Una Nos­tál­gi­ca Secuela

THE DEVIL WEARS PRA­DA 2. Esta­dos Uni­dos, 2026. Un film de David Fran­kel. 119 minutos

Des­pués del gran éxi­to comer­cial obte­ni­do en 2006 con The Devil Wears Pra­da el direc­tor Daniel Fran­kel retor­na con The Devil Wears Pra­da 2, una nos­tál­gi­ca secue­la con­vo­can­do al mis­mo equi­po cen­tral inte­gra­do por Meryl Streep, Anne Hatha­way, Stan­ley Tuc­ci y Emily Blunt. Nue­va­men­te es Ali­ne Brosh McKen­na la guio­nis­ta de esta con­ti­nua­ción enfo­can­do lo que acon­te­ce con las revis­tas de moda en la épo­ca actual.

Anne Hatha­way, Meryl Streep y Stan­ley Tucci

Andy Sachs (Hatha­way) quien habién­do­se reti­ra­do en el film pre­ce­den­te de la revis­ta Run­way se con­vir­tió en una exper­ta perio­dis­ta de inves­ti­ga­ción; es así que en el momen­to en que reci­be el pre­mio de una ins­ti­tu­ción neo­yor­ki­na por su tra­ba­jo, se ente­ra por un men­sa­je de tex­to que el perió­di­co don­de esta­ba emplea­da aca­ba de des­pe­dir­la al igual que a sus cole­gas. Con todo la suer­te le son­ríe cuan­do los nue­vos due­ños de Run­way la con­tra­tan a fin de efec­tuar simi­la­res tareas bajo las órde­nes de la impe­rial Miran­da Prestly (Streep) quien sigue sien­do la edi­to­ra de la revis­ta, con­tan­do siem­pre con su direc­tor y dise­ña­dor Nigel (Tuc­ci), que es sin duda la per­so­na de su máxi­ma con­fian­za. Aun­que en un prin­ci­pio Miran­da se encuen­tra fas­ti­dia­da por no haber sido avi­sa­da del con­tra­to de Andy, no tie­ne otra opción que acep­tar­la. A todo ello, Miran­da man­tie­ne rela­cio­nes comer­cia­les con Emily (Blunt) quien fue­ra su anti­gua asis­ten­te y es aho­ra una alta eje­cu­ti­va de Dior.

Con el paso del tiem­po la revis­ta no tie­ne el mis­mo pode­río de anta­ño en la medi­da que su tira­je ha dis­mi­nui­do y por lo tan­to es nece­sa­rio revi­ta­li­zar­la; para ello, Andy como exce­len­te perio­dis­ta debe ocu­par­se de efec­tuar efec­ti­vas notas y lograr repor­ta­jes con exi­mias figu­ras de la moda, todo ello median­te una ver­sión digi­tal, a fin de atraer al públi­co adic­to a los queha­ce­res de este géne­ro. Si bien al prin­ci­pio hay rece­los de la arro­gan­te y engreí­da Miran­da hacia Andy, ella irá cam­bian­do de acti­tud al obser­var el brío y empe­ño de su subor­di­na­da para evi­tar que la revis­ta des­apa­rez­ca, don­de ade­más se impo­ne cor­te­jar a los aus­pi­cia­do­res comerciales.

El film no se dis­tin­gue pre­ci­sa­men­te por lo narra­ti­vo sino más bien por sus sub­tra­mas anec­dó­ti­cas, dedi­can­do menor aten­ción al gra­do de alie­na­ción de la gen­te que se des­en­vuel­ve en ese espe­cí­fi­co medio. Con todo la pelí­cu­la no está exen­ta de ilus­trar el gla­mour arti­fi­cial del círcu­lo de la moda, don­de en la era actual median­te las redes socia­les se encuen­tran per­so­na­jes cla­ves en el mar­ke­ting digi­tal capaz de influir en las deci­sio­nes y com­por­ta­mien­tos de sus seguidores.

Visual­men­te el film se des­ta­ca por el mag­ní­fi­co dise­ño de pro­duc­ción de Jess Gon­chor, el dise­ño del sub­yu­gan­te ves­tua­rio a car­go de Molly Rogers, como así tam­bién a la res­plan­de­cien­te foto­gra­fía de Flo­rian Ballhaus cap­ta­da en los esce­na­rios de New York y Milán.

En cuan­to al elen­co, la estu­pen­da Streep impo­ne su mag­ne­tis­mo en el rol de la pode­ro­sa mujer que se vuel­ve vul­ne­ra­ble al temer que pue­da pro­du­cir­se un for­za­do reti­ro si la revis­ta no lle­ga a pros­pe­rar. Por su par­te Hatha­way des­lum­bra vol­can­do el brío y la pasión de su per­so­na­je así como Tuc­ci y Blunt trans­mi­ten com­ple­ta con­vic­ción en sus res­pec­ti­vos roles. En esta secue­la se adhie­ren entre otros intér­pre­tes Ken­neth Bra­nagh como el nue­vo mari­do de Miran­da, Patrick Bram­mell asu­mien­do el inte­rés román­ti­co de Andy, Jus­tin The­roux como la pare­ja de Emily y BJ Novak como el nue­vo pro­pie­ta­rio de Run­way.

En con­clu­sión, con esta segun­da par­te, el direc­tor ha logra­do una flui­da livia­na come­dia que a la vez per­mi­te refle­xio­nar acer­ca de los mar­ca­dos cam­bio tec­no­ló­gi­cos de la era digi­tal pro­vo­can­do la fuer­te dis­mi­nu­ción de las publi­ca­cio­nes grá­fi­cas y la auto­ma­ti­za­ción del tra­ba­jo. Jor­ge Gutman