Con­mo­ve­dor Drama

AU NOM DE LA TERRE / IN THE NAME OF THE LAND. Fran­cia, 2019. Un film de Edward Ber­geon. 103 minutos

A mane­ra de saga fami­liar el rea­li­za­dor Edward Ber­geon abor­da una pal­pi­tan­te a la vez que tris­te his­to­ria don­de hones­tas per­so­nas que se dedi­can con toda su ener­gía a tra­ba­jar dig­na­men­te pue­den ver sus vidas des­trui­das. En tal sen­ti­do cabe des­ta­car la remar­ca­ble madu­rez del direc­tor en su pri­mer film de fic­ción al haber logra­do un con­mo­ve­dor dra­ma en el que vuel­ca su expe­rien­cia de haber cre­ci­do en un ambien­te rural don­de su padre ha sido agricultor.

Gui­llau­me Canet

El rela­to basa­do en el guión del novel cineas­ta escri­to con Bruno Ulmer y Emma­nuel Cour­co, enfo­ca a Pie­rre Jar­jeau (Gui­llau­me Canet) quien des­de Wyo­ming retor­na a Fran­cia para casar­se con su ama­da Clai­re (Veer­le Bae­tens) y tomar a su car­go el mane­jo de la explo­ta­ción de la gran­ja de su fami­lia. Para ello y valién­do­se de un prés­ta­mo ban­ca­rio com­pra el pre­dio agrí­co­la a su padre (Jac­ques Rufus), quien no está con­ven­ci­do de que Pie­rre pue­da mane­jar la empre­sa exitosamente

En una pri­me­ra eta­pa la suer­te pare­ce son­reír al joven pai­sano. Así, su inme­jo­ra­ble rela­ción matri­mo­nial con una com­pa­ñe­ra que le brin­da su pro­fun­do amor y amis­tad más la lle­ga­da de dos hijos con­tri­bu­yen a que Pie­rre se con­si­de­re un hom­bre rea­li­za­do. En el aspec­to pro­fe­sio­nal no tie­ne moti­vos para alar­mar­se; así, la explo­ta­ción del pre­dio mar­cha sobre rie­les con la cola­bo­ra­ción de su espo­sa en la par­te con­ta­ble, la ayu­da de su hijo Tho­mas (Anthony Bajon) en sus ratos libres y la asis­ten­cia de un fiel emplea­do (Samir Gues­mi), per­mi­tien­do a la fami­lia vivir decentemente.

Sin embar­go Pie­rre verá su idí­li­ca exis­ten­cia tras­to­ca­da a tra­vés de los años; eso es debi­do por haber aumen­ta­do su nivel endeu­da­mien­to para ampliar el nego­cio uni­do al hecho de que el tra­di­cio­nal méto­do de explo­ta­ción de la tie­rra y la crian­za de pollos han esta­do suje­tos a cam­bios tec­no­ló­gi­cos al que no ha podi­do o sabi­do adaptarse.

El apre­cia­ble guión ilus­tra el via cru­cis de este hom­bre fren­te a la inca­pa­ci­dad de sal­dar sus deu­das y com­pro­bar cómo su duro tra­ba­jo de sol a sol ya no resul­ta pro­duc­ti­vo arro­jan­do con­si­de­ra­bles pér­di­das. A la mar­ca­da depre­sión que lo aco­sa se une la des­gra­cia de un incen­dio don­de todo que­da redu­ci­do a escombros.

La sobria y puli­da pues­ta escé­ni­ca de Ber­geon per­mi­te que la tra­ma adquie­ra un deli­ca­do equi­li­brio entre la vida fami­liar y el exi­gen­te tra­ba­jo que deman­da la labor del gran­je­ro. En tal sen­ti­do, el dete­rio­ro moral de Pie­rre al ver cómo la pasión vol­ca­da a su tra­ba­jo ha ido soca­van­do la uni­dad fami­liar cun­de hon­da­men­te en el áni­mo del espectador.

La inter­pre­ta­ción es otro de los ele­men­tos enri­que­ce­do­res del film. Canet en el mejor papel de su carre­ra de actor trans­mi­te ple­na­men­te el des­cen­so a los infier­nos del per­so­na­je pro­ta­gó­ni­co en medio de un mun­do rural olvi­da­do. Bae­tens cau­ti­va demos­tran­do la for­ta­le­za y empe­ño de una mujer dis­pues­ta a apo­yar a su mari­do en los momen­tos más difí­ci­les y al pro­pio tiem­po adop­tar la for­ta­le­za nece­sa­ria para sos­te­ner a la fami­lia; igual­men­te des­ta­ca­ble es la pres­ta­ción de Bajon como el hijo que aun­que tra­ta de com­pla­cer a su padre no desea con­ti­nuar la tra­di­ción familiar.

En los fac­to­res téc­ni­cos de pro­duc­ción la foto­gra­fía de Eric Dumont cap­ta los bellos pai­sa­jes en que trans­cu­rre la acción en tan­to que la ban­da sono­ra de Tho­mas Dap­pe­lo es fun­cio­nal al desa­rro­llo del relato.

A pesar de su estre­me­ce­dor des­en­la­ce dejan­do un peno­so sin­sa­bor, Ber­geon ofre­ce un remar­ca­ble dra­ma humano que des­ti­lan­do abso­lu­ta auten­ti­ci­dad per­mi­te que el públi­co se invo­lu­cre ple­na­men­te en el mis­mo. Jor­ge Gutman

Una Psi­co­ana­lis­ta en Túnez

UN DIVAN À TUNIS / ARAB BLUES. Fran­cia-Túnez, 2019. Un film escri­to y diri­gi­do por Manè­le Labi­di. 88 minutos

Inda­gan­do sobre algu­nas de las moda­li­da­des adop­ta­das por Túnez con moti­vo de los cam­bios que se pro­du­je­ron duran­te el perío­do de la “Pri­ma­ve­ra Ára­be”, la direc­to­ra fran­co-tune­ci­na Manè­le Labi­di ofre­ce una livia­na come­dia cos­tum­bris­ta que trans­cu­rre en la capi­tal de Túnez.

Golshif­teh Farahani

A tra­vés del guión de la rea­li­za­do­ra se siguen las peri­pe­cias de Sel­ma (Golshif­teh Faraha­ni) una inte­li­gen­te psi­co­ana­lis­ta que en 2012 retor­na de Fran­cia don­de esta­ba resi­dien­do des­de los 10 años de edad para afin­car­se en su ciu­dad natal y prac­ti­car su profesión.

A pesar de dejar entre­ver algu­nos aspec­tos de una socie­dad machis­ta y la influen­cia ejer­ci­da por radi­ca­les reli­gio­sos islá­mi­cos, el rela­to nun­ca adquie­re un cariz dra­má­ti­co; por el con­ta­rio, Labi­di ha pre­fe­ri­do adop­tar un tono liviano ilus­tran­do las peri­pe­cias que atra­vie­sa esta mujer en un medio cul­tu­ral dife­ren­te al que trans­cu­rrió gran par­te de su vida.

Resi­dien­do con sus tíos, su ado­les­cen­te pri­ma Olfa (Aïcha Ben Miled) le pre­gun­ta por­qué regre­só de París cuan­do por el con­tra­rio ella lo que más anhe­la es vivir en la bella capi­tal de Fran­cia; la razón es que Sel­ma desea brin­dar apo­yo psi­co­ló­gi­co a su gen­te como con­se­cuen­cia de los drás­ti­cos cam­bios polí­ti­cos que afec­tan al país.

De mane­ra risue­ña el rela­to expo­ne las vici­si­tu­des de Sel­ma esta­ble­cien­do una espe­cie de pro­to­co­lo sobre la mane­ra en que se rea­li­za­rán las con­sul­tas, la reser­va pre­via de las mis­mas y el estric­to hora­rio que se debe res­pe­tar; den­tro de la varie­dad de casos que atien­de, sus pacien­tes se sor­pren­den cuan­do la tera­pia requie­re que deban acos­tar­se en el diván del con­sul­to­rio, situa­ción que se pres­ta a gra­cio­sos equívocos.

El nudo con­flic­ti­vo del rela­to se pro­du­ce cuan­do Naïm (Majd Mas­tou­ra), el poli­cía local, a pesar de sen­tir­se atraí­do por Sel­ma, le comu­ni­ca que no pue­de con­ti­nuar su prác­ti­ca sin poseer el per­mi­so per­ti­nen­te. Este incon­ve­nien­te sir­ve como excu­sa para ilus­trar todas las com­pli­ca­cio­nes buro­crá­ti­cas que la psi­co­ana­lis­ta debe atra­ve­sar a fin de obte­ner la licen­cia profesional.

Un Divan à Tunis se apo­ya en las inter­ac­cio­nes que Sel­ma man­tie­ne con sus pin­to­res­cos pacien­tes así como en la bue­na ilus­tra­ción que efec­túa Labi­di de las tra­di­cio­nes reli­gio­sas del país que en su imple­men­ta­ción se tra­du­cen en com­por­ta­mien­tos disí­mi­les. De todos modos lo que más tras­cien­de es la muy bue­na carac­te­ri­za­ción que Faraha­ni logra de su per­so­na­je en el mar­co de esta come­dia satí­ri­ca que a pesar de cier­tos este­reo­ti­pos con­si­gue entre­te­ner gra­ta­men­te a la audien­cia. Jor­ge Gutman

Por un Mun­do Más Sano

2040. Aus­tra­lia, 2019. Un docu­men­tal escri­to y diri­gi­do por Damon Gameau. 92 minutos

Varias veces el cine ha abor­da­do el pro­ble­ma de la cri­sis cli­má­ti­ca que afec­ta al mun­do, como por ejem­plo lo ha sido el mag­ní­fi­co docu­men­tal An Incon­ve­nient Truth (2005) de David Gug­genheim don­de el ex vice­pre­si­den­te Al Gore advier­te sobre el peli­gro en que la huma­ni­dad se halla por el peli­gro­so reca­len­ta­mien­to terres­tre. Aho­ra es el turno del docu­men­ta­lis­ta aus­tra­liano Damon Gameau quien aden­trán­do­se en el tema pro­po­ne algu­nas solu­cio­nes al pro­ble­ma para que las gene­ra­cio­nes futu­ras habi­ten en un mun­do más auspicioso.

Damon Gameau

En un rela­to ágil y ameno median­te una narra­ti­va basa­da en par­te en efec­ti­vas téc­ni­cas de ani­ma­ción, Gameau se ubi­ca en dos momen­tos del tiem­po, el actual y en 2040. Así basán­do­se en las tec­no­lo­gías ya exis­ten­tes tra­ta de ima­gi­nar cómo en 20 años tan­to su hiji­ta de 4 años como los niños de su gene­ra­ción les será posi­ble vivir en un medio ambien­te don­de ya no exis­tan las dañi­nas emi­sio­nes de car­bono que afec­tan a la atmós­fe­ra. Es así que efec­túa un via­je a tra­vés de varios paí­ses inclu­yen­do el suyo, Esta­dos Uni­dos, Gran Bre­ta­ña, Sue­cia, Ban­gla­desh y Sin­ga­pur tes­ti­mo­nian­do cuá­les son las medi­das que cier­tos sec­to­res pro­duc­ti­vos están adop­tan­do para reme­diar el problema.

En todo el peri­plo, el direc­tor se valió de la expli­ca­ción sumi­nis­tra­da por varias per­so­nas invo­lu­cra­das en el tema; entre ellas se encuen­tran las opi­nio­nes ver­ti­das por Gene­viè­ve Bell (antro­pó­lo­ga), Neel Tamha­ne (espe­cia­lis­ta en ener­gía reno­va­ble), Kate Raworth (eco­no­mis­ta) John Peter­son (pro­fe­sor de estu­dios ambien­ta­les), Paul Haw­ken (ambien­ta­lis­ta), Tony Seba (autor y con­fe­ren­cis­ta) Fra­ser y Lean­ne Pogue (gran­je­ros), Hele­na Nor­berg-Hod­ge (acti­vis­ta).

En su visi­ta a una región humil­de de Ban­gla­desh com­prue­ba cómo sus habi­tan­tes sin tener acce­so a la elec­tri­ci­dad han resuel­to el pro­ble­ma obte­nién­do­la a tra­vés de la ener­gía solar median­te la apli­ca­ción de un sis­te­ma de pane­les inter­co­nec­ta­das entre un gru­po de viviendas.

Otros medios apro­pia­dos radi­can en adop­tar cier­tas prác­ti­cas rege­ne­ra­ti­vas de la agri­cul­tu­ra que absor­ben el car­bón atmos­fé­ri­co; así, evi­tan­do la ero­sión del sue­lo se pue­den cul­ti­var ali­men­tos más nutri­ti­vos. El rea­li­za­dor cons­ta­ta cómo la per­ma­cul­tu­ra mari­na en el este de Esta­dos Uni­dos pue­de con­tri­buir a revi­ta­li­zar los océa­nos para eli­mi­nar la polu­ción de las aguas y mejo­rar en con­se­cuen­cia el hábi­tat de la flo­ra y fau­na marina.

Tenien­do en cuen­ta la con­ges­tión del trá­fi­co auto­mo­triz en cier­tas ciu­da­des de Esta­dos Uni­dos, como Nue­va York y Los Ánge­les, Gameau avi­zo­ra la mane­ra en que el pano­ra­ma actual podría modi­fi­car­se con el empleo de vehícu­los eléc­tri­cos sin con­duc­to­res don­de la socie­dad com­par­te los via­jes a tra­vés de pedi­dos, evi­tan­do así tener un auto pro­pio; ade­más de eli­mi­nar los obs­tácu­los de par­queo, esta medi­da con­tri­bui­ría a redu­cir el aire con­ta­mi­na­do por la ema­na­ción de gases tóxi­cos de los medios de trans­por­te ali­men­ta­dos a combustible.

El docu­men­tal igual­men­te inclu­ye el encuen­tro del direc­tor con niños y pre­ado­les­cen­tes de dife­ren­tes luga­res del mun­do para que ellos den su opi­nión y las solu­cio­nes que pro­po­nen para resol­ver el problema.

Demos­tran­do ser un efi­caz comu­ni­ca­dor de ideas, Gameau prue­ba que exis­ten los medios para recom­po­ner las difi­cul­ta­des atmos­fé­ri­cas que se están vivien­do. En tal sen­ti­do, el men­sa­je opti­mis­ta de su docu­men­tal no es mera­men­te utó­pi­co o idea­lis­ta; sola­men­te se nece­si­ta una fir­me deter­mi­na­ción del espec­tro polí­ti­co para imple­men­tar las medi­das nece­sa­rias a fin de que en 2040 la huma­ni­dad pue­da dis­fru­tar mejor de la vida en el pla­ne­ta Tie­rra. Jor­ge Gutman

Amo­res Virtuales

#JESUIS­LÀ. Fran­cia-Bél­gi­ca, 2019. Un film de Éric Lartigau

Des­pués de haber brin­da­do una come­dia cáli­da y emo­ti­va como lo fue La Fami­lle Bélier (2014), el rea­li­za­dor Éric Lar­ti­gau retor­na con otra his­to­ria inten­tan­do cap­tar la sim­pa­tía de la audien­cia con #Jesuis­là; sin embar­go este film no alcan­za el mis­mo impac­to a pesar de sus bue­nas inten­cio­nes debi­do entre otras razo­nes a sus abun­dan­tes cli­sés, a algu­nas situa­cio­nes inve­ro­sí­mi­les y a un ano­dino desenlace.

Doo­na Bae y Alain Chabat

El guión de Tho­mas Bide­gain y Lar­ti­gau pre­sen­ta a Stépha­ne (Alain Cha­bat), un hom­bre de media­na edad, due­ño de un res­tau­ran­te en el País Vas­co fran­cés don­de a la vez se desem­pe­ña como chef de coci­na. Divor­cia­do y padre de dos hijos adul­tos que ya han deja­do el hogar, él dis­fru­ta de la natu­ra­le­za, algu­nos par­ti­dos de pelo­ta con sus ami­gos den­tro de una vida apa­ci­ble aun­que sin mayor exci­ta­ción. Todo cam­bia para Stépha­ne cuan­do a tra­vés de la red social de Ins­ta­gram entra en con­tac­to con Soo (Doo­na Bae), una joven sur­co­rea­na con­si­de­ra­ble­men­te menor que él con quien comien­za a flir­tear median­te un exten­di­do chateo.

Es en esta pri­me­ra mitad del metra­je don­de se pue­de res­ca­tar la par­te huma­na del film a tra­vés de la rela­ción vir­tual enta­bla­da por estos dos per­so­na­jes. Sin embar­go, las expec­ta­ti­vas se dilu­yen a par­tir del momen­to en que Stépha­ne, ansio­so por cono­cer per­so­nal­men­te a Soo, deci­de via­jar a Seúl don­de ella lo esta­rá reci­bien­do en el aero­puer­to de Incheon.

Cuan­do lle­ga­do a des­tino la chi­ca no apa­re­ce, él deci­de aguar­dar­la per­ma­ne­cien­do en el aero­puer­to; eso se tra­du­ce en un plan­tón que se pro­lon­ga por espa­cio de 11 días en don­de Stépha­ne con­ti­nua­men­te le hace lle­gar el men­sa­je #yoes­to­ya­quí, al que alu­de el títu­lo del film. A dife­ren­cia de The Ter­mi­nal (2004) de Ste­ven Spiel­berg que narra la odi­sea de un via­je­ro que al lle­gar al aero­puer­to Ken­nedy de Nue­va York debe per­ma­ne­cer en el mis­mo al ser inva­li­da­do su pasa­por­te, aquí no exis­te razón algu­na que jus­ti­fi­que la lar­ga espe­ra de Stépha­ne. De allí en más se van suce­dien­do algu­nas situa­cio­nes pre­ten­di­da­men­te hila­ran­tes pero de poca efi­ca­cia, como cuan­do, por ejem­plo, Stépha­ne se con­vier­te en un céle­bre per­so­na­je al adqui­rir sus men­sa­jes públi­ca notoriedad.

Lo más impor­tan­te del film resi­de en apre­ciar los com­por­ta­mien­tos de la socie­dad corea­na a tra­vés de la rela­ción que el vara­do hom­bre man­tie­ne con la gen­te que encuen­tra en el aero­puer­to. En todo caso, ras­gos de esa cul­tu­ra se han vis­to en muchas otras pelí­cu­las de ese país y muy espe­cial­men­te en el caso de Para­si­te (2019); con todo, la úni­ca nove­dad resi­de en que Stépha­ne apren­de el sig­ni­fi­ca­do de “nun­chi”, un con­cep­to tra­di­cio­nal coreano que impli­ca la capa­ci­dad de enten­der y cap­tar las emo­cio­nes del pró­ji­mo sin nece­si­dad de expri­mir­las en palabras.

Cha­bat es un actor muy que­ri­do en Fran­cia por la huma­ni­dad que des­plie­ga en cua­les­quie­ra de los per­so­na­jes que le toca carac­te­ri­zar. Aquí nue­va­men­te se desem­pe­ña de mane­ra impe­ca­ble pero su pre­sen­cia no alcan­za a ate­nuar la ruti­na de este film que a la pos­tre no logra con­ci­liar la pre­mi­sa ini­cial del rela­to con la veta román­ti­ca del mis­mo. A todo ello, Lar­ti­gau ale­tar­ga el rit­mo del rela­to por el abu­so en el empleo del telé­fono celu­lar, que sien­do omni­pre­sen­te en todo el metra­je resul­ta extre­ma­da­men­te can­sa­dor. Jor­ge Gutman

Pres­ti­gio­so Bai­la­rín Cubano

YULI. Espa­ña-Gran Bre­ta­ña-Ale­ma­nia, 2018. Un film de Icíar Bollaín. 110 minutos

La direc­to­ra espa­ño­la Icíar Bollaín enfo­ca a Car­los Acos­ta, el remar­ca­ble bai­la­rín cubano, en un film ple­na­men­te emo­ti­vo don­de en gran par­te la reali­dad se con­fun­de con la fic­ción. Si bien la pelí­cu­la está basa­da en la auto­bio­gra­fía de Acos­ta “No Mires Atrás”, lo cier­to es que el exce­len­te guión de Paul Laverty (cola­bo­ra­dor habi­tual de Ken Loach) refle­ja con gran pro­fun­di­dad la per­so­na­li­dad de un ser humano que lle­gó a la cum­bre como artis­ta pero que curio­sa­men­te nun­ca aspi­ró a serlo.

Car­los Acos­ta, que se inter­pre­ta a sí mis­mo, está mon­tan­do en su patria un ballet en el que vuel­ca epi­so­dios de su exis­ten­cia comen­zan­do con su niñez, pro­si­guien­do con su ado­les­cen­cia y pos­te­rior­men­te su triun­fo como bai­la­rín y coreó­gra­fo a tra­vés del mundo.

Car­los Acosta

Naci­do en un hogar inter­ra­cial muy humil­de de La Haba­na, el niño (Edil­son Manuel Olbe­ra Núñez) lo que más desea es jugar al fút­bol con los chi­cos del barrio y bai­lar con ener­gía el break­dan­ce en las calles de la ciu­dad des­per­tan­do la aten­ción de los tran­seún­tes. Sin embar­go su padre Pedro Acos­ta (San­tia­go Alfon­so), un camio­ne­ro cuyos ances­tros eran escla­vos, intu­yen­do que tie­ne dotes apro­pia­das para lle­gar a ser un buen bai­la­rín clá­si­co, lo fuer­za a ini­ciar las cla­ses de ballet en la Escue­la Nacio­nal de Dan­za de Cuba; a pesar de que Yuli ‑nom­bre apo­da­do por su padre- se resis­te a ello, no tie­ne otra opción que obe­de­cer. Así, sin haber­lo ima­gi­na­do, a medi­da que pasan los años comien­za su real afi­ción por la dan­za y el aho­ra ado­les­cen­te mucha­cho (Key­vin Mar­tí­nez) obtie­ne la meda­lla de oro en Lau­san­ne, para pro­se­guir una pro­di­gio­sa carre­ra inter­na­cio­nal en la que lle­ga a ser desig­na­do pri­mer bai­la­rín del English Natio­nal Ballet.

El film per­mi­te varias lec­tu­ras de gran inte­rés. Una de ellas es la que se refie­re a la ambi­va­len­te rela­ción de amor-odio de Yuli hacia su padre; mien­tras que el joven bai­la­rín lo que más desea es ser feliz en per­ma­nen­te con­tac­to con su fami­lia, su volun­tad con­tras­ta con la impo­si­ción de Pedro que a toda cos­ta desea un futu­ro mejor para su hijo que el que Cuba pue­de ofre­cer­le. El otro aspec­to de impor­tan­cia es el tema racial don­de su padre quie­re que él demues­tre al mun­do que como negro es capaz de triun­far en el mun­do de la dan­za, gene­ral­men­te pobla­do de blan­cos. Aun­que evi­den­te­men­te Yuli lle­ga a con­cre­tar las aspi­ra­cio­nes de su auto­ri­ta­rio pro­ge­ni­tor, que­da abier­ta la pre­gun­ta de has­ta qué pun­to un padre tie­ne el dere­cho de gober­nar la vida de un hijo. Así, uno de los momen­tos más impac­tan­tes del rela­to es cuan­do Acos­ta en una esce­na de ballet per­so­ni­fi­ca a su pro­pio padre castigándolo.

En el mar­co del rela­to espe­cial con­si­de­ra­ción mere­ce la des­crip­ción de la direc­to­ra sobre la difí­cil situa­ción eco­nó­mi­ca de la isla don­de gran par­te de su pobla­ción desea emi­grar; pese a ello y no obs­tan­te su éxi­to en Ingla­te­rra, ade­más de osten­tar la ciu­da­da­nía bri­tá­ni­ca, Acos­ta con­si­de­ra que su ver­da­de­ro hogar está en Cuba y allí crear una com­pa­ñía de ballet.

Alter­nan­do la vida pri­va­da de Acos­ta con la pro­fe­sio­nal, el film ofre­ce algu­nos extrac­tos de clá­si­cos ballets que satis­fa­rán a los aman­tes del géne­ro; de inte­rés espe­cial son las imá­ge­nes de archi­vo de 2007 del Royal Ope­ra Hou­se don­de Acos­ta se con­vier­te en el pri­mer bai­la­rín negro inter­pre­tan­do a uno de los aman­tes de Vero­na en Romeo y Julie­ta de Prokofiev.

En esta emo­ti­va his­to­ria en don­de se demues­tra lo difí­cil que resul­ta con­ci­liar la pasión artís­ti­ca con la vida fami­liar, la rea­li­za­do­ra ha logra­do muy bue­nas inter­pre­ta­cio­nes del elen­co don­de entre las mis­mas se des­ta­can la vigo­ro­sa carac­te­ri­za­ción de Alfon­so como el abu­si­vo y a veces bru­tal pro­ge­ni­tor, el niño Olbe­ra Núñez que cau­sa admi­ra­ción con el brío y ener­gía que trans­mi­te al peque­ño Yuli, así como la de Lau­ra De la Uz ani­man­do a una abne­ga­da pro­fe­so­ra que influ­yó en la carre­ra del artista.

La radian­te foto­gra­fía de Alex Cata­lán, la bue­na músi­ca de Alber­to Igle­sias y la mag­ní­fi­ca coreo­gra­fía de María Rovi­ra con­tri­bu­yen a enri­que­cer a este pon­de­ra­ble film de Bollaín. Jor­ge Gutman