber que en ese dis­tri­to pre­do­mi­na una alta tasa de des­em­pleo con un por­cen­ta­je igual­men­te ele­va­do de pobre­za y un nivel de edu­ca­ción que deja mucho que desear. Como con­se­cuen­cia de ese som­brío pano­ra­ma ‑estu­pen­da­men­te cap­ta­do por la foto­gra­fía de Julien Pou­pard- el sis­te­ma social impe­ran­te en ese ámbi­to moti­va a que sus habi­tan­tes vivan en un esta­do de per­ma­nen­te tensión.

En ese con­tex­to, el rea­li­za­dor narra el accio­nar de una bri­ga­da anti cri­mi­nal. En la mis­ma par­ti­ci­pan el recien­te­men­te asig­na­do poli­cía Stépha­ne (Damien Bon­nar­di), quien debe tra­ba­jar con Chris (Ale­xis Manen­ti), un abo­mi­na­ble ofi­cial racis­ta y su aso­cia­do Gwa­da (Dje­bril Zon­ga) oriun­do de Áfri­ca que fácil­men­te se some­te a sus ins­truc­cio­nes. Los tres ofi­cia­les deben lidiar con varios de los pro­ble­mas de la zona don­de no resul­ta sen­ci­llo apli­car los cri­te­rios habi­tua­les en un caó­ti­co medio ambien­te. En con­se­cuen­cia, el corrup­to Chris apli­can­do un méto­do de mano dura, a pesar de la des­apro­ba­ción del hones­to Stépha­ne, abu­sa en for­ma bru­tal de su poder gene­ran­do una inti­mi­da­ción y atro­pe­llo que el indi­fe­ren­te alcal­de local (Ste­ve Tient­cheu) es inca­paz de controlar.

La diná­mi­ca esta­ble­ci­da entre los poli­cías y la de éstos con la pobla­ción local está muy bien logra­da por el direc­tor quien con gran flui­dez con­du­ce el rela­to hacia un des­en­la­ce de san­grien­ta vio­len­cia que deja la impre­sión de que los hechos vigen­tes no habrán de cam­biar. Con todo, la difu­sión de este film, que obtu­vo el Pre­mio del Jura­do en el Fes­ti­val de Can­nes 2019, moti­vó a que el pre­si­den­te fran­cés Emman­nuel Macron anun­cia­ra que su gobierno se apre­su­ra­rá en encon­trar ideas para mejo­rar las con­di­cio­nes de vida de los barrios marginados.

Por sus méri­tos, este cru­do dra­ma muy bien rea­li­za­do es uno de los cin­co nomi­na­dos al Oscar de la Mejor Pelí­cu­la Inter­na­cio­nal de 2019. Jor­ge Gutman