Crónica de Jorge Gutman
Miroirs No. 3. (Alemania)
Un notable ejemplo de concisión se aprecia en este inusual psicodrama de Christian Petzold quien es considerado como uno los más relevantes realizadores del cine internacional. No obstante su reducida duración y con no muchos recursos a su disposición, este cineasta consigue atrapar la atención del espectador a través de un singular crucigrama fílmico.

Miroirs No. 3
La remarcable actriz Paula Beer en su cuarta colaboración con el realizador interpreta a Laura, una estudiante de piano que en su comienzo estando en Berlín y frente a un río aparece turbada como si padeciera de una crisis mental, dando la impresión de que quisiera suicidarse. De inmediato se la ve acompañada de su novio Jakob (Philip Froissant) viajando de vacaciones en su coche hacia la zona campestre; estando completamente abstraída, ella desea retornar a Berlín y cuando a su pesar Jacob decide conducirla a la estación de tren para su retorno, un accidente en la serpenteante ruta produce un lamentable accidente donde el hombre fallece y Laura logra salvar su vida a pesar de algunas heridas sufridas. Ella es auxiliada por Betty (Barbara Auer), una amable mujer vecina del lugar con algo inquietante en su mirada que la recoge en su casa y en donde Laura prefiere quedarse allí antes que asistir a un hospital. Recibiendo la afección de su anfitriona que la trata como si fuese su hija, se genera entre ambas mujeres un curioso vínculo, al punto tal que con el correr de los días y cada vez más repuesta Laura opta por seguir estando en ese hogar. Prontamente llegan a la casa Richard (Matthias Brandt) y su hijo adulto Max (Enno Trebs) que ven con agrado la presencia de la huésped quien a su vez se ve complacida con su sustituta familia.
En la interrelación que se va estableciendo entre estos cuatro personajes irán develándose varios secretos donde van emergiendo fantasmas del pasado que generan una fascinante intriga que se mantiene hasta su imprevisible y satisfactorio desenlace.
Resulta interesante subrayar que el cineasta aprecia la música de Maurice Ravel dado que el título del film obedece a una escena en donde Laura interpreta en el piano el tercer movimiento de su Suite Miroirs.
En suma el público asiste a una delicada, sutil y sensible película psicológica en donde Petzold inteligentemente refleja con ternura y con algunas escenas no exentas de humor, cómo actúa la memoria reviviendo el trauma de Laura como asimismo los experimentados por la familia de Betty.
Además de la excelente puesta escénica del consagrado realizador y su magnífica dirección del elenco convocado, cabe resaltar la maravillosa interpretación de Paula Beer transmitiendo las vivencias emocionales que atraviesa su frágil personaje.
The President’s Cake (Irak-Estados Unidos-Qatar).
Así como en 1995 Jafar Panahi obtuvo la Cámara de Oro en el Festival de Cannes, eso vuelve a ocurrir con el film escrito y dirigido por el novel realizador Hasan Hadi quien este año logró este prestigioso premio como primera obra presentada en la Quincena de Cineastas. Esa es una coincidencia en la medida que ambos directores, uno en Irán y el otro Iraquí reflejan trozos de vida a través de la inocencia de criaturas que observan lo que sucede en su entorno.

The President’s Cake
El auspicioso debut de Hadi ubica la acción en el Irak de 1990 donde el siniestro dictador Saddam Hussein gobierna el país con mano firme. Su tiranía motiva que el país sea aislado internacionalmente y es así que debido a las sanciones económicas recibidas la población atraviesa por serios problemas. Es en ese penoso escenario donde se sale al encuentro de Lamia (Banin Ahmad Nayef) de 9 años viviendo en una rústica aldea pantanosa del sur de Irak con su abuela Bibi (Waheed Thabet Khreibat) y el gallo Hindi que la niña tiene como mascota.
Entre otro de los caprichos del déspota presidente es que el pueblo festeje su inminente cumpleaños y es así que eso no excluye a los niños. Por tal razón en la escuela a la que acude Lamia se realiza un sorteo por el cual, infelizmente ella es elegida para preparar una torta destinada a Hussein. Asimismo su buen compañero Saeed (Sajad Mohamad Qasem) debe aportar frutas frescas.
Consecuentemente la abuela y su nieta, ayudadas por un amable cartero (Rahim AlHaj). logran llegar a la más cercana ciudad en procura de ingredientes, incluyendo azúcar, harina y huevos. Al llegar a destino, la niña descubre que su frágil y enferma abuela tiene como propósito ponerla a disposición de nuevos padres en la medida que ella debe internarse en un hospital; en consecuencia Lamia decide escapar y junto con Saeed tratarán de obtener los elementos necesarios para cumplir con la obligación que les ha sido impuesta por el colegio a fin de satisfacer al dictador. Entretanto la afligida abuela se esfuerza en persuadir a la policía para ubicar a su nieta.
El núcleo de esta tragicomedia se nutre de los encuentros de ambos amigos, siempre acompañados por la mascota de Lamia, con algunos personajes de diversa naturaleza mediante contratiempos que generan una tensión natural. Esa interacción es excelentemente reflejada por Hadi ayudado por la valiosa colaboración fotográfica de Tudor Vladimir Panduru que capta la vida de una sociedad quebrada, a través de las calles, mercados, hospitales y mezquitas.
El gran mérito del realizador es que sin caer en el miserabilismo, permite que su ópera prima esté impregnada de una entrañable ternura. Filmado íntegramente en Irak, el film se ha visto favorecido por un reparto integrado casi por completo por artistas no profesionales y en tal sentido es admirable cómo la pequeña Nayef y el niño Qasem se posesionan de sus respectivos roles olvidando que están actuando.
Esencialmente, esta dramática fábula moral de dos escolares viviendo bajo un régimen autoritario plenamente conmueve a la vez que permite descubrir en Hadi a un remarcable cineasta.
Amour Apocalypse (Canadá)
La directora y guionista Anne Émond aborda un drama psicológico entremezclado con comedia romántica, exponiendo uno de los problemas graves que afectan a la humanidad.

Amour Apocalypse
Patrick Hivon anima a Adam, un solitario individuo de 45 años que es dueño de una perrera y vive con su padre Eugène (Gilles Renaud) en un pueblo de la provincia de Quebec. Su gran preocupación radica en los bruscos cambios climáticos y las consecuencias que ese evento puede acarrear en un futuro no muy lejano. Es así que su vida transcurre de manera poco apacible donde en principio el cuidado de los perros motiva su mayor atención; para ello cuenta con la asistencia de su empleada Romy (Elizabeth Mageren), una adolescente poco responsable en su trabajo que pasivamente lo manipula y lo incita a mantener encuentros corporales.
Para atenuar su problema es atendido por una psiquiatra a quien con vehemencia le hace saber su temor de que el mundo asista a un colapso apocalíptico del medio ambiental donde elementos vitales como el petróleo, el agua, el carbón, así como un buen número de alimentos básicos e incluso el aire a causa de la polución tiendan a agotarse. Sin embargo la profesional poco contribuye para calmar su estado depresivo ni tampoco le sirve de ayuda el empleo de medicamentos pertinentes.
Tratando de contrarrestar su extrema desazón, Adam se ha procurado una lámpara solar terapéutica; a fin de lograr su buen funcionamiento se comunica telefónicamente con el departamento técnico de la compañía que vende esos artefactos siendo atendido por Tina (Piper Perabo), quien radicada en Sudbury, Ontario, se ocupa del centro de llamadas. Adoptando un tono más animado, las conversaciones entre ambos se van frecuentando hasta que un acontecimiento climático donde Tina trabaja motiva a que Adam aproveche la oportunidad de viajar a Sudbury para rescatarla y así conocerla personalmente; como resulta previsible prontamente se genera una relación romántica.
La directora logra muy bien esbozar la psicología de Adam profundizando en los motivos que asisten a su comportamiento de ansiedad paralizante y cómo el amor con la radiante Tina puede cambiar su vida. Por su parte el guión igualmente refleja los problemas personales de ella que unida a Scott (Gord Rand) en un matrimonio poco feliz, su vínculo con Adam es posible que le brinde una vida más luminosa.
Aunque sin profundizar por completo en los personajes secundarios la película logra atraer por la excelente interpretación de Patrick Hivon y por la sensible puesta escénica de Émond. En tal sentido, la cineasta consigue reflejar la importancia que adquiere la comunicación humana como medio de superar las limitaciones, fobias y traumas; asimismo, el film constituye un buen llamado de alerta al drama provocado por los perturbadores fenómenos meteorológicos que se constatan mundialmente mediante incendios no provocados, huracanes, inundaciones y otras tragedias de la caótica naturaleza.
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