Una Tera­péu­ti­ca Travesía

SUR LES CHE­MINS NOIRS / ON THE WAN­DE­RING PATH. Fran­cia, 2023. Un film de Denis Imbert. 95 minutos

Con su ter­cer lar­go­me­tra­je, el direc­tor fran­cés Denis Imbert brin­da en Sur les che­mins noirs la expe­rien­cia vivi­da por el escri­tor y empe­der­ni­do via­je­ro fran­cés Syl­vain Tesson.

En agos­to de 2014 Tes­son se cae de casi 10 metros de altu­ra al haber esca­la­do la facha­da de una casa en Cha­mo­nix-Mont-Blanc. Habien­do sufri­do un gra­ví­si­mo trau­ma­tis­mo cra­neo­en­ce­fá­li­co con múl­ti­ples frac­tu­ras, es hos­pi­ta­li­za­do en Annecy y des­pués de haber esta­do en coma por ocho días des­pier­ta sin haber expe­ri­men­ta­do nin­gu­na secue­la neu­ro­ló­gi­ca. Con­se­cuen­te­men­te, el autor se ins­pi­ra para rela­tar su viven­cia y en el que Imbert evo­ca este dra­ma en la adap­ta­ción del libro rea­li­za­da con la par­ti­ci­pa­ción del autor y del dra­ma­tur­go Diastème.

Jean Dujar­din

En la fic­ción, Jean Dujar­din asu­me el rol de Pie­rre Girard (alter ego de Tes­son) quien físi­ca­men­te dis­mi­nui­do por el gra­ve per­can­ce y hacien­do oídos sor­dos a los con­se­jos de los que lo rodean deci­de empren­der una enor­me tra­ve­sía para atra­ve­sar su nati­va tie­rra des­de Mer­can­tour has­ta Coten­tin, cuya dis­tan­cia de apro­xi­ma­da­men­te 1300 kiló­me­tros cons­ti­tui­rá para él un via­je tera­péu­ti­co al entrar en con­tac­to con la natu­ra­le­za. Asi­mis­mo eso le sir­ve para ir reme­mo­ran­do su agi­ta­do pasa­do, tra­yen­do recuer­dos de su ami­ga Anna (Joséphi­ne Japy), la par­ti­da de su madre (voz de Marie-Chris­ti­ne Barrault) y refle­xio­nar sobre lo que está vivien­do aho­ra, con pos­te­rio­ri­dad al suce­so. En esa tra­ve­sía a tra­vés de deso­la­das tie­rras de la cam­pi­ña fran­ce­sa, en varias sec­cio­nes del iti­ne­ra­rio él esta­rá acom­pa­ña­do por su her­ma­na Céli­ne (Izia Hige­lin), su ami­go Arnaud (Jonathan Zac­cai) y espe­cial­men­te por la gene­ro­si­dad y apo­yo reci­bi­do de su otro ami­go Dylan (Dylan Robert).

Evi­tan­do caer en un rela­to depri­men­te, la his­to­ria vol­ca­da en peque­ños cua­der­nos que nos infor­ma la voz en off de Pie­rre, pro­vee a la audien­cia un buen estu­dio carac­te­ro­ló­gi­co de este per­so­na­je en pro­cu­ra de reden­ción y recu­pe­ra­ción del alma perdida.

Más allá de la exce­len­te dra­ma­ti­za­ción que Dujar­din logra de una per­so­na no del todo agra­da­ble, resul­ta intere­san­te apre­ciar el esme­ra­do tra­ta­mien­to esbo­za­do por Imbert ilus­tran­do cómo un gra­ve even­to pue­de cam­biar la vida de un ser humano.

Dejan­do de lado los pai­sa­jes turís­ti­cos de Fran­cia, esta pelí­cu­la sóli­da­men­te rea­li­za­da por Imbert a su vez se valo­ri­za por la foto­gra­fía de Maga­li Sil­ves­tre de Sacy que cap­tan­do una vas­ta región olvi­da­da del país pro­vee una subli­me belle­za visual.

Cier­ta­men­te tenien­do en cuen­ta el tono deci­di­da­men­te lite­ra­rio éste es el típi­co film intros­pec­ti­vo en el que el públi­co selec­ti­vo sabrá apre­ciar el liris­mo y poe­sía que emer­ge de las pala­bras de Tes­son. Jor­ge Gutman

Adiós a Indiana

INDIA­NA JONES AND THE DIAL OF DES­TINY. Esta­dos Uni­dos, 2023. Un film de James Man­gold. 154 minutos

No hay nada que dure eter­na­men­te y eso lo prue­ba el quin­to y últi­mo capí­tu­lo de la popu­lar saga India­na Jones crea­da por el rea­li­za­dor ame­ri­cano Geor­ge Lucas y con­for­ma­da por varias pelí­cu­las que tuvie­ron como direc­tor al remar­ca­ble Ste­ven Spiel­berg. Es aho­ra que 42 años des­pués de su ini­cio con Rai­ders of the Lost Ark se asis­te a la des­pe­di­da del que­ri­ble arqueó­lo­go y aven­tu­re­ro India­na Jones. Natu­ral­men­te, el emble­má­ti­co per­so­na­je sigue sien­do carac­te­ri­za­do por el nota­ble octo­ge­na­rio actor Harri­son Ford y en tal sen­ti­do esta his­to­ria final es un doble home­na­je hacia India­na como así tam­bién a quien lo ha mag­ní­fi­ca­men­te caracterizado.

Harri­son Ford

En esta secue­la es James Man­gold quien se ocu­pa de diri­gir­la y lo pri­me­ro que se cons­ta­ta es que la impron­ta de Spiel­berg ha des­apa­re­ci­do. Si bien Man­gold es un buen rea­li­za­dor que tie­ne en su haber exi­to­sos títu­los como lo han sido entre otros 3:10 to Yuma (2007), Logan (2017) y Ford V Ferrary (2019), aquí se limi­ta a apli­car los típi­cos ingre­dien­tes de un rela­to de aven­tu­ras pero sin la magia, fres­cu­ra o bri­llo brin­da­do por Spielberg.

The Dial of Des­tiny comien­za con un pró­lo­go de 20 minu­tos de dura­ción que se desa­rro­lla en Ale­ma­nia en 1944 con el Ter­cer Reich a pun­to de des­mo­ro­nar­se; en ese ámbi­to, median­te efec­tos espe­cia­les se apre­cia a nues­tro héroe reju­ve­ne­ci­do lidian­do con Júr­gen Voller (Mads Mik­kel­sen), un nefas­to cien­tí­fi­co nazi. Al haber encon­tra­do par­te de la anti­ci­te­ra, un arte­fac­to que había sido con­ce­bi­do por el mate­má­ti­co y filó­so­fo grie­go Arquí­me­des quien vivió tres siglos antes de la era cris­tia­na; todo indi­ca que ese dial es un engra­na­je pode­ro­so que per­mi­ti­rá con­tro­lar el espa­cio y el tiem­po para quien lo posea, con­vir­tién­do­se por lo tan­to en due­ño del mun­do, sin embar­go en manos de Voller y sus secua­ces, eso resul­ta­ría extre­ma­da­men­te peligroso.

De inme­dia­to el guión del cineas­ta escri­to con Jez But­ter­worth, John-Henry But­ter­worth y David Koepp, tras­la­da la acción a New York en 1969 don­de obser­va­mos a India­na en su hogar, un tan­to can­sa­do y ape­sa­dum­bra­do al tener que acce­der al divor­cio soli­ci­ta­do por su que­ri­da espo­sa Marion (Karen Allen). Dis­pues­to a jubi­lar­se él se apres­ta a dic­tar su últi­ma cla­se de pro­fe­sor uni­ver­si­ta­rio y es en el aula que se reen­cuen­tra con su ahi­ja­da Hele­na, (Phoe­be Waller-Brid­ge), una arqueó­lo­ga a quien no había vis­to por lar­go tiem­po y que es la hija de su difun­to cola­bo­ra­dor arqueó­lo­go Basil Shaw (Toby Jones). El hecho es que esta diná­mi­ca joven lo indu­ce a que le ayu­de a lograr las dos par­tes de la anti­ci­te­ra en don­de tam­bién par­ti­ci­pa­rá su sim­pá­ti­co huér­fano com­pin­che Teddy (Ethann Isi­do­re). Cla­ro está que en esa misión Jones ten­drá que vér­se­la nue­va­men­te con su impla­ca­ble enemi­go Voller quien con nom­bre cam­bia­do es aho­ra un fun­cio­na­rio del gobierno ame­ri­cano tra­ba­jan­do en el pro­gra­ma espa­cial de la Nasa; él tam­bién está suma­men­te intere­sa­do en adue­ñar­se del pode­ro­so dis­po­si­ti­vo y por lo tan­to a par­tir de allí una lucha sin res­pi­ro se gene­ra entre ambos.

Con intré­pi­das esce­nas de acción, en don­de en una de las mis­mas India­na mon­ta­do a caba­llo se sumer­ge en los túne­les del metro sub­te­rrá­neo neo­yor­kino, él jun­to a Hele­na y Teddy via­ja­rán a Casa­blan­ca, Tán­ger, Gre­cia y Sici­lia para loca­li­zar la par­te fal­tan­te del valio­so dial en tan­to que Voller y sus laca­yos esta­rán per­si­guién­do­les a más no poder. Enfren­tan­do des­agra­da­bles insec­tos, algu­nos mons­truos sub­ma­ri­nos y peli­gro­sos via­jes aéreos, la tra­ve­sía de India­na y Helen adqui­ri­rá inusual vértigo.

Glo­bal­men­te con­si­de­ra­do, este film que ado­le­ce de incon­sis­ten­cias del guión se pue­de ver aun­que de modo alguno pue­de com­pa­rar­se a los pri­me­ros 3 capí­tu­los de esta fran­qui­cia. Su exce­si­va dura­ción moti­va a que en cier­tas ins­tan­cias la acción des­ple­ga­da ter­mi­ne fati­gan­do. Hay pocos momen­tos en que el rela­to se vuel­ve más ínti­mo; es así que hay refe­ren­cias a la infan­cia de Hele­na, el dolor expe­ri­men­ta­do por India­na por la muer­te de su hijo en Viet­nam, o bien el enfren­ta­mien­to man­te­ni­do con su padre, pero eso no alcan­za a que el film esca­pe de su razón de ser en don­de en gran par­te pue­de asi­mi­lar­se a los rela­tos de super héroes. Otro aspec­to a remar­car es el uso exce­si­vo de la compu­tación digi­tal para lograr esce­nas des­ca­be­lla­das que de nin­gún modo podrían físi­ca­men­te apli­car­se en la realidad.

Con una direc­ción correc­ta de Man­gold, aun­que sin apor­tar nada nue­vo a lo ya cono­ci­do, y una actua­ción en líneas gene­ra­les sóli­da, sobre todo la de la entu­sias­ta Waller-Brid­ge, la razón que jus­ti­fi­ca este capí­tu­lo final es la pre­se­nia de Ford des­pi­dién­do­se de India­na. El vete­rano actor trans­mi­te muy bien el sen­ti­mien­to que ani­ma a su vejez con su sole­dad, des­con­cier­to y cier­ta ter­nu­ra en su ros­tro echan­do una mira­da nos­tál­gi­ca al brío osten­ta­do por Jones en sus años de com­ple­ta plenitud.
Jor­ge Gutman

Insí­pi­das Viñetas

ASTE­ROID CITY. Esta­dos Uni­dos, 2023. Un film de Wes Ander­son. Elen­co: Jason Sch­war­tz­man, Scar­lett Johans­son, Tom Hanks, Jef­frey Wright, Til­da Swin­ton, Bryan Crans­ton, Edward Nor­ton, Adrien Brody, Liev Schrei­ber, Hope Davis, Stephen Park, Rupert Friend, Maya Haw­ke, Ste­ve Carell, Matt Dillon, Hong Chau, Willem Dafoe, Mar­got Rob­bie, Tony Revo­lo­ri, Jake Ryan y Jeff Gold­blum. 105 minutos

Una vez más se con­fir­ma que si no hay un rela­to cohe­ren­te que per­mi­ta al espec­ta­dor aden­trar­se en la esen­cia de un film, resul­ta muy difí­cil que exce­len­tes fac­to­res de pro­duc­ción pue­dan obviar esa ausen­cia. Eso acon­te­ce cla­ra­men­te en Aste­roid City, en don­de Wes Ander­son rela­ta una absur­da y con­vul­sio­na­da his­to­ria reu­nien­do a un mul­ti­es­te­lar elen­co, don­de la mayor par­te de sus inte­gran­tes apa­re­cen en bre­ví­si­mas escenas.

El guión del rea­li­za­dor com­par­ti­do con Roman Cop­po­la intro­du­ce en el pró­lo­go, den­tro de un mar­co de pan­ta­lla cua­dra­da en blan­co y negro, a un narra­dor (Bryan Crans­ton) que anun­cia al públi­co la pre­sen­ta­ción de una obra tea­tral tele­vi­sa­da escri­ta por un repu­tado autor (Edward Nor­ton). Es así que de inme­dia­to, ya con pan­ta­lla amplia­da y en colo­res, se asis­te a la repre­sen­ta­ción tea­tral que trans­cu­rre en 1955 en la desér­ti­ca ciu­dad ame­ri­ca­na de Aste­roid que cuen­ta con una pobla­ción de 87 habitantes.

Jason Sch­war­tz­man y Tom Hanks

En dicho lugar se encuen­tra un crá­ter gene­ra­do por un meteo­ri­to que cayó tiem­po atrás, cons­ti­tu­yen­do la prin­ci­pal atrac­ción turís­ti­ca para los visi­tan­tes como así tam­bién para los extra­te­rres­tres. Allí arri­ban el fotó­gra­fo Augie (Jason Sch­war­tz­man) con su hijo ado­les­cen­te Woo­drow (Jake Ryan) y sus otras tres niñi­tas; por­tan­do en un cofre las ceni­zas de su espo­sa y anun­cian­do a los suyos que su madre ha falle­ci­do; pron­ta­men­te apa­re­ce­rá jun­to a ellos el sue­gro de Augie (Tom Hanks) que si bien quie­re a sus nie­tos no sien­te sim­pa­tía algu­na por su yerno. Asi­mis­mo allí se hallan Mid­ge (Scar­lett Johans­son), una famo­sa artis­ta de Holly­wood acom­pa­ña­da de su hija Dinah (Gra­ce Edwards), en don­de la actriz sim­pa­ti­za­rá con Augie, al igual que sus res­pec­ti­vos hijos.

En otra viñe­ta arri­ban nume­ro­sas fami­lias con sus super­do­ta­dos hijos adic­tos a la astro­no­mía con el pro­pó­si­to de par­ti­ci­par en un con­cur­so de cien­cias orga­ni­za­do por la auto­ri­dad local y lide­ra­do por una excén­tri­ca mujer (Til­da Swin­ton). La pre­sen­cia de un labo­ra­to­rio guber­na­men­tal que se dedi­ca a rea­li­zar prue­bas ató­mi­cas y en don­de las explo­sio­nes se suce­den con fre­cuen­cia con­fi­gu­ra una nue­va viñe­ta de este ino­cuo relato.

Sin cohe­sión algu­na y com­ple­ta­men­te ausen­te de desa­rro­llo dra­má­ti­co y de emo­ción, Aste­roid City peca por su fal­ta de entre­te­ni­mien­to y, debi­do a su insus­tan­cial guión ape­nas pue­de apre­ciar­se la sol­ven­cia de los pres­ti­gio­sos acto­res y actri­ces que par­ti­ci­pan en el mismo.

Cier­ta­men­te Ander­son es un impor­tan­te rea­li­za­dor que ha ofre­ci­do valio­sos tra­ba­jos como entre otros lo son Rush­mo­re (1998), The Royal Tenen­baums (2001), Moon­ri­se King­dom (2012) y The Grand Buda­pest Hotel (2014), pero aquí está lejos de lograr ese nivel de calidad.

Como resul­ta habi­tual en la fil­mo­gra­fía del cineas­ta los fac­to­res téc­ni­cos son impe­ca­bles que aquí se des­ta­can en el remar­ca­ble dise­ño de pro­duc­ción de Adam Stockhaus­sen y la foto­gra­fía de Robert Yeo­man que visual­men­te des­lum­bran; sin embar­go eso no es sufi­cien­te para ami­no­rar las falen­cias de este pro­yec­to. Jor­ge Gutman

Denun­cian­do la Homofobia

BLUE JEAN. Gran Bre­ta­ña, 2022. Un film escri­to y diri­gi­do por Geor­gia Oakley. 97 minutos

Habien­do rea­li­za­do varios cor­tos, este es el pri­mer lar­go­me­tra­je de la direc­to­ra y guio­nis­ta Geor­gia Oakley quien gra­ta­men­te impre­sio­na abor­dan­do deli­ca­da­men­te el tema de la homofobia. 

La acción se desa­rro­lla en Gran Bre­ta­ña hacia fines de la déca­da del 80 tenien­do como pri­me­ra minis­tra a Mar­ga­ret That­cher. Duran­te su gobierno, la orien­ta­ción sexual dife­ren­te, aun­que sin con­fi­gu­rar un deli­to, es con­si­de­ra­da poco menos que degra­dan­te. Es así que en 1988, el gobierno con­ser­va­dor está en el pro­ce­so de intro­du­cir una legis­la­ción cono­ci­da como Sec­ción 28 que prohí­be la pro­mo­ción de la homo­se­xua­li­dad a fin de pro­te­ger a la infan­cia. Cabe acla­rar que dicha ley se man­tu­vo vigen­te has­ta 2000 en Esco­cia y revo­ca­da en 2003 en el res­to del Rei­no Unido.

Rosy McE­wen

Lo que ante­ce­de cons­ti­tu­ye el telón de fon­do del guión de la rea­li­za­do­ra pre­sen­tan­do a Jean (Rosy McE­wen) una pro­fe­so­ra de gim­na­sia de un liceo en el que entre­na a las chi­cas de un equi­po de balon­ces­to. En su acti­vi­dad esco­lar es una per­so­na tran­qui­la, reca­ta­da que guar­da cier­ta dis­tan­cia con sus cole­gas y alum­nas con quie­nes man­tie­ne una bue­na rela­ción pero cui­dan­do de ocul­tar celo­sa­men­te su ten­den­cia sexual para no per­der su empleo. Vivien­do sola en su depar­ta­men­to, su vida sen­ti­men­tal se nutre con su ami­ga Viv (Kerrie Hayes) quien es más abier­ta con res­pec­to a su iden­ti­dad sexual; con ella sue­le fre­cuen­tar en las horas noc­tur­nas bares gays. Asi­mis­mo Jean no es aje­na a las noti­cias trans­mi­ti­das en los medios de difu­sión res­pec­to del impac­to de la Sec­ción 28 y lo que va obser­van­do en los gra­fi­tis de las pare­des con leyen­das en con­tra del homosexualismo.

La ruti­na esco­lar se alte­ra con la lle­ga­da al cole­gio de Lois (Lucy Halli­day), una nue­va alum­na que al adqui­rir con­cien­cia de su sexua­li­dad les­bia­na es obje­to de bur­la y aco­so de sus com­pa­ñe­ros de aula. En la medi­da que esa chi­ca cons­ti­tu­ye un refle­jo de su pro­pia per­so­na­li­dad, Jean tra­ta de pro­te­ger­la; en ese inten­to su vida que­da­rá tras­to­ca­da a par­tir del momen­to en que Viv rom­pe la rela­ción que man­tu­vo con ella.

Sin nece­si­dad de recu­rrir a cli­sés y con mucha suti­le­za la novel direc­to­ra cap­ta muy bien los varia­dos sen­ti­mien­tos que alber­gan a la angus­tia­da Jean a tra­vés de su doble vida y en el que McE­wen, en su pri­mer rol pro­ta­gó­ni­co efec­túa una exce­len­te com­po­si­ción de su personaje.

Con nota­ble auten­ti­ci­dad Oakley ha logra­do un film de rea­lis­mo social efec­tuan­do un remar­ca­ble retra­to de una épo­ca som­bría para aque­llas muje­res que anhe­la­ban no ser dis­cri­mi­na­das por su orien­ta­ción sexual. Se podrá obje­tar que no exis­tan con­tun­den­tes momen­tos emo­cio­na­les, pero con su loa­ble men­sa­je Blue Jean man­tie­ne el inte­rés de la audien­cia denun­cian­do la opre­sión vivi­da duran­te la rei­nan­te homo­fo­bia. Jor­ge Gutman

Implau­si­ble Come­dia Sexual

NO HARD FEE­LINGS. Esta­dos Uni­dos, 2023. Un film de Gene Stup­nitsky. 103 minutos

Una come­dia sexual de muy dudo­so gus­to es lo que se con­tem­pla en No Hard Fee­lings; a pesar de estar pro­ta­go­ni­za­da por la remar­ca­ble Jen­ni­fer Law­ren­ce quien obtu­vo un mere­ci­do Oscar por su actua­ción en Sil­ver Linings Play­book,(2012).

Jen­ni­fer Lawrence

La pre­mi­sa del guión ela­bo­ra­do por el rea­li­za­dor Gene Stup­nitsky con la cola­bo­ra­ción de John Phi­llips en prin­ci­pio ofre­ce cier­to inte­rés. La diná­mi­ca Law­ren­ce ani­ma a Mad­die, una mujer de 32 años que habi­ta en la ciu­dad cos­te­ra de Mon­taux en Long Island; su esti­lo de vida irres­pon­sa­ble moti­va que debi­do a impues­tos impa­gos esté a pun­to de per­der su casa here­da­da de su difun­ta madre mono­pa­ren­tal. A ello se une la cir­cuns­tan­cia de que al estar igual­men­te retra­sa­da en el pago de su coche que lo uti­li­za para su tra­ba­jo en Uber, el vehícu­lo le es remol­ca­do por Gary (Ebon Moss-Bacha­rach), uno de sus varios oca­sio­na­les affaires.

Deses­pe­ra­da por lograr dine­ro ella res­pon­de a un avi­so colo­ca­do por Laird Bec­ker (Matthew Bro­de­rick) y Alli­son Bec­ker (Lau­ra Benan­ti); se tra­ta de un matri­mo­nio millo­na­rio que desea encon­trar a la joven ideal que per­mi­ta salir del cas­ca­rón a su aún vir­gen intro­ver­ti­do hijo Percy (Andrew Barth Feld­man) de 19 años para que pue­da social­men­te adap­tar­se en vís­pe­ras de entrar a la Uni­ver­si­dad de Prin­ce­ton. Des­de el vamos resul­ta un tan­to extra­ño que al entre­vis­tar a la can­di­da­ta de no muy ade­cua­da pre­sen­ta­ción, esta pare­ja la acep­te a pesar de la dife­ren­cia mar­ca­da entre su edad y la de Percy. Dejan­do de lado ese aspec­to, lo cier­to es que Mad­die reci­be del matri­mo­nio un Buick nue­vo cuyo con­fort per­mi­ti­rá trans­por­tar a Percy y poder inti­mar den­tro del mis­mo; asi­mis­mo, ella debe­rá ocul­tar­le el arre­glo dis­pues­to con sus padres.

Si bien el con­tac­to ini­cial de Mad­die con Percy don­de tra­ba­ja de volun­ta­rio en un local de adop­ción de ani­ma­les tie­ne cier­ta gra­cia, la mis­ma rápi­da­men­te se dilu­ye cuan­do en for­ma intem­pes­ti­va ella poco menos que lo arras­tra incor­po­rán­do­lo al coche. A par­tir de allí resul­ta incon­gruen­te com­pro­bar los rús­ti­cos pro­ce­di­mien­tos que ella emplea para con­quis­tar­lo; su atre­vi­do com­por­ta­mien­to lo demues­tra cuan­do se des­nu­da en la pla­ya fren­te a él tra­tan­do de sedu­cir­lo, o bien cuan­do vio­len­ta­men­te irrum­pe en una fies­ta don­de él cele­bra con sus com­pa­ñe­ros de cla­se el final de los estudios.

Aun­que es indu­da­ble que Law­ren­ce des­plie­ga una ener­gía irre­fre­na­ble a lo lar­go de esta his­to­ria, lo cier­to es que su ines­ta­ble, inma­du­ro y absur­do per­so­na­je impi­de que pue­da exis­tir el míni­mo de empa­tía reque­ri­do. Eso es debi­do a una pobre mar­ca­ción acto­ral impre­sa por el rea­li­za­dor, quien pare­ce estar con­ven­ci­do de que de ese modo la pelí­cu­la pro­vo­ca­rá hila­ri­dad a la audien­cia. Ade­más el con­tra­dic­to­rio libre­to des­ta­ca en Percy a un joven con madu­rez sufi­cien­te en su com­por­ta­mien­to sin que demues­tre ser el anti­so­cial mucha­cho como lo creen sus padres.

Tan­to Stup­nitsky y su coguio­nis­ta tra­tan de demos­trar el empo­de­ra­mien­to feme­nino a tra­vés de la con­duc­ta tor­pe e idio­ta de una mujer libe­ra­da; cla­ro está que ésa no es la mane­ra en que el movi­mien­to #metoo per­si­gue su objetivo.

Para rema­tar este sexis­ta e inno­cuo rela­to pre­ten­di­da­men­te cómi­co, el flá­ci­do guión nutri­do de pobres diá­lo­gos tra­ta de ser com­pla­cien­te demos­tran­do cómo a la pos­tre sus prin­ci­pa­les per­so­na­jes arri­ba­rán a un feliz des­en­la­ce. En el elen­co níti­da­men­te sobre­sa­len Law­ren­ce y Barth Feld­man, aun­que es de lamen­tar que hayan brin­da­do sus talen­tos al ser­vi­cio de este falli­do y pres­cin­di­ble pro­yec­to. Jor­ge Gutman