La Madre Patria

FATHER­LAND. Polo­nia-Ale­ma­nia-Ita­lia-Fran­cia, 2026. Un film de Pawel Paw­li­kows­ki. 82 minutos

El rea­li­za­dor pola­co Pawel Paw­li­kows­ki, autor de dos memo­ra­bles fil­mes como lo son Ida (2013) y Cold War (2018), retor­na con Father­land, un pon­de­ra­ble dra­ma de épo­ca enfo­can­do al famo­so escri­tor ale­mán Tho­mas Mann que en 1929 fue galar­do­na­do con el Pre­mio Nóbel de Literatura.

El guión del cineas­ta escri­to con Henk Hand­loeg­ten no con­si­de­ra la bio­gra­fía del autor de La Mon­ta­ña Mági­ca y Muer­te en Vene­cia, sino en cam­bio cen­tra su aten­ción en un deci­si­vo momen­to de su vida.

San­dra Hüller y Hanns Zis­chler en FATHERLAND

La acción trans­cu­rre en 1949 en la Ale­ma­nia de pos­gue­rra aún en rui­nas en don­de Mann (Hanns Zis­chler), acom­pa­ña­do de su hija Eri­ka (San­dra Hüller) tam­bién escri­to­ra, retor­na por pri­me­ra vez a su terru­ño des­pués de haber­se exi­lia­do en 1933 en Esta­dos Uni­dos con moti­vo del adve­ni­mien­to del nazis­mo, don­de obtu­vo la ciu­da­da­nía ame­ri­ca­na. La oca­sión se pres­ta para que en su arri­bo a Frank­furt (per­te­ne­cien­te a Ale­ma­nia Occi­den­tal) sea obje­to de una gran recep­ción por sus admi­ra­do­res y perio­dis­tas don­de algu­nos de ellos lo cri­ti­can por haber aban­do­na­do el país; sien­do pro­te­gi­do por los ser­vi­cios de segu­ri­dad de Esta­dos Uni­dos, Mann se diri­ge al recin­to don­de es galar­do­na­do con el pres­ti­gio­so pre­mio Goethe.

Los hono­res al gran escri­tor pro­si­guen en la visi­ta que padre e hija rea­li­zan a Wei­mar (Ale­ma­nia Orien­tal) don­de Mann es nue­va­men­te dis­tin­gui­do y ade­más de pro­nun­ciar con­fe­ren­cias sobre el gran filó­so­fo Goethe, visi­ta su tum­ba rin­dién­do­le reve­ren­cia en oca­sión del bicen­te­na­rio de su naci­mien­to. Con todo, Eri­ka no pue­de evi­tar su males­tar al com­pro­bar que en los tri­bu­tos que su padre reci­be estén pre­sen­te fas­cis­tas y nazis que cruel­men­te par­ti­ci­pa­ron en la trá­gi­ca gue­rra que aso­ló a Europa.

El cineas­ta per­mi­te que su rela­to efec­túe una refle­xión de lo que sig­ni­fi­ca el exi­lio para Mann y la difi­cul­tad de poder rela­cio­nar­se nue­va­men­te con la madre patria en la medi­da que se encuen­tra divi­di­da por dos ideo­lo­gías drás­ti­ca­men­te opues­tas. Asi­mis­mo el film abor­da la difi­cul­tad del autor de no haber esta­ble­ci­do un víncu­lo fami­liar más estre­cho con su fami­lia, al reci­bir la tris­te noti­cia de que su hijo Klaus (August Diehl), igual­men­te escri­tor y que guar­da­ba un fuer­te resen­ti­mien­to hacia su padre de quien no reci­bió mayor afec­to, resi­dien­do en Can­nes se ha suicidado.

A tra­vés de una aus­te­ra y efec­ti­va pues­ta escé­ni­ca, Paw­li­kows­ki logra que su narra­ción refle­je la emo­ción que bulle inte­rior­men­te en sus dos pro­ta­go­nis­tas. Zis­chler resal­ta acer­ta­da­men­te al admi­ra­do escri­tor que tra­ta de recon­ci­liar­se con el pasa­do y al pro­pio tiem­po su difi­cul­tad de reini­ciar una nue­va vida en Ale­ma­nia; por su par­te Hüller con­si­gue el máxi­mo par­ti­do de su per­so­na­je expre­san­do los sen­ti­mien­tos de una hija que median­te ges­tos con­te­ni­dos rece­la la auto­ri­dad de su padre a quien atri­bu­ye el haber sido el cau­san­te de la muer­te de su her­mano al no haber reci­bi­do el cari­ño pater­nal; en todo caso, eso no impi­de que ella esté siem­pre a su lado para aten­der­le y ser­vir­le en todo aque­llo que él requie­re. Así, una anto­ló­gi­ca esce­na acon­te­ce cuan­do ambos per­so­na­jes asis­tien­do a un vie­jo san­tua­rio se hallan en un esta­do de inten­sa emo­ción escu­chan­do una pie­za de Bach eje­cu­ta­da por un organista.

Com­ple­tan­do los valo­res del film, el cineas­ta obtie­ne cau­ti­van­tes imá­ge­nes con la cola­bo­ra­ción de la exce­len­te foto­gra­fía en blan­co y negro de Lukasz Zai refle­jan­do una Ale­ma­nia des­trui­da por la gue­rra en pro­ce­so de reconstrucción.

Paw­li­kows­ki ha logra­do un film exce­len­te que fue dis­tin­gui­do con el Pre­mio a la Mejor Direc­ción (ex aequo) en el últi­mo Fes­ti­val de Can­nes. Jor­ge Gutman