Un Tími­do Car­te­ro Romántico

ARDIEN­TE PACIEN­CIA. Chi­le, 2022. Un film de Rodri­go Sepúl­ve­da. 90 minu­tos. Dis­po­ni­ble en Netflix

El títu­lo de este film es el de la nove­la homó­ni­ma del renom­bra­do escri­tor chi­leno Anto­nio Skár­me­ta que aun­que publi­ca­da en 1985 fue tras­la­da­da al cine en 1983 con la direc­ción de su autor y en 1994 en el film ita­liano Il Pos­tino diri­gi­do por Michael Radford.

Andrew Bargs­ted y Clau­dio Arredondo

Cabe la pre­gun­ta si aca­so era nece­sa­rio una nue­va incur­sión sobre el mis­mo tema. En la medi­da que el rea­li­za­dor Rodri­go Sepúl­ve­da ha logra­do un rela­to diá­fano, emo­ti­vo y remar­ca­ble­men­te inter­pre­ta­do por Andrew Bargs­ted en el per­so­na­je pro­ta­gó­ni­co, la res­pues­ta es afir­ma­ti­va. Aho­ra bien, tenien­do en cuen­ta que la pelí­cu­la care­ce de vio­len­cia, dro­gas y esce­nas sexua­les, pue­de que no se ajus­te para cier­to públi­co, aun­que la espon­tá­nea fres­cu­ra y sim­pa­tía que des­ti­la la actual ver­sión, per­mi­te que esta román­ti­ca come­dia se siga con sumo agrado.

El guión de Gui­ller­mo Cal­de­rón y Skár­me­ta ubi­ca la acción en 1969 pre­sen­tan­do a Mario (Bargs­ted); un joven pro­ve­nien­te de una humil­de fami­lia de pes­ca­do­res de Chi­le que vive en Isla Negra. El mucha­cho que no se resig­na a ser pes­ca­dor como su padre, pese a que es la acti­vi­dad prin­ci­pal de la región, logra obte­ner un pues­to de car­te­ro don­de se vale de su bici­cle­ta para dis­tri­buir las car­tas. En esa acti­vi­dad, le corres­pon­de entre­gar la abun­dan­te corres­pon­den­cia que a dia­rio reci­be el céle­bre poe­ta Pablo Neru­da (Clau­dio Arre­don­do), el más impor­tan­te mora­dor de la isla; es así que lle­ga a man­te­ner con él un afec­tuo­so víncu­lo que gra­dual­men­te devie­ne en una sin­ce­ra amis­tad. A tra­vés de esa rela­ción, Mario apren­de a valo­rar la poe­sía como expre­sión lite­ra­ria ade­más de ir cap­tan­do las metá­fo­ras con­te­ni­das en los poe­mas de Neruda.

El pun­to de infle­xión de esta his­to­ria se pro­du­ce cuan­do Mario lle­ga a cono­cer a la joven Bea­triz Gon­zá­lez (Vivian­ne Dietz), hija de Elba (Pao­la Gian­ni­ni) que es la due­ña de la hos­te­ría local y en don­de los parro­quia­nos del lugar sue­len reu­nir­se en su bar. Sub­yu­ga­do por su belle­za el mucha­cho se ena­mo­ra pron­ta­men­te de Bea­triz y aun­que es corres­pon­di­do por ella, la rela­ción cuen­ta con la deci­di­da opo­si­ción de Elba quien no desea que su hija pue­da correr la mis­ma suer­te que ella como madre soltera.

Uno de los aspec­tos más tier­nos del rela­to tie­ne lugar en las esce­nas don­de el tími­do joven tra­ta de atraer a Bea­triz uti­li­zan­do un volan­tín con­te­nien­do un papel escri­to en el que mani­fies­ta su amor por ella valién­do­se de algu­nos de los ver­sos más rele­van­tes con­te­ni­dos en los libros que Neru­da le había obse­quia­do. Cla­ro está que cuan­do ella se ente­ra que lo expre­sa­do por Mario ha sido obje­to de pla­gio, la rela­ción se indis­po­ne tran­si­to­ria­men­te. Con los con­se­jos reci­bi­dos por Neru­da, Mario logra recon­quis­tar a la chi­ca de sus sueños.

El tras­fon­do polí­ti­co que en ese momen­to tie­ne lugar en Chi­le con las inmi­nen­tes elec­cio­nes en las que Neru­da apo­ya incon­di­cio­nal­men­te a Sal­va­dor Allen­de como can­di­da­to de la Uni­dad Popu­lar gene­ra una sub­tra­ma que no tie­ne espe­cial gra­vi­ta­ción en el con­tex­to de lo que se está relatando.

La acer­ta­da direc­ción de Sepúl­ve­da per­mi­te que este rela­to expre­sa­do poé­ti­ca­men­te trans­mi­ta genui­na emo­ción, en gran par­te agra­cia­do por el efi­cien­te guión y su buen elen­co; en ese aspec­to, Bargs­ted amplia­men­te se luce como el inge­nuo y tími­do joven deseo­so de con­ver­tir­se en poe­ta y deter­mi­na­do a con­quis­tar a Bea­triz. Las bellas can­cio­nes de Car­los Cabe­zas, las atrac­ti­vas dan­zas fol­cló­ri­cas así como la foto­gra­fía de Mau­ra Mora­les Berg­mann con­tri­bu­yen a real­zar los valo­res de Ardien­te Pacien­cia. Jor­ge Gutman

Pre­vi­si­ble Dra­ma Psicológico

AU NORD D’ALBANY. Cana­dá, 2021. Un film de Marian­ne Far­ley. 107 minutos

La actriz cana­dien­se Marian­ne Far­ley, quen ha rea­li­za­do dos bue­nos cor­tos -Mar­gue­ri­te (2017) y Fri­mas (2021)-, debu­ta en el lar­go­me­tra­je abor­dan­do en Au Nord d’Albany un dra­ma psi­co­ló­gi­co que si bien resul­ta pro­me­te­dor a la pos­tre no cum­ple con su cometido.

Céli­ne Bonnier

La his­to­ria refle­ja­da en el guión de la rea­li­za­do­ra con la cola­bo­ra­ción de Clau­de Brie, refle­ja la angus­tia de Annie (Céli­ne Bon­nier), una madre mono­pa­ren­tal que cuan­do comien­za el film se la ve huyen­do pre­ci­pi­ta­da­men­te de su hogar en Mon­treal jun­to con su hija ado­les­cen­te Sarah (Zeneb Blan­chet) y su hijo menor Félix (Eliott Plamondon).

Vali­lén­do­se de su coche, Annie y sus hijos se diri­gen a Flo­ri­da con el pro­pó­si­to de reen­con­trar al padre de los chi­cos y tra­tar de que allí per­ma­nez­can. Gra­dua­le­men­te se irá sabien­do el moti­vo de esta huí­da a tra­vés de lo que Sarah va regis­tran­do en su dia­rio per­so­nal y median­te flash­backs en los que se apre­cia la inti­mi­da­ción de que ha sido obje­to por par­te de una com­pa­ñe­ra de su escue­la y la con­se­cuen­cia pro­du­ci­da por dicho acoso.

Al apro­xi­mar­se a la región de los Adi­ron­dacks, el vehícu­lo detie­ne su mar­cha y sin poder vol­ver­lo a arran­car Sarah encuen­tra en la ruta a Paul (Rick Robert), un mecá­ni­co des­co­no­ci­do, que con cier­ta reti­cen­cia acep­ta remol­car­lo al taller; como las pie­zas nece­sa­rias para su arre­glo demo­ra­rán algu­nos días en lle­gar, eso moti­va­rá la esta­día for­za­da de la fami­lia en el lugar. Duran­te ese lap­so, Sarah enta­bla­rá rela­ción con Hope (Nao­mi Cor­mier), la hija de Paul de edad simi­lar, quien lle­ga­rá a des­cu­brir la razón por la que los via­je­ros han esca­pa­do de Montreal.

En el poco con­vin­cen­te guión se irá sabien­do que cada uno de los per­so­na­jes invo­lu­ca­dos tie­ne secre­tos guar­da­dos, pero de modo alguno la intri­ga lle­ga a cobrar vue­lo. Si bien el rela­to esbo­za de mane­ra epi­dér­mi­ca la rela­ción entre padres e hijos, la inco­mu­ni­ca­ción, el pro­ble­ma nada nue­vo del bull­ying esco­lar o bien algu­nos aspec­tos encu­bier­tos de homo­se­xua­li­dad, final­men­te todo que­da diluí­do con un com­pla­cien­te des­en­la­ce pre­vi­si­ble e insatisfactorio.

Con una correc­ta pues­ta escé­ni­ca, la novel rea­li­za­do­ra se ve obs­ta­cu­li­za­da por su ende­ble guión aun­que cabe reco­no­cer que a su favor ha con­ta­do con la pon­de­ra­ble actua­ción de Bon­nier quien con­vin­cen­te­men­te trans­mi­te los sen­ti­mien­tos de una madre que está dis­pues­ta a rea­li­zar lo impo­si­ble con tal de sal­var a su hija; a su lado Blan­chet se des­ta­ca como la joven ator­men­ta­da por el com­ple­jo de cul­pa que la embar­ga, en tan­to que el res­to del repar­to se desem­pe­ña ade­cua­da­men­te res­pon­dien­do a los reque­ri­mien­tos del libre­to. Jor­ge Gutman

Un Excep­cio­nal Músico

ENNIO. Ita­lia, 2021. Un docu­men­tal escri­to y diri­gi­do por Gui­sep­pe Tor­na­to­re. 156 minutos.

El gran com­po­si­tor, orques­ta­dor, direc­tor musi­cal y trom­pe­tis­ta Ennio Morri­co­ne, falle­ci­do en julio de 2020, es obje­to de un remar­ca­ble docu­men­tal rea­li­za­do por Giu­sep­pe Tor­na­to­re, quien fue su gran ami­go ade­más de haber­le agra­de­ci­do por la inol­vi­da­ble músi­ca que com­pu­so para su emble­má­ti­co film Cine­ma Para­di­so (1988).

Ennio Morri­co­ne

Habien­do sido Morri­co­ne uno de los más popu­la­res y pro­lí­fi­cos auto­res del siglo pasa­do, el docu­men­tal de Tor­na­to­re no sigue nece­sa­ria­men­te los pasos de una tra­di­cio­nal bio­gra­fía, sino que adop­ta el carác­ter de una exhaus­ti­va rese­ña nutri­da por el gran núme­ro de entre­vis­tas rea­li­za­das, inclu­yen­do fun­da­men­tal­men­te la efec­tua­da al genial com­po­si­tor. Es así que con la viva voz de Morri­co­ne se asis­te a una cau­ti­van­te lec­ción de vida refle­jan­do el enor­me impac­to espi­ri­tual de la música.

En su eta­pa juve­nil, el des­tino cam­bió los pla­nes del com­po­si­tor cuan­do aban­do­na su inten­ción de seguir la carre­ra de medi­ci­na para ceder lugar al trom­pe­tis­ta, siguien­do el camino de su padre que fue un trom­pe­tis­ta pro­fe­sio­nal. Es así que logra ingre­sar al Con­ser­va­to­rio de Músi­ca de San­ta Ceci­lia en Roma tenien­do como men­tor al com­po­si­tor y pro­fe­sor Gof­fre­do Petras­si, quien esta­ba lejos de ima­gi­nar el pro­di­gio­so talen­to de su joven alumno.

Des­pués de haber rea­li­za­do algu­nos comer­cia­les y arre­glos para espec­tácu­los de tele­vi­sión comien­za sus acti­vi­da­des de com­po­si­tor de músi­ca de fil­mes y es así que un hito en su carre­ra será su rela­ción pro­fe­sio­nal con el rea­li­za­dor ita­liano Ser­gio Leo­ne para crear la ope­rís­ti­ca músi­ca de Un Puña­do de Dóla­res (1964); de allí en más esa cola­bo­ra­ción se exten­de­rá a otros títu­los de su fil­mo­gra­fía. Del gran suce­so obte­ni­do sur­gi­rá su apor­te musi­cal con céle­bres cineas­tas inclu­yen­do a Gillo Pon­te­cor­vo para La Bata­lla de Arge­lia (1966), la exce­len­te bala­da del film de Giu­liano Mon­tal­do Sac­co y Van­zet­ti (1971) con la mara­vi­llo­sa voz de Joan Baez así como la inol­vi­da­ble ban­da sono­ra de The Mis­sion (1986) de Roland Jof­fe en la que Morri­co­ne logra el pre­ci­so tono sacro mez­cla­do con la par­te étni­ca del film. Entre otros direc­to­res para quie­nes el maes­tro ha apor­ta­do su músi­ca se encuen­tran Elio Pie­tri, Mar­co Tulio Gron­do­na, Ber­nar­do Ber­to­luc­ci, Terren­ce Malick, Brian de Pal­ma, Dario Argen­to, los her­ma­nos Vit­to­rio y Pao­lo Tavia­ni y Quen­tin Taran­tino. Si algo Morri­co­ne lamen­ta es no haber podi­do cola­bo­rar con el remar­ca­ble cineas­ta Stan­ley Kubrick para com­po­ner la músi­ca de A Clock­work Oran­ge (1971) debi­do a una inter­fe­ren­cia de Leone.

Pero el com­po­si­tor ade­más de su con­tri­bu­ción para el cine, don­de su músi­ca cons­ti­tuía en muchos casos el per­so­na­je prin­ci­pal, tam­bién con­ci­bió obras sin­fó­ni­cas y en ese plano se des­ta­ca la Sin­fo­nía Voi­ci Da Silen­zo, una com­po­si­ción que expre­sa el due­lo y res­pe­to por el trá­gi­co asal­to regis­tra­do el 11 de sep­tiem­bre de 2001.

Entre los galar­do­nes reci­bi­dos, Morri­co­ne fue pre­mia­do con un Oscar hono­rí­fi­co en 2006, pos­te­rior­men­te en 2016 por la ban­da sono­ra de la pelí­cu­la The Hate­ful Eight de Taran­tino y pocas sema­nas antes de su falle­ci­mien­to fue dis­tin­gui­do con el pre­mio Prin­ce­sa de Astu­rias de las Artes com­par­ti­do con el com­po­si­tor John Williams.

Tor­na­to­re no regis­tra muchos aspec­tos vin­cu­la­dos con su vida fami­liar; sin embar­go cabe el amplio reco­no­ci­mien­to del maes­tro a su que­ri­da espo­sa María quien duran­te 40 años fue el gran amor de su vida y  quien le brin­dó su total apo­yo a lo lar­go de su existencia.

Como se anti­ci­pó al prin­ci­pio de este comen­ta­rio, Ennio es un sobre­sa­lien­te docu­men­tal don­de la músi­ca de Morri­co­ne refle­ja­da en más de 500 ban­das sono­ras cons­ti­tu­ye una autén­ti­ca fusión de la pro­sa con la poe­sía y como bien lo expre­sa el com­po­si­tor ale­mán Hans Zim­mer, “en la pri­me­ra nota de cual­quier com­po­si­ción de Morri­co­ne uno reco­no­ce su música”.

A tra­vés de sus dos horas y media de dura­ción, Tor­na­to­re ha rea­li­za­do un emo­ti­vo retra­to del com­po­si­tor que con­cen­tra per­ma­nen­te­men­te la aten­ción, cons­ti­tu­yen­do un her­mo­so tri­bu­to a su memo­ria. Jor­ge Gutman

Aler­ta­do de Antemano

SPOI­LER ALERT: Esta­dos Undos, 2022. Un film de Michael Sho­wal­ter. 112 minutos

Aun­que el títu­lo ya lo anti­ci­pa, poco impor­ta que des­de su comien­zo el espec­ta­dor esté aler­ta­do del des­en­la­ce de Spoi­ler Alert, un apre­cia­ble film diri­gi­do por Michael Sho­wal­ter. En lo que pue­de cata­lo­gar­se como un dra­ma román­ti­co, el guión de los escri­to­res David Marshall Grant y Dan Sava­ge está basa­do en el libro de Michael Ausie­llo Spoi­ler Alert: The Hero Dies” publi­ca­do en 2017 en el que rela­ta un tras­cen­den­te epi­so­dio que gra­vi­tó en su vida.

Ben Aldrid­ge y Jim Parsons

En la pri­me­ra esce­na se pue­de ver a Michael (Jim Par­sons) estan­do jun­to a Kit (Ben Aldrid­ge), su com­pa­ñe­ro gra­ve­men­te enfer­mo que se halla hos­pi­ta­li­za­do, que­dán­do­le poco tiem­po de vida. De inme­dia­to la acción retro­ce­de en el tiem­po y es así que se asis­te a la géne­sis del roman­ce de esta pareja.

Como en muchos casos sue­le ocu­rrir, poco impor­ta el des­tino final de la tra­ma sino más bien el reco­rri­do empren­di­do para lle­gar al mis­mo. El guión da cuen­ta a par­tir del momen­to en que Michael y Kit lle­ga­ron a cono­cer­se para pron­ta­men­te inti­mar. A tra­vés de un lap­so de 14 años de con­vi­ven­cia se van reve­lan­do deta­lles de la vida per­so­nal de cada uno de ellos que aun­que de dife­ren­te per­so­na­li­dad logran crear una asom­bro­sa com­pli­ci­dad. Pero duran­te ese perío­do el víncu­lo sufre cier­tos alti­ba­jos, espe­cial­men­te cuan­do Michael com­prue­ba la infi­de­li­dad de Kit con Sebas­tian (Anto­ni Porows­ki), un cole­ga de tra­ba­jo. Con todo, las sesio­nes de tera­pia ayu­dan a recom­po­ner el víncu­lo has­ta el momen­to en que Kit acom­pa­ña­do de Michael reci­be el dolo­ro­so diag­nós­ti­co del médi­co que le atien­de comu­ni­cán­do­le que está afec­ta­do por un tumor neu­ro­en­do­crino; esa tris­te reve­la­ción gene­ra uno de los momen­tos más con­mo­ve­do­res del rela­to que es tra­ta­do con máxi­ma contención.

A par­tir de allí y duran­te los 11 meses que trans­cu­rren has­ta el ins­tan­te final la rela­ción de Michael y Kit se inten­si­fi­ca, sien­do ambos cons­cien­tes de estar luchan­do una carre­ra con­tra el tiem­po. Tan­to Par­sons como Aldrid­ge ofre­cen dos remar­ca­bles inter­pre­ta­cio­nes capa­ces de trans­mi­tir ple­na­men­te al espec­ta­dor la emo­ción que les embar­ga. En roles de apo­yo igual­men­te se lucen Bill Irwin y la siem­pre sol­ven­te Sally Field como los padres de Kit quie­nes tar­día­men­te se ente­ran de la orien­ta­ción sexual de su hijo.

Cui­dan­do que la esen­cia dra­má­ti­ca del rela­to no des­bor­de en situa­cio­nes lacri­mó­ge­nas, Sho­wal­ter ha rea­li­za­do una emo­ti­va y tier­na pelí­cu­la al haber sabi­do expre­sar la sen­si­bi­li­dad que Ausie­llo ha vol­ca­do en su libro. Jor­ge Gutman

La Magia del Cine

EMPI­RE OF LIGHT Gran Bre­ta­ña-Esta­dos Uni­dos, 2022. Un film escri­to y diri­gi­do por Sam Men­des. 113 minutos

Meri­to­ria­men­te con­si­de­ra­do como uno de los más des­ta­ca­dos rea­li­za­do­res de Gran Bre­ta­ña, el osca­ri­za­do cineas­ta de Ame­ri­can Beauty (1999) Sam Men­des en Empi­re of Light tra­ta de refle­jar el poder de la magia del cine.

Oli­via Colman

En un rela­to que le per­te­ne­ce el cineas­ta ubi­ca la acción en 1980 en la ciu­dad cos­te­ra de Mar­ga­te en don­de Empi­re, un pala­cio de cine de art deco, enfren­ta al mar. Es allí don­de se desem­pe­ña Hilary Small (Oli­via Col­man) como geren­te de la sala; en su labor está rodea­da por dos jóve­nes asis­ten­tes (Tom Broo­ke y Han­nah Ons­low), el devo­to pro­yec­cio­nis­ta Nor­man (Toby Jones) y su jefe Donald Ellis (Colin Firth) quien es un indi­vi­duo ensi­mis­ma­do en sí mis­mo y que a pesar de ser casa­do no tie­ne repa­ro alguno para de tan­to en tan­to abu­sar sexual­men­te de Hilary. Esta mujer lidia con pro­ble­mas de ines­ta­bi­li­dad men­tal que tra­ta de com­ba­tir­los con­su­mien­do una varie­dad de bar­bi­tú­ri­cos, como asi­mis­mo median­te su tra­ba­jo en el Empi­re que cons­ti­tu­ye una suer­te de segun­do hogar y su razón de ser.

Valién­do­se de las pro­yec­cio­nes de fil­mes de esa épo­ca que­da cla­ro que Men­des, imbui­do de nos­tal­gia, expre­sa su amor por el cine en cir­cuns­tan­cias como las que se viven actual­men­te en don­de a cau­sa de la pan­de­mia gran par­te del públi­co se acos­tum­bró a ver pelí­cu­las en su hogar a tra­vés de las nume­ro­sas pla­ta­for­mas exis­ten­tes. Sin embar­go, debi­do a su guión un tan­to errá­ti­co el rea­li­za­dor no lle­ga sufi­cien­te­men­te a emo­cio­nar como Giu­sep­pe Tor­na­to­re lo logró con Cine­ma Para­di­so, así como Ste­ven Spiel­berg lo demues­tra en su recien­te film The Fabelmans. 

La his­to­ria adop­ta un giro dife­ren­te cuan­do se incor­po­ra al equi­po del Empi­re Stephen (Micheal Ward), un hom­bre de color mucho menor que Hilary en don­de ambos ade­más de conec­tar­se muy bien en el tra­ba­jo, ini­cian una rela­ción román­ti­ca que para ella cons­ti­tu­ye un bál­sa­mo capaz de brin­dar­le la año­ra­da feli­ci­dad. Duran­te ese víncu­lo la esqui­zo­fre­nia de Hilary vuel­ve a mani­fes­tar­se y a su vez cobra cier­ta inten­si­dad el racis­mo del que es obje­to Stephen por par­te de gru­pos de ultra­de­re­cha; sin lle­gar a pro­fun­di­zar sufi­cien­te­men­te sobre estas dos varian­tes temá­ti­cas el film se tor­na melo­dra­má­ti­co ate­nuan­do su vigor inicial.

Las obje­cio­nes men­cio­na­das son com­pen­sa­das por la sober­bia com­po­si­ción que Col­man logra de su per­so­na­je al igual que la pres­ta­ción rea­li­za­da por Ward quien sedu­ce con su caris­ma y sim­pa­tía. Entre ambos acto­res exis­te una muy logra­da quí­mi­ca per­mi­tien­do que el roman­ce de sus per­so­na­jes adquie­ra con­vic­ción a tra­vés de su mutuo apo­yo físi­co y emo­cio­nal. A todo ello cabe agre­gar la esme­ra­da foto­gra­fía de Roger Deakins.

En esen­cia, el film de Men­des se ve con agra­do aun­que la inten­ción del rea­li­za­dor de home­na­jear al cine que­da dilui­da debi­do a las rami­fi­ca­cio­nes adop­ta­das por su guión. Jor­ge Gutman