Remar­ca­ble Psicodrama

MIROIRS No. 3. Ale­ma­nia, 2025. Un film escri­to y diri­gi­do por Chris­tian Petzold. 85 minutos

Un nota­ble ejem­plo de con­ci­sión se apre­cia en Miroirs No. 3, un remar­ca­ble psi­co­dra­ma de Chris­tian Petzold quien mere­ci­da­men­te es con­si­de­ra­do como uno los más rele­van­tes rea­li­za­do­res del cine inter­na­cio­nal. No obs­tan­te su redu­ci­da dura­ción y con no muchos recur­sos a su dis­po­si­ción, el cineas­ta con­si­gue atra­par la aten­ción del espec­ta­dor a tra­vés de un sin­gu­lar cru­ci­gra­ma fílmico.

Pau­la Beer

La remar­ca­ble actriz Pau­la Beer en su cuar­ta cola­bo­ra­ción con el rea­li­za­dor inter­pre­ta a Lau­ra, una estu­dian­te de piano que en su comien­zo estan­do en Ber­lín y fren­te a un río apa­re­ce tur­ba­da como si pade­cie­ra de una cri­sis men­tal, dan­do la impre­sión de que qui­sie­ra sui­ci­dar­se. De inme­dia­to se la ve acom­pa­ña­da de su novio Jakob (Phi­lip Frois­sant) via­jan­do de vaca­cio­nes en su coche hacia la zona cam­pes­tre en com­pa­ñía de una pare­ja de ami­gos; estan­do com­ple­ta­men­te abs­traí­da, ella repen­ti­na­men­te desea retor­nar a Ber­lín y cuan­do a su pesar Jacob deci­de con­du­cir­la a la esta­ción de tren para su retorno, un acci­den­te en la ser­pen­tean­te ruta pro­du­ce un lamen­ta­ble acci­den­te don­de el hom­bre falle­ce y Lau­ra logra sal­var su vida a pesar de algu­nas heri­das sufridas.

Ella es auxi­lia­da por Betty (Bar­ba­ra Auer), una ama­ble mujer veci­na del lugar con algo inquie­tan­te en su mira­da que la reco­ge en su casa y en don­de Lau­ra pre­fie­re que­dar­se allí antes que asis­tir a un hos­pi­tal. Reci­bien­do la afec­ción de su anfi­trio­na que la tra­ta como si fue­se su hija, se gene­ra entre ambas muje­res un curio­so víncu­lo, al pun­to tal que con el correr de los días y cada vez más repues­ta Lau­ra opta por seguir estan­do en ese hogar. Pron­ta­men­te lle­gan a la casa Richard (Matthias Brandt), el mari­do de Betty, jun­to con su hijo adul­to Max (Enno Trebs) que si bien ven con cier­to rece­lo la pre­sen­cia de la hués­ped final­men­te es acep­ta­da con agra­do en tan­to que ella se ve com­pla­ci­da con su sus­ti­tu­ta familia.

En la inter­re­la­ción que se va esta­ble­cien­do entre estos cua­tro per­so­na­jes irán deve­lán­do­se varios secre­tos don­de emer­gen fan­tas­mas del pasa­do, gene­ran­do una fas­ci­nan­te intri­ga que se man­tie­ne has­ta su impre­vi­si­ble y satis­fac­to­ria­men­te abier­to desenlace.

Resul­ta intere­san­te sub­ra­yar la afi­ni­dad del cineas­ta con la músi­ca clá­si­ca, espe­cial­men­te con la del com­po­si­tor Mau­ri­ce Ravel dado que el títu­lo del film obe­de­ce a una esce­na en don­de Lau­ra inter­pre­ta en el piano el ter­cer movi­mien­to de su Sui­te Miroirs.

En suma, aquí se apre­cia una deli­ca­da, sutil y sen­si­ble pelí­cu­la psi­co­ló­gi­ca en don­de Petzold inte­li­gen­te­men­te refle­ja con ter­nu­ra y con algu­nas esce­nas no exen­tas de humor, cómo actúa la memo­ria revi­vien­do el trau­ma de Lau­ra como asi­mis­mo los expe­ri­men­ta­dos por la fami­lia de Betty.

Ade­más de la exce­len­te pues­ta escé­ni­ca del con­sa­gra­do rea­li­za­dor y su mag­ní­fi­ca direc­ción del elen­co con­vo­ca­do, cabe resal­tar la mara­vi­llo­sa inter­pre­ta­ción de Pau­la Beer trans­mi­tien­do las viven­cias emo­cio­na­les que atra­vie­sa su frá­gil personaje.
Jor­ge Gutman