Una Poli­fa­cé­ti­ca Artista

NIKI. Fran­cia, 2024. Un film de Céli­ne Salle­te. 98 minutos

La vida de Niki de Saint Pha­lle (1930 – 2002) es con­si­de­ra­da por la actriz Céli­ne Salle­te en su pri­me­ra incur­sión detrás de la cámara.

Sin ser un estric­to rela­to bio­grá­fi­co el guión escri­to por Salle­te y Samuel Doux abar­ca los aspec­tos más rele­van­tes de su exis­ten­cia cen­trán­do­se en sus logros artís­ti­cos de pin­to­ra y escul­to­ra y en su trau­ma mental.

Naci­da en Fran­cia pero vivien­do sus pri­me­ros años en Esta­dos Uni­dos, con­trae enla­ce con el escri­tor ame­ri­cano Harry Matthews (John Robin­son). El macar­tis­mo es una de las razo­nes que moti­va­ron al matri­mo­nio a radi­car­se en París en los pri­me­ros años de la déca­da del 50.

Char­lot­te Le Bon

En la pri­me­ra esce­na se con­tem­pla a Niki (Char­lot­te Le Bon), quien como mode­lis­ta para una revis­ta de modas, está posan­do para una foto adop­tan­do el aire de una bella prin­ce­sa. De inme­dia­to, ella se apre­su­ra para lle­gar al hogar y aten­der a su peque­ña hijita.

De allí en más se obser­va el com­por­ta­mien­to excén­tri­co de Niki y el comien­zo de su des­es­ta­bi­li­za­ción men­tal, pro­duc­to del abu­so sexual de su padre cuan­do tenía 11 años. Cuan­do Harry des­cu­bre que ella ocul­ta cuchi­llos e ins­tru­men­tos pun­zan­tes deba­jo del col­chón de la cama lle­ga el momen­to en que es inter­na­da en una clí­ni­ca de Niza don­de se la some­te a un tra­ta­mien­to tera­péu­ti­co de elec­troshocks. Duran­te su hos­pi­ta­li­za­ción, el sufri­mien­to pade­ci­do la indu­ce a comen­zar su afi­ción a la pin­tu­ra; en bre­ve tiem­po eso le per­mi­te con­ver­tir­se en una renom­bra­da artis­ta en el mar­co de un mun­do deci­di­da­men­te patriar­cal. Des­pués de la sepa­ra­ción de su mari­do que lle­va a su hija a vivir a Esta­dos Uni­dos, Niki cono­ce al van­guar­dis­ta escul­tor Jean Tin­guely (Damien Bon­nard) que será su segun­do espo­so y duran­te ese perío­do Niki demues­tra su apti­tud por la escul­tu­ra sien­do su tra­ba­jo más impo­nen­te y renom­bra­do el Tarot Gar­den, un increí­ble par­que artís­ti­co digno de admiración.

En los cré­di­tos fina­les se infor­ma que ella es con­si­de­ra­da una de las más gran­des artis­tas de su épo­ca, ade­más de haber diri­gi­do dos pelí­cu­las y escri­to tres auto­bio­gra­fías. Des­de una ópti­ca cine­ma­to­grá­fi­ca, lo más impor­tan­te es la des­lum­bran­te carac­te­ri­za­ción que Char­lot­te Le Bon logra de la pro­ble­má­ti­ca pro­ta­go­nis­ta, tan­to en su crea­ción artís­ti­ca como en las dra­má­ti­cas esce­nas de los momen­tos más som­bríos y tor­tuo­sos de su vida; Con todo, la mar­ca­da irre­gu­la­ri­dad cro­no­ló­gi­ca con abrup­tos sal­tos tem­po­ra­les que Salle­te emplea en su rela­to, gene­ra una narra­ti­va con­fu­sa que pro­du­ce frus­tra­ción; a ello se agre­ga una direc­ción dema­sia­do cha­ta que moti­va a que su ópe­ra pri­ma dis­te de resul­tar memo­ra­ble. Jor­ge Gutman

Cru­do Dra­ma Realista

BIRD. Gran Bre­ta­ña, Un film escri­to y diri­gi­do por Andrea Arnold. 119 minutos

La ver­sá­til direc­to­ra bri­tá­ni­ca Andrea Arnold des­pués de su logra­do tra­ba­jo en Ame­ri­can Honey (2016) retor­na con Bird, abor­dan­do la his­to­ria de una chi­ca en los umbra­les de la ado­les­cen­cia pro­ve­nien­te de una fami­lia fracturada.

Nyki­ya Adams

La acción trans­cu­rre en Gra­ve­send, un barrio de Kent ubi­ca­do al sudes­te de Lon­dres, don­de Bai­ley (Nyki­ya Adams), una chi­ca de 12 años, habi­ta con su padre Bug (Barry Koeghan) y su her­ma­nas­tro Hun­ter (Jason Edward Buda).

El medio en el que Bai­ley se des­en­vuel­ve dis­ta de ser esti­mu­lan­te. Su padre si bien la quie­re, no sabe cómo edu­car­la; él es un hom­bre inma­du­ro com­ple­ta­men­te tatua­do con ani­ma­les y con una men­ta­li­dad seme­jan­te a la de un ado­les­cen­te, no tie­ne empleo fijo y pró­xi­mo a casar­se con su recien­te novia Kay­leigh (Fran­kie Box).

Bai­ley com­par­te su tiem­po con Hun­ter y sus dos peque­ñas her­ma­nas­tras que viven con su madre Pey­ton (Jas­mi­ne Job­son) quien está uni­da a un abu­si­vo y vio­len­to hom­bre (James Nel­son-Joy­ce). Asi­mis­mo, ella encuen­tra cier­to solaz obser­van­do en la cama de su habi­ta­ción los videos fil­ma­dos con su celu­lar pobla­dos de imá­ge­nes pri­mor­dial­men­te de pája­ros, caba­llos y de gen­te que sale a su encuentro.

El mun­do de des­es­pe­ran­za y frus­tra­ción pare­ce ate­nuar­se cuan­do en una carre­te­ra cono­ce a Bird (Franz Rogows­ki), un extra­ño y mis­te­rio­so indi­vi­duo ves­ti­do con fal­das, con quien enta­bla un víncu­lo espe­cial. Que­da la duda de saber si este per­so­na­je es real o bien for­ma par­te de la ima­gi­na­ción de Bai­ley para salir de su encie­rro mental.

No es la pri­me­ra vez que Arnold con­si­de­ra a ado­les­cen­tes pro­duc­to de fami­lias dis­fun­cio­na­les y en esta opor­tu­ni­dad vuel­ve a rea­li­zar­lo con suti­le­za valién­do­se de legí­ti­mos recur­sos y evi­tan­do caer en un for­za­do sen­ti­men­ta­lis­mo. Si bien el pro­pó­si­to de otor­gar­le a su rela­to un sen­ti­do poé­ti­co entre­mez­clan­do la reali­dad con algu­nas esce­nas de fan­ta­sía no está del todo logra­do, eso no menos­ca­ba la cali­dad del film.

Lo más rele­van­te de Bird  resi­de en su cali­fi­ca­do elen­co. Adams es todo un hallaz­go en su exce­len­te debut pro­fe­sio­nal; ella trans­mi­te aca­ba­da­men­te la vul­ne­ra­bi­li­dad que expe­ri­men­ta su per­so­na­je en su pro­ce­so de cre­ci­mien­to hacia una eta­pa más avan­za­da de su vida,reflejando su pri­me­ra mens­trua­ción y su cri­sis de iden­ti­dad gené­ri­ca. Simi­la­res elo­gios mere­ce la huma­ni­dad des­ple­ga­da por Koeghan como asi­mis­mo la con­vin­cen­te actua­ción de Rogows­ki como el real o ima­gi­na­rio excén­tri­co per­so­na­je imi­tan­do a un pájaro.

En esen­cia, Arnold logra un cru­do dra­ma rea­lis­ta que ade­más de su com­pe­ten­te nivel acto­ral se valo­ri­za por la apre­cia­ble foto­gra­fía de Rob­bie Rya cap­tan­do el pano­ra­ma de Kent. Jor­ge Gutman 

Remar­ca­ble Dra­ma Judicial

JUROR #2. Esta­dos Uni­dos, 2024. Un film de Clint East­wood. 114 minutos

Con sus 94 años a cues­ta, la edad no se hace sen­tir en el vete­rano rea­li­za­dor Clint East­wood según lo que se apre­cia en Juror #2, un remar­ca­ble dra­ma judi­cial imbui­do de con­no­ta­ción moral.

Más de una vez el cine ha con­si­de­ra­do los erro­res pro­du­ci­dos bajo el meca­nis­mo de un sis­te­ma judi­cial. Lo cier­to es que resul­ta difí­cil pre­ci­sar has­ta dón­de un jura­do pue­de actuar de la mane­ra más obje­ti­va posi­ble sin que influ­ya la opi­nión basa­da en otros fac­to­res. Sin duda, esta situa­ción la plan­tea con gran rigu­ro­si­dad el rea­li­za­dor quien basa­do en el mag­ní­fi­co guión de Jonathan Abrahms, rela­ta una his­to­ria de fic­ción aun­que deci­di­da­men­te realista.

Nicho­las Hoult

El rela­to está ambien­ta­do en el esta­do de Geor­gia, se cen­tra en Jus­tin Kemp (Nicho­las Hoult), un hones­to hom­bre casa­do cuya mujer Ally (Zoey Deu­tch) está en avan­za­do esta­do de gra­vi­dez. Él ha sido ele­gi­do como uno de los miem­bros de un jura­do inte­gra­do por 11 per­so­nas que deben dic­ta­mi­na sobre la ino­cen­cia o cul­pa­bi­li­dad de James Sythe (Gabriel Bas­so); se tra­ta de ‚un vio­len­to hom­bre a quien se le acu­sa de haber ase­si­na­do a su ena­mo­ra­da Ken­dall Car­ter (Fran­ces­ca East­wood), des­pués de una riña acae­ci­da en un bar local en el trans­cur­so de una noche lluviosa.

Es impor­tan­te remar­car que a fin de resal­tar la obje­ti­vi­dad del jura­do cada uno de los inte­gran­tes jura no haber teni­do rela­ción algu­na con el incul­pa­do ni con la víctima.

En el estra­do judi­cial tan­to la agre­si­va abo­ga­da fis­cal Faith Kille­brew (Toni Collet­te) como la defen­sa asu­mi­da por el abo­ga­do Eric Res­nik (Chris Mes­si­na) expo­nen sus con­tra­pues­tos pun­tos de vis­ta. Al pres­tar aten­ción ar los ale­ga­tos que se van expo­nien­do en el jui­cio, Jus­tin es pre­sa de un esta­do emo­cio­nal fren­te a un gran dile­ma moral que debe enfren­tar. Es así que cuan­do lle­ga el momen­to en que el jura­do comien­za el pro­ce­so de deli­be­ra­ción a él le ata­ñe una gran res­pon­sa­bi­li­dad al tener que emi­tir su voto.

Sería inapro­pia­do reve­lar las alter­na­ti­vas que se plan­tean de las dis­cu­sio­nes del jura­do como asi­mis­mo el vere­dic­to al que lle­ga­rán sus inte­gran­tes. Con todo lo que más tras­cien­de en el film es com­pro­bar cómo la cie­ga jus­ti­cia pue­de ser mani­pu­la­da des­vir­tuan­do la ver­dad, cuan­do entran a jugar el sen­ti­mien­to de cul­pa como lo que apre­mia a Jus­tin al tra­tar de pre­ser­var a su familia.

East­wood nue­va­men­te rati­fi­ca su talen­to de excep­cio­nal narra­dor expo­nien­do los con­flic­tos mora­les y éti­cos que deri­van de esta his­to­ria, muy bien trans­mi­ti­dos por la enco­mia­ble inter­pre­ta­ción de Nicho­las Hoult. En esen­cia, el rea­li­za­dor ofre­ce un con­mo­ve­dor thri­ller nutri­do de un pujan­te sus­pen­so que se man­tie­ne has­ta el minu­to final; en tal sen­ti­do la últi­ma esce­na per­mi­te que el invi­si­ble espec­ta­dor se cons­ti­tu­ya como un miem­bro adi­cio­nal del jura­do emi­tien­do su opi­nión. En suma es desea­ble que el pre­sen­te no sea el últi­mo tra­ba­jo del emi­nen­te rea­li­za­dor. Jor­ge Gutman

Impac­tan­te Dra­ma Familiar

WHO DO I BELONG TO. Túnez-Fran­cia-Cana­dá, 2024. Un film escri­to y diri­gi­do por Mer­yam Joo­beur. 118 minutos

Des­pués de haber rea­li­za­do varios apre­cia­bles cor­to­me­tra­jes, la tune­ci­na-cana­dien­se Mer­yam Joo­beur debu­ta en el lar­go metra­je con un per­tur­ba­dor dra­ma fami­liar en Who do I Belong to.

Salha Nas­raoui

Basa­do en su pre­mia­do cor­to metra­je Brotherhood (2018) aun­que con una pers­pec­ti­va dife­ren­te, Joo­beur ambien­ta la acción en una aldea al nor­te de Túnez don­de vive el matri­mo­nio de agri­cul­to­res inte­gra­do por Brahim (Moha­med Has­si­ne Gra­yaa) y Aïcha (Salha Nas­raoui), con sus dos hijos adul­tos Meh­di (Malek Mecher­gui), Ami­ne (Cha­ker Mecher­gui) y el menor Adam (Rayen Mecher­gui) de 8 años.

La ruti­na­ria vida de la fami­lia se alte­ra cuan­do Meh­di y Ami­ne dejan el hogar para unir­se al gru­po terro­ris­ta Isis en Siria. Eso no es algo inusual dado que des­pués de la revo­lu­ción de Túnez de 2011, se esti­ma que apro­xi­ma­da­men­te 5000 hom­bres del país se han inte­gra­do a orga­ni­za­cio­nes extremistas.

La par­ti­da de sus hijos cau­sa inmen­sa preo­cu­pa­ción en la abne­ga­da Aïcha en tan­to que su mari­do la cul­pa por la edu­ca­ción que les brin­dó. Entre­tan­to la mujer tra­ta de ocul­tar a Adam de la hui­da de sus her­ma­nos hacién­do­le saber que emi­gra­ron a Ita­lia. Des­pués de varios meses sin tener noti­cias de ellos, ines­pe­ra­da­men­te Meh­di regre­sa a la gran­ja con Reem (Dea Lia­ne), una enig­má­ti­ca joven que se encuen­tra grá­vi­da y por­ta un niqab que le cubre el ros­tro; en tan­to que Ami­ne sigue ausen­te pre­su­mien­do que posi­ble­men­te haya muer­to en la guerra.

La extra­ña per­so­na­li­dad de Reem que moti­va a que Aïcha ten­ga que acep­tar­la en el núcleo fami­liar así como Meh­di aca­rrean­do un sín­dro­me post trau­má­ti­co y ocul­tán­do­se para que los veci­nos de la aldea no sepan de su retorno, va crean­do un cli­ma de laten­te vio­len­cia sin que la mis­ma se vis­lum­bre en imá­ge­nes. Gra­dual­men­te el rela­to se impreg­na de ele­men­tos surrea­lis­tas y sim­bo­lis­mos que resal­tan los efec­tos sub­ya­cen­tes de la guerra.

Con una meticu­losa pues­ta en esce­na, la cáma­ra de la rea­li­za­do­ra asis­ti­da por la esme­ra­da foto­gra­fía de Vin­cent Gon­ne­vi­lle va cap­tan­do en pri­me­ros pla­nos los ros­tros de sus prin­ci­pa­les per­so­na­jes expre­san­do las dife­ren­tes emo­cio­nes que les embar­ga, como asi­mis­mo refle­ja el ambien­te claus­tro­fó­bi­co en que se desa­rro­lla gran par­te del rela­to; eso se com­ple­men­ta con las tomas cap­ta­das de los bellos pai­sa­jes de la zona cam­pes­tre cer­ca­nos al mar.

Den­tro de un elen­co en el que la actua­ción natu­ral de sus inte­gran­tes adquie­re ple­na auten­ti­ci­dad, resal­ta la pre­sen­cia de Nas­raoui quien con­vin­cen­te­men­te trans­mi­te el dolor y sufri­mien­to de una madre entra­ña­ble que se des­vi­ve por sus hijos y que se vuel­ve vul­ne­ra­ble por la incer­ti­dum­bre que ace­cha a su familia.

Que­da como resul­ta­do un impac­tan­te dra­ma que aun­que no alcan­ce el nivel de per­fec­ción, es de todos modos meri­to­rio; en el mis­mo se reve­la la madu­rez de la novel rea­li­za­do­ra resal­tan­do las con­se­cuen­cias cola­te­ra­les de una fami­lia por la san­grien­ta vio­len­cia des­ata­da por el extre­mis­ta gru­po radi­cal Esta­do Islá­mi­co. Es impor­tan­te con­sig­nar que según lo mani­fes­ta­do por la direc­to­ra lo que se apre­cia en el film es un refle­jo del radi­ca­lis­mo impe­ran­te en Túnez y que impe­ra en otras regio­nes del mundo.
Jor­ge Gutman

Pro­cu­ran­do la Exculpación

ABSO­LU­TION. Esta­dos Uni­dos, 2024. Un film de Hans Pet­ter Moland. 112 minutos

Nave­gan­do entre un estu­dio carac­te­ro­ló­gi­co y un film de acción, el direc­tor norue­go Hans Pet­ter Moland pre­sen­ta en Abso­lu­tion al vete­rano actor Liam Nee­son en un rol un tan­to dife­ren­te de lo que acos­tum­bró a carac­te­ri­zar en las últi­mas décadas.

Liam Nee­son

El guión de Tony Gay­ton pre­sen­ta a Thug (Nee­son), un hom­bre de edad madu­ra resi­dien­do en un vecin­da­rio de Bos­ton, que se desem­pe­ñó en el pasa­do como boxea­dor y como lo hizo duran­te tres déca­das sigue cola­bo­ran­do con el gángs­ter Char­lie Con­ner (Ron Perl­man) y su hijo Kile (Daniel Die­mer) rea­li­zan­do tra­ba­jos delictivos.

Habien­do comen­za­do a expe­ri­men­tar pro­ble­mas men­ta­les, ade­más de estar per­cu­di­do por el alcoho­lis­mo, el médi­co que lo aus­cul­ta le diag­nos­ti­ca ence­fa­lo­pa­tía, un tras­torno cere­bral cau­sa­do por lesio­nes reite­ra­das en la cabe­za que pre­ci­sa­men­te él reci­bió duran­te su acti­vi­dad boxís­ti­ca. Lo más dra­má­ti­co es que el pro­nós­ti­co de su irre­ver­si­ble afec­ción es el empeo­ra­mien­to de su situa­ción en los pró­xi­mos dos años lo que hará impo­si­ble de mane­jar­se por sí solo.

Tras un inten­to de sui­ci­dio, cam­bia de pare­cer y deci­de repa­rar erro­res del pasa­do a fin de lograr su abso­lu­ción, tal como lo anti­ci­pa el títu­lo del film. En con­se­cuen­cia tra­ta de res­ta­ble­cer con­tac­to con su dis­tan­cia­da hija Daisy (Fran­kie Shaw), madre mono­pa­ren­tal del pre­ado­les­cen­te Dre (Terren­ce Pulliam), el nie­to que has­ta el pre­sen­te no había cono­ci­do. En prin­ci­pio Daisy rehú­sa saber de su padre por haber­la aban­do­na­do al igual que a su her­mano Colin ya falle­ci­do por una sobre­do­sis de heroí­na. Sin embar­go la bue­na comu­ni­ca­ción que man­tie­ne con Dre hará que Daisy ter­mi­ne acep­tan­do a su pro­ge­ni­tor; asi­mis­mo, Thug bus­ca­rá la mane­ra de ayu­dar a su hija en la difí­cil situa­ción que atra­vie­sa dado que pron­to será des­alo­ja­da de su vivien­da por­que no pue­de afron­tar el pago del arriendo.

En la cone­xión con Daisy y su nie­to así como median­te la rela­ción sen­ti­men­tal con una joven lla­ma­da Mujer (Yolan­da Ross), Thug encuen­tra un alien­to en lo que aún le res­ta vivir. Sin embar­go habrá fac­to­res que lo sumer­gi­rán en accio­nes vio­len­tas, que con­du­cen al rela­to hacia un pre­vi­si­ble desenlace.

Cier­ta­men­te, la his­to­ria narra­da por el rea­li­za­dor no es nove­do­sa y su tra­ta­mien­to es un tan­to des­igual. Así, el rit­mo del film se ale­tar­ga con esce­nas que podrían haber­se pres­cin­di­do, como la que Thug reme­mo­ra el víncu­lo man­te­ni­do con su abu­si­vo padre. Aun­que la direc­ción de Moland es correc­ta, sin embar­go su rela­to no lle­ga a infun­dir la nece­sa­ria emo­ción que per­mi­ta sen­si­bi­li­zar al espec­ta­dor. Lo más des­ta­ca­ble de Abso­lu­tion es la mag­ní­fi­ca actua­ción de Nee­son trans­mi­tien­do la toma de con­cien­cia de un deso­la­do indi­vi­duo que cons­cien­te de que pron­to per­de­rá por com­ple­to su esta­bi­li­dad men­tal bus­ca su reden­ción tra­tan­do de dejar atrás su cues­tio­na­ble pasa­do. Jor­ge Gutman

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