Fil­mes Eva­lua­dos ‑TIFF 2025 (3)

Cró­ni­ca de Jor­ge Gutman

Miroirs No. 3. (Ale­ma­nia)

Un nota­ble ejem­plo de con­ci­sión se apre­cia en este inusual psi­co­dra­ma de Chris­tian Petzold quien es con­si­de­ra­do como uno los más rele­van­tes rea­li­za­do­res del cine inter­na­cio­nal. No obs­tan­te su redu­ci­da dura­ción y con no muchos recur­sos a su dis­po­si­ción, este cineas­ta con­si­gue atra­par la aten­ción del espec­ta­dor a tra­vés de un sin­gu­lar cru­ci­gra­ma fílmico.

Miroirs No. 3

La remar­ca­ble actriz Pau­la Beer en su cuar­ta cola­bo­ra­ción con el rea­li­za­dor inter­pre­ta a Lau­ra, una estu­dian­te de piano que en su comien­zo estan­do en Ber­lín y fren­te a un río apa­re­ce tur­ba­da como si pade­cie­ra de una cri­sis men­tal, dan­do la impre­sión de que qui­sie­ra sui­ci­dar­se. De inme­dia­to se la ve acom­pa­ña­da de su novio Jakob (Phi­lip Frois­sant) via­jan­do de vaca­cio­nes en su coche hacia la zona cam­pes­tre; estan­do com­ple­ta­men­te abs­traí­da, ella desea retor­nar a Ber­lín y cuan­do a su pesar Jacob deci­de con­du­cir­la a la esta­ción de tren para su retorno, un acci­den­te en la ser­pen­tean­te ruta pro­du­ce un lamen­ta­ble acci­den­te don­de el hom­bre falle­ce y Lau­ra logra sal­var su vida a pesar de algu­nas heri­das sufri­das. Ella es auxi­lia­da por Betty (Bar­ba­ra Auer), una ama­ble mujer veci­na del lugar con algo inquie­tan­te en su mira­da que la reco­ge en su casa y en don­de Lau­ra pre­fie­re que­dar­se allí antes que asis­tir a un hos­pi­tal. Reci­bien­do la afec­ción de su anfi­trio­na que la tra­ta como si fue­se su hija, se gene­ra entre ambas muje­res un curio­so víncu­lo, al pun­to tal que con el correr de los días y cada vez más repues­ta Lau­ra opta por seguir estan­do en ese hogar. Pron­ta­men­te lle­gan a la casa Richard (Matthias Brandt) y su hijo adul­to Max (Enno Trebs) que ven con agra­do la pre­sen­cia de la hués­ped quien a su vez se ve com­pla­ci­da con su sus­ti­tu­ta familia.

En la inter­re­la­ción que se va esta­ble­cien­do entre estos cua­tro per­so­na­jes irán deve­lán­do­se varios secre­tos don­de van emer­gien­do fan­tas­mas del pasa­do que gene­ran una fas­ci­nan­te intri­ga que se man­tie­ne has­ta su impre­vi­si­ble y satis­fac­to­rio desenlace.

Resul­ta intere­san­te sub­ra­yar que el cineas­ta apre­cia la músi­ca de Mau­ri­ce Ravel dado que el títu­lo del film obe­de­ce a una esce­na en don­de Lau­ra inter­pre­ta en el piano el ter­cer movi­mien­to de su Sui­te Miroirs.

En suma el públi­co asis­te a una deli­ca­da, sutil y sen­si­ble pelí­cu­la psi­co­ló­gi­ca en don­de Petzold inte­li­gen­te­men­te refle­ja con ter­nu­ra y con algu­nas esce­nas no exen­tas de humor, cómo actúa la memo­ria revi­vien­do el trau­ma de Lau­ra como asi­mis­mo los expe­ri­men­ta­dos por la fami­lia de Betty.

Ade­más de la exce­len­te pues­ta escé­ni­ca del con­sa­gra­do rea­li­za­dor y su mag­ní­fi­ca direc­ción del elen­co con­vo­ca­do, cabe resal­tar la mara­vi­llo­sa inter­pre­ta­ción de Pau­la Beer trans­mi­tien­do las viven­cias emo­cio­na­les que atra­vie­sa su frá­gil personaje.

The President’s Cake (Irak-Esta­dos Unidos-Qatar).

Así como en 1995 Jafar Panahi obtu­vo la Cáma­ra de Oro en el Fes­ti­val de Can­nes, eso vuel­ve a ocu­rrir con el film escri­to y diri­gi­do por el novel rea­li­za­dor Hasan Hadi quien este año logró este pres­ti­gio­so pre­mio como pri­me­ra obra pre­sen­ta­da en la Quin­ce­na de Cineas­tas. Esa es una coin­ci­den­cia en la medi­da que ambos direc­to­res, uno en Irán y el otro Ira­quí refle­jan tro­zos de vida a tra­vés de la ino­cen­cia de cria­tu­ras que obser­van lo que suce­de en su entorno.

The President’s Cake

El aus­pi­cio­so debut de Hadi ubi­ca la acción en el Irak de 1990 don­de el sinies­tro dic­ta­dor Sad­dam Hus­sein gobier­na el país con mano fir­me. Su tira­nía moti­va que el país sea ais­la­do inter­na­cio­nal­men­te y es así que debi­do a las san­cio­nes eco­nó­mi­cas reci­bi­das la pobla­ción atra­vie­sa por serios pro­ble­mas. Es en ese peno­so esce­na­rio don­de se sale al encuen­tro de Lamia (Banin Ahmad Nayef) de 9 años vivien­do en una rús­ti­ca aldea pan­ta­no­sa del sur de Irak con su abue­la Bibi (Waheed Tha­bet Khrei­bat) y el gallo Hin­di que la niña tie­ne como mascota.

Entre otro de los capri­chos del dés­po­ta pre­si­den­te es que el pue­blo fes­te­je su inmi­nen­te cum­plea­ños y es así que eso no exclu­ye a los niños. Por tal razón en la escue­la a la que acu­de Lamia se rea­li­za un sor­teo por el cual, infe­liz­men­te ella es ele­gi­da para pre­pa­rar una tor­ta des­ti­na­da a Hus­sein. Asi­mis­mo su buen com­pa­ñe­ro Saeed (Sajad Moha­mad Qasem) debe apor­tar fru­tas frescas.

Con­se­cuen­te­men­te la abue­la y su nie­ta, ayu­da­das por un ama­ble car­te­ro (Rahim AlHaj). logran lle­gar a la más cer­ca­na ciu­dad en pro­cu­ra de ingre­dien­tes, inclu­yen­do azú­car, hari­na y hue­vos. Al lle­gar a des­tino, la niña des­cu­bre que su frá­gil y enfer­ma abue­la tie­ne como pro­pó­si­to poner­la a dis­po­si­ción de nue­vos padres en la medi­da que ella debe inter­nar­se en un hos­pi­tal; en con­se­cuen­cia Lamia deci­de esca­par y jun­to con Saeed tra­ta­rán de obte­ner los ele­men­tos nece­sa­rios para cum­plir con la obli­ga­ción que les ha sido impues­ta por el cole­gio a fin de satis­fa­cer al dic­ta­dor. Entre­tan­to la afli­gi­da abue­la se esfuer­za en per­sua­dir a la poli­cía para ubi­car a su nieta.

El núcleo de esta tra­gi­co­me­dia se nutre de los encuen­tros de ambos ami­gos, siem­pre acom­pa­ña­dos por la mas­co­ta de Lamia, con algu­nos per­so­na­jes de diver­sa natu­ra­le­za median­te con­tra­tiem­pos que gene­ran una ten­sión natu­ral. Esa inter­ac­ción es exce­len­te­men­te refle­ja­da por Hadi ayu­da­do por la valio­sa cola­bo­ra­ción foto­grá­fi­ca de Tudor Vla­di­mir Pan­du­ru que cap­ta la vida de una socie­dad que­bra­da, a tra­vés de las calles, mer­ca­dos, hos­pi­ta­les y mezquitas.

El gran méri­to del rea­li­za­dor es que sin caer en el mise­ra­bi­lis­mo, per­mi­te que su ópe­ra pri­ma esté impreg­na­da de una entra­ña­ble ter­nu­ra. Fil­ma­do ínte­gra­men­te en Irak, el film se ha vis­to favo­re­ci­do por un repar­to inte­gra­do casi por com­ple­to por artis­tas no pro­fe­sio­na­les y en tal sen­ti­do es admi­ra­ble cómo la peque­ña Nayef y el niño Qasem se pose­sio­nan de sus res­pec­ti­vos roles olvi­dan­do que están actuando.

Esen­cial­men­te, esta dra­má­ti­ca fábu­la moral de dos esco­la­res vivien­do bajo un régi­men auto­ri­ta­rio ple­na­men­te con­mue­ve a la vez que per­mi­te des­cu­brir en Hadi a un remar­ca­ble cineasta.

Amour Apo­caly­pse (Cana­dá)

La direc­to­ra y guio­nis­ta Anne Émond abor­da un dra­ma psi­co­ló­gi­co entre­mez­cla­do con come­dia román­ti­ca, expo­nien­do uno de los pro­ble­mas gra­ves que afec­tan a la humanidad.

Amour Apo­caly­pse

Patrick Hivon ani­ma a Adam, un soli­ta­rio indi­vi­duo de 45 años que es due­ño de una perre­ra y vive con su padre Eugè­ne (Gilles Renaud) en un pue­blo de la pro­vin­cia de Que­bec. Su gran preo­cu­pa­ción radi­ca en los brus­cos cam­bios cli­má­ti­cos y las con­se­cuen­cias que ese even­to pue­de aca­rrear en un futu­ro no muy lejano. Es así que su vida trans­cu­rre de mane­ra poco apa­ci­ble don­de en prin­ci­pio el cui­da­do de los perros moti­va su mayor aten­ción; para ello cuen­ta con la asis­ten­cia de su emplea­da Romy (Eli­za­beth Mage­ren), una ado­les­cen­te poco res­pon­sa­ble en su tra­ba­jo que pasi­va­men­te lo mani­pu­la y lo inci­ta a man­te­ner encuen­tros corporales.

Para ate­nuar su pro­ble­ma es aten­di­do por una psi­quia­tra a quien con vehe­men­cia le hace saber su temor de que el mun­do asis­ta a un colap­so apo­ca­líp­ti­co del medio ambien­tal don­de ele­men­tos vita­les como el petró­leo, el agua, el car­bón, así como un buen núme­ro de ali­men­tos bási­cos e inclu­so el aire a cau­sa de la polu­ción tien­dan a ago­tar­se. Sin embar­go la pro­fe­sio­nal poco con­tri­bu­ye para cal­mar su esta­do depre­si­vo ni tam­po­co le sir­ve de ayu­da el empleo de medi­ca­men­tos pertinentes.

Tra­tan­do de con­tra­rres­tar su extre­ma desa­zón, Adam se ha pro­cu­ra­do una lám­pa­ra solar tera­péu­ti­ca; a fin de lograr su buen fun­cio­na­mien­to se comu­ni­ca tele­fó­ni­ca­men­te con el depar­ta­men­to téc­ni­co de la com­pa­ñía que ven­de esos arte­fac­tos sien­do aten­di­do por Tina (Piper Pera­bo), quien radi­ca­da en Sud­bury, Onta­rio, se ocu­pa del cen­tro de lla­ma­das. Adop­tan­do un tono más ani­ma­do, las con­ver­sa­cio­nes entre ambos se van fre­cuen­tan­do has­ta que un acon­te­ci­mien­to cli­má­ti­co don­de Tina tra­ba­ja moti­va a que Adam apro­ve­che la opor­tu­ni­dad de via­jar a Sud­bury para res­ca­tar­la y así cono­cer­la per­so­nal­men­te; como resul­ta pre­vi­si­ble pron­ta­men­te se gene­ra una rela­ción romántica.

La direc­to­ra logra muy bien esbo­zar la psi­co­lo­gía de Adam pro­fun­di­zan­do en los moti­vos que asis­ten a su com­por­ta­mien­to de ansie­dad para­li­zan­te y cómo el amor con la radian­te Tina pue­de cam­biar su vida. Por su par­te el guión igual­men­te refle­ja los pro­ble­mas per­so­na­les de ella que uni­da a Scott (Gord Rand) en un matri­mo­nio poco feliz, su víncu­lo con Adam es posi­ble que le brin­de una vida más luminosa.

Aun­que sin pro­fun­di­zar por com­ple­to en los per­so­na­jes secun­da­rios la pelí­cu­la logra atraer por la exce­len­te inter­pre­ta­ción de Patrick Hivon y por la sen­si­ble pues­ta escé­ni­ca de Émond. En tal sen­ti­do, la cineas­ta con­si­gue refle­jar la impor­tan­cia que adquie­re la comu­ni­ca­ción huma­na como medio de supe­rar las limi­ta­cio­nes, fobias y trau­mas; asi­mis­mo, el film cons­ti­tu­ye un buen lla­ma­do de aler­ta al dra­ma pro­vo­ca­do por los per­tur­ba­do­res fenó­me­nos meteo­ro­ló­gi­cos que se cons­ta­tan mun­dial­men­te median­te incen­dios no pro­vo­ca­dos, hura­ca­nes, inun­da­cio­nes y otras tra­ge­dias de la caó­ti­ca naturaleza.

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