Des­vaí­da Come­dia Romántica

LA VÉNUS ÉLEC­TRI­QUE. Fran­cia, 2026. Un film de Pie­rre Sal­va­do­ri. 122 minutos

Habien­do sido la pelí­cu­la de inau­gu­ra­ción del fes­ti­val de Can­nes de este año, La Vénus Élec­tri­que del direc­tor Pie­rre Sal­va­do­ri no lle­ga a entu­sias­mar como come­dia román­ti­ca, no obs­tan­te su pro­mi­so­rio comienzo.

Anaïs Demous­tier en LA VÉNUS ÉLECTRIQUE

El guión del direc­tor escri­to jun­to a Ben­ja­min Char­bit y Benoît Graf­fin ambien­ta la acción en 1928, don­de en su ini­cio se obser­va una feria ambu­lan­te en la ciu­dad de París en la que su direc­tor (Gus­ta­ve Ker­vern) pro­mo­cio­na como gran atrac­ción a Suzan­ne (Anaïs Demous­tier), la Venus Elec­tri­fi­ca­da, invi­tan­do al públi­co a besar­la en sus labios y que al hacer­lo reci­be una leve des­car­ga eléctrica.

En una oca­sión lle­ga al inte­rior de la cara­va­na Antoi­ne (Pio Mar­mai), un pin­tor que ha per­di­do ins­pi­ra­ción quien en esta­do de ebrie­dad con­fun­de a Suzan­ne con Clau­dia (Caro­li­ne Gay), la médium resi­den­te, pidién­do­le que ella le per­mi­ta reco­nec­tar­se con su recien­te falle­ci­da espo­sa Irè­ne (Vima­la Pons). A cam­bio de una bue­na suma que le ofre­ce, Suzan­ne adop­ta la iden­ti­dad de Clau­dia y aun­que sin enten­der mucho del asun­to logra hacer­le ver que pue­de hablar con la difun­ta. Entu­sias­ma­do con esa pri­me­ra sesión, Antoi­ne invi­ta a la supues­ta Clau­dia para que pro­si­gan las sesio­nes espi­ri­tis­tas en su hogar.

Cuan­do Suzan­ne lle­ga a cono­cer al gale­ris­ta de arte Armand (Gilles Lellou­che), él com­prue­ba que Antoi­ne se halla revi­ta­li­za­do como pin­tor a tra­vés de la tarea efec­tua­da por la fal­sa médium; por lo tan­to le soli­ci­ta que con­ti­núe rea­li­zan­do esas sesio­nes para que Antoi­ne pue­da seguir imple­men­tan­do obras de arte; a cam­bio el mar­chand le pro­po­ne ofre­cer a Suzan­ne un por­cen­ta­je de las futu­ras ven­tas de los cua­dros rea­li­za­dos por el pintor.

De allí en más la his­to­ria se des­do­bla cuan­do Suzan­ne encuen­tra dia­rios ínti­mos de Irè­ne; a tra­vés de su lec­tu­ra se impo­ne cómo trans­cu­rrió la vida de la pare­ja y de qué mane­ra ella ins­pi­ró el talen­to de Antoi­ne como artis­ta pic­tó­ri­co; así se esta­ble­ce un curio­so víncu­lo entre la lec­to­ra y la difunta .

Aun­que en prin­ci­pio el inte­rés del film resi­de en la impos­tu­ra de Suzan­ne hacia Antoi­ne, la narra­ti­va de Sal­va­do­ri se resien­te en su segun­da mitad; eso es debi­do a que la flui­da natu­ra­li­dad de las accio­nes se quie­bra en la medi­da que las dos tem­po­ra­li­da­des no están bien ensam­bla­das; a eso cabe agre­gar que la dura­ción del film se extien­de más allá de lo necesario.

No obs­tan­te la con­vic­ción de Mar­mai ani­man­do al deso­la­do pin­tor y la ati­na­da carac­te­ri­za­ción de Demous­tier derro­chan­do picar­día en la frau­du­len­ta per­so­na­li­dad de Suzan­ne, la rela­ción román­ti­ca que final­men­te pre­va­le­ce entre ambos per­so­na­jes no lle­ga a sus­ci­tar la emo­ción capaz de impactar.

Si el pro­pó­si­to de Sal­va­to­re ha sido el de ofre­cer una medi­ta­ción sobre el amor com­bi­na­do con la crea­ción artís­ti­ca, lo que aquí se apre­cia es una des­vaí­da come­dia sen­ti­men­tal aun­que agra­cia­da por la bue­na repro­duc­ción de épo­ca y el acer­ta­do dise­ño de pro­duc­ción. Jor­ge Gutman