Muer­tos Parlantes

MIS MUER­TOS TRIS­TES. Argen­ti­na-Chi­le, 2026. Un film de Pablo Larrain. 187 minu­tos. Dis­po­ni­ble en Netflix

El remar­ca­ble direc­tor chi­leno Pablo Larrain, res­pon­sa­ble de nota­bles entre­gas como lo son Tony Mane­ro, No, Neru­da y Jac­kie, entre otras, con­si­de­ra en Mis Muer­tos Tris­tes, una his­to­ria de carác­ter sobre­na­tu­ral basa­da en varios cuen­tos de la pres­ti­gio­sa escri­to­ra argen­ti­na Maria­na Enrí­quez. Su adap­ta­ción ha sido efec­tua­da por el rea­li­za­dor, la auto­ra, Gui­ller­mo Cal­de­rón y Anas­ta­sia Ayasi.

Mer­ce­des Morán

Cier­ta­men­te se tra­ta de un film pecu­liar que estruc­tu­ra­do en cua­tro epi­so­dios pre­pa­ra­dos para la tele­vi­sión requie­re que el espec­ta­dor se sumer­ja en su con­te­ni­do. La acción trans­cu­rre en Bue­nos Aires y cen­tra su aten­ción en Ema (Mer­ce­des Morán), una médi­ca sexa­ge­na­ria que ha sido for­za­da a jubi­lar­se dado que injus­ta­men­te ha sido des­pe­di­da de su pues­to en un hos­pi­tal local; ella habi­ta aho­ra en la casa de su pro­ge­ni­to­ra ubi­ca­da en un edi­fi­cio de mono­blo­ques de la cla­se tra­ba­ja­do­ra del barrio de Villa Lugano. La par­ti­cu­la­ri­dad de Ema resi­de en su apti­tud de ver, escu­char y hablar con los muer­tos; ese hecho la ayu­da a sobre­lle­var la pena cau­sa­da por el recien­te falle­ci­mien­to de su madre Susa­na (Luz Gimé­nez) con quien pue­de dialogar.

Esta mujer que sobre­lle­va un difi­cul­to­so pasa­do tie­ne a su hija Caro (Dolo­res Fon­zi), una fotó­gra­fa con quien man­tie­ne un ten­so víncu­lo; el núcleo fami­liar se com­ple­ta con su her­ma­na Lidia (Ale­jan­dra Flech­ner), su cuña­do Tomas (Car­los Por­ta­lup­pi) y su sobri­na Julie (Caro­li­na Álva­rez) quie­nes viven en Portland, Ore­gón. La ruti­na de Ema se alte­ra con la lle­ga­da a Argen­ti­na de sus fami­lia­res dado que ade­más del falle­ci­mien­to de la matriar­ca, el pro­pó­si­to del matri­mo­nio ha sido el de inter­nar a Julie en un cen­tro hos­pi­ta­la­rio de la capi­tal debi­do a que pade­ce de serios tras­tor­nos psi­co­ló­gi­cos. Cabe pre­ci­sar que esta joven exce­di­da de peso está dota­da como su tía en poder comu­ni­car­se con los muer­tos, ade­más de man­te­ner sexo con fantasmas.

Dejan­do de lado lo extra­ño que aquí se con­tem­pla, el con­flic­to dra­má­ti­co del rela­to acon­te­ce cuan­do Julie habien­do esta­do inter­na­da con­tra su deseo en el cen­tro hos­pi­ta­la­rio, esca­pa del mis­mo y comien­za la inten­sa bús­que­da para ubi­car­la que se extien­de en dema­sía por la impe­ri­cia de la auto­ri­dad poli­cial que se nie­ga a investigar.

La his­to­ria para­le­la­men­te va ilus­tran­do la pre­ca­rie­dad de la zona en la que habi­ta Ema don­de el peli­gro, la vio­len­cia y la impu­ni­dad están a la orden del día; es así como entre otros hechos y mar­ca­da por la sucie­dad del lugar se con­tem­pla la afec­ta­ción de un gran tan­que de agua no pota­ble así como el espan­to que envuel­ve a la gen­te del vecin­da­rio por el bru­tal ase­si­na­to de tres chi­cas, obli­gan­do a los veci­nos a por­tar armas.

Ade­más de ilus­trar el crí­ti­co esta­do social impe­ran­te, la pelí­cu­la enfo­ca a Ema expe­ri­men­tan­do la frac­tu­ra­ción de su fami­lia, don­de al víncu­lo de amor-odio con Caro se agre­ga la difí­cil rela­ción con su her­ma­na; es así, que su gran con­sue­lo radi­ca en su apti­tud de hablar con los muer­tos con quie­nes satis­fa­cien­do sus recla­mos de no ser olvi­da­dos man­tie­ne una mejor comu­ni­ca­ción que dia­lo­gan­do con los vivos.

Den­tro de un tono maca­bro, lúgu­bre y fan­tas­ma­gó­ri­co, es loa­ble la inten­ción de Larraín de cohe­sio­nar el uni­ver­so sobre­na­tu­ral impre­so por la auto­ra con un cua­dro de rea­lis­mo social; con todo, no obs­tan­te la favo­ra­ble pues­ta escé­ni­ca del cineas­ta, su impre­ci­sa narra­ti­va care­ce de los nece­sa­rios mati­ces para que esta his­to­ria de due­lo y recon­ci­lia­ción con­si­ga impac­tar como debie­ra. De todos modos, su visión es reco­men­da­ble aten­dien­do fun­da­men­tal­men­te a su impe­ca­ble elen­co; en el mis­mo resal­ta la admi­ra­ble com­po­si­ción que la exce­len­te Mer­ce­des Morán rea­li­za de su per­so­na­je, acom­pa­ña­da con total con­vic­ción por otras dos gran­des intér­pre­tes del cine argen­tino como lo son Dolo­res Pon­zi y Ale­jan­dra Flech­ner. Jor­ge Gutman