El Fan­tas­ma del Holocausto

THE SONG OF NAMES. Cana­dá-Hun­gría-Gran Bre­ta­ña, 2019. Un film de Fra­nçois Girard

Fra­nçois Girard es un cineas­ta que en su fil­mo­gra­fía ha expre­sa­do una espe­cial sen­si­bi­li­dad hacia la músi­ca, como lo demos­tró en Thirty Two Short Films About Glenn Gould (1993), Le Vio­lon Rou­ge (1998) y Boy­choir (2014). En The Song of Names nue­va­men­te recu­rre a ella como telón de fon­do para narrar una cró­ni­ca sobre las con­se­cuen­cias y las heri­das emo­cio­na­les no cica­tri­za­das del Holocausto.

La his­to­ria de fic­ción, adap­ta­da por Jef­frey Cai­ne de la pre­mia­da nove­la homó­ni­ma de Nor­man Lebrecht publi­ca­da en 2002, per­mi­tió al rea­li­za­dor ofre­cer un inten­so rela­to ‑no narra­do cro­no­ló­gi­ca­men­te- que reper­cu­te hon­da­men­te en el áni­mo del espectador.

En 1938 Zyg­munt Rapo­port (Jakub Kotyns­ki), naci­do en Polo­nia y de fami­lia judía, lle­ga a Lon­dres con su hijo vio­li­nis­ta Dovidl (Luke Doy­le) de 9 años quien en Var­so­via es reco­no­ci­do por su nota­ble apti­tud musi­cal. El pro­pó­si­to del via­je es encon­trar­le un hogar judío en el que pue­da per­ma­ne­cer a sal­vo fren­te a la ame­na­za­do­ra inva­sión de los nazis a su país. Cuan­do el publi­cis­ta musi­cal Gil­bert Sim­monds (Stan­ley Tow­send) obser­va al peque­ño tocan­do su ins­tru­men­to, ade­más de que­dar gra­ta­men­te impre­sio­na­do le ofre­ce alo­ja­mien­to en su hogar don­de con­vi­ve con su seño­ra Enid (Amy Sloan) y su hijo Mar­tin (Misha Hand­ley) de la mis­ma edad que Dovi­dol; aun­que esta fami­lia es cris­tia­na, Gil­bert pro­me­te a Rapo­port res­pe­tar en todo momen­to la fe pro­fe­sa­da por su hijo. En con­se­cuen­cia, Zyg­munt se des­pi­de del niño para retor­nar a Var­so­via al lado de su mujer y de sus otras dos hijitas.

A pesar de que en un prin­ci­pio Mar­tin rece­la del hués­ped por su aire arro­gan­te, pron­to que­dan zan­ja­das las dife­ren­cias con­vir­tién­do­se en gran­des ami­gos. Si bien Dovidl se sien­te con­for­ta­ble con los Sim­monds, cuan­do esta­lla la gue­rra no pue­de ocul­tar su preo­cu­pa­ción por la suer­te corri­da por su fami­lia en Polonía.

El pasa­je de los años man­tie­ne el víncu­lo amis­to­so del ado­les­cen­te Mar­tin (Gerran Howell) con Dovidl (Jonah Hauer-King) quien es ya un vir­tuo­so del vio­lín al haber desa­rro­lla­do su inna­to talen­to; eso moti­va a que Gil­bert le patro­ci­ne en 1951 un gran con­cier­to en Lon­dres don­de efec­tua­rá su debut como solis­ta. El nudo cen­tral del rela­to se pro­du­ce cuan­do el vio­li­nis­ta no apa­re­ce y se debe can­ce­lar el con­cier­to con la inmen­sa cons­ter­na­ción de Gil­bert y de su hijo. Como si se lo hubie­ra tra­ga­do la tie­rra, nada se sabe de Dovi­dol quien deja una pro­fun­da des­ilu­sión en su fami­lia adoptiva.

Tim Roth

Es en 1986, cuan­do en oca­sión de par­ti­ci­par como miem­bro de jura­do en una com­pe­ten­cia musi­cal, Mar­tin (Tim Roth) des­cu­bre que un con­cur­san­te vio­li­nis­ta antes de comen­zar a tocar recu­rre a un ritual seme­jan­te al que solía emplear su ami­go. De allí en más, ese ines­pe­ra­do hecho moti­va a que él tra­te de ubi­car en algún lugar a Dovidl (Cli­ve Owen), a pesar de las obje­cio­nes de su espo­sa (Cathe­ri­ne McCor­mack) quien no lle­ga a enten­der bien su obse­sión. En pos de su obje­ti­vo y gra­cias a diver­sos con­tac­tos que encuen­tra en su camino, Mar­tin habrá de tras­la­dar­se a Var­so­via, pasan­do por los cam­pos de con­cen­tra­ción de Tre­blin­ka para pos­te­rior­men­te arri­bar a Nue­va York.

El fan­tas­ma del Holo­caus­to intro­du­ci­do en el rela­to deja abier­to el inte­rro­gan­te sobre has­ta dón­de es posi­ble man­te­ner la fe reli­gio­sa fren­te a la cruel matan­za del nazis­mo, inclu­yen­do 6 millo­nes de judíos que ino­cen­te­men­te han sido víc­ti­mas del mayor geno­ci­dio de la his­to­ria. Esa duda es la que asal­ta a Dovidl cuan­do algu­nos años des­pués de haber fina­li­za­do el san­grien­to con­flic­to béli­co ve esfu­ma­da su espe­ran­za de encon­trar con vida a su fami­lia; el dolor que le oca­sio­na ori­gi­na una de las esce­nas más neu­rál­gi­cas del relato.

Otro aspec­to refle­ja­do en este dra­ma es des­men­tir el pre­jui­cio exis­ten­te de que resul­ta difí­cil la con­vi­ven­cia entre gen­te de dife­ren­te cre­do. Eso que­da ejem­pli­fi­ca­do en la esce­na en que Dovidl es con­du­ci­do por la fami­lia Sim­monds a cele­brar su Bar Mitz­vah en oca­sión de cum­plir los 13 años, edad en el que según la ley judía los ado­les­cen­tes comien­zan a ser res­pon­sa­bles de sus actos.

El dra­ma alcan­za su cli­max en una secuen­cia de des­ga­rra­do­ra emo­ción que da títu­lo al film; así resul­ta impo­si­ble per­ma­ne­cer indi­fe­ren­te al escu­char el can­to litúr­gi­co del rabino (Daniel Mutlu) de una sina­go­ga ento­nan­do “la can­ción de los nom­bres”, un ver­da­de­ro réquiem que evo­ca y hon­ra la memo­ria de las víc­ti­mas exter­mi­na­das en Treblinka.

Ade­más de haber con­ta­do con un muy buen elen­co, sobre todo los acto­res que encar­nan a sus dos pro­ta­go­nis­tas en sus eta­pas de infan­cia y ado­les­cen­cia, el direc­tor ha encon­tra­do un fuer­te alia­do en la cen­te­llean­te músi­ca del pres­ti­gio­so com­po­si­tor cana­dien­se Howard Shore.

Para con­cluir, no es nece­sa­rio pro­fe­sar el cre­do del judaís­mo para apre­ciar la belle­za de este film imbui­do de gran con­te­ni­do espi­ri­tual. Jor­ge Gutman

Dos Entra­ña­bles Hermanas

A VIDA INVI­SÍ­VEL DE EURI­DI­CE GUS­MȂO. Bra­sil, 2019. Un film de Karim Aïnouz

En la bue­na adap­ta­ción rea­li­za­da por el rea­li­za­dor Karim Aïnouz con­jun­ta­men­te con los guio­nis­tas Muri­lo Hau­ser e Ines Bor­ta­ga­ray de la nove­la de Martha Batalha publi­ca­da en 2015, el públi­co pue­de juz­gar A vida invi­sí­vel de Eurí­di­ce Gus­mâo, un rela­to que exal­ta los lazos de cari­ño y afec­to exis­ten­tes entre dos her­ma­nas. Por sus méri­tos, el film fue con­si­de­ra­do como mejor de la sec­ción “A Cer­tain Regard” en el fes­ti­val de Can­nes de 2019.

Carol Duar­te y Julia Stockler

La acción trans­cu­rre en Río de Janei­ro, en la déca­da del 50 y se cen­tra en la exce­len­te rela­ción entre la pro­di­gio­sa pia­nis­ta Eurí­di­ce (Carol Duar­te) de 18 años y su her­ma­na Gui­da (Julia Stoc­kler), dos años mayor. Ambas per­te­ne­cen a un hogar de cla­se media inte­gra­do por Manuel (Anto­nio Fon­se­ca), un padre auto­ri­ta­rio y machis­ta, y su madre Ana (Fla­via Gus­mâo), una mujer sumi­sa a su espo­so. El rela­to cobra impul­so cuan­do a ocul­tas de su fami­lia Gui­da se une sen­ti­men­tal­men­te a Yor­gos, un mari­ne­ro grie­go (Niko­las Antu­nes) y par­te con él a Ate­nas, dis­pues­ta a casar­se; sin des­pe­dir­se de su fami­lia, deja una car­ta mani­fes­tan­do su inten­ción de regre­sar des­pués de la boda. Esa acti­tud pro­du­ce una mar­ca­da ira en su padre y la situa­ción empeo­ra cuan­do ella, des­ilu­sio­na­da de Yor­gos, retor­na a Bra­sil en esta­do de emba­ra­zo y Manuel ‑en fran­co tren de repu­dio- le nie­ga acce­so al hogar; cuan­do Gui­da supli­ca que le deje ver a su que­ri­da Eurí­di­ce, su padre le mien­te dicién­do­le que ella via­jó a Vie­na para per­fec­cio­nar sus estu­dios musi­ca­les. La esen­cia de esta his­to­ria radi­ca en la comu­ni­ca­ción abor­ta­da a tra­vés del tiem­po entre estas dos her­ma­nas dado que la corres­pon­den­cia epis­to­lar que Gui­da envía a Eurí­di­ce nun­ca lle­gó a des­tino. Así, a tra­vés de vidas para­le­las en una mis­ma ciu­dad en don­de cada her­ma­na supo­ne que la otra resi­de en Euro­pa, el anhe­la­do reen­cuen­tro fra­ter­nal no lle­ga a producirse.

Trans­cu­rri­rán 60 años para arri­bar a un ines­pe­ra­do y emo­cio­nan­te des­en­la­ce real­za­do por la elo­cuen­te pre­sen­cia de la gran actriz Fer­nan­da Mon­te­ne­gro, carac­te­ri­zan­do a la ancia­na Eurídice.

A pesar de que su dura­ción de casi dos horas y media podría haber sido redu­ci­da en 20 minu­tos sin afec­tar el con­te­ni­do del rela­to, ése es un repa­ro menor. Lo con­cre­to es que el públi­co asis­te a una tier­na his­to­ria melo­dra­má­ti­ca e impreg­na­da de melan­co­lía que con­mue­ve por su con­te­ni­do, la acer­ta­da direc­ción de Aïnouz, la impe­ca­ble actua­ción de Duar­te y Stoc­kler y la exqui­si­ta belle­za cap­ta­da por la foto­gra­fía de Hélè­ne Lou­vart Final­men­te cabe des­ta­car el mere­ci­do home­na­je del rea­li­za­dor a la resi­lien­cia y empo­de­ra­mien­to feme­nino en el mar­co de una socie­dad patriar­cal. Jor­ge Gutman

Un Joven Iracundo

SYNONYMS. Israel-Fran­cia-Ale­ma­nia, 2019. Un film escri­to y diri­gi­do por Nadav Lapid

Con el buen ante­ce­den­te de haber logra­do el Oso de Oro en el fes­ti­val de Ber­lín de 2019, Synonyms no es un film fácil de juz­gar. Derro­chan­do una ener­gía y vita­li­dad a toda prue­ba, el direc­tor y guio­nis­ta Nadav Lapid ofre­ce un rela­to difí­cil­men­te pre­de­ci­ble y en cier­ta for­ma impenetrable.

Tom Mer­cier

El pro­ta­go­nis­ta es Yoav (Tom Mer­cier) un joven israe­lí recién lle­ga­do a París, pro­ce­den­te de Israel, don­de en su pri­me­ra noche que trans­cu­rre en el piso de un edi­fi­cio es des­po­ja­do de su ropa y de todo lo que traía con­si­go, que­dan­do prác­ti­ca­men­te des­nu­do. Cuan­do cubrién­do­se los geni­ta­les baja las esca­le­ras del inmue­ble en pro­cu­ra de ayu­da, es soco­rri­do por Emi­le (Quen­tin Dol­mai­re) y Caro­li­ne (Loui­se Che­vi­llot­te), una joven pare­ja veci­na de piso, que le pres­ta ves­ti­men­ta, telé­fono móvil y dine­ro para poder desenvolverse.

A par­tir de allí y a tra­vés de un com­por­ta­mien­to absur­do y errá­ti­co Yoav no tie­ne tapu­jos para mani­fes­tar a tra­vés de pala­bras sinó­ni­mas su pro­fun­do dis­gus­to, males­tar y des­pre­cio hacia Israel, al pun­to tal de no que­rer hablar más en hebreo; así adop­ta como medio de comu­ni­ca­ción el idio­ma fran­cés con la ayu­da de un dic­cio­na­rio bilin­güe de bol­si­llo, al pro­pio tiem­po que tra­ta de for­jar una nue­va identidad.

La tra­ma pre­sen­ta una serie de des­ar­ti­cu­la­das situa­cio­nes don­de el efer­ves­cen­te Yoav en un peri­plo com­ple­ta­men­te erran­te y des­con­tro­la­do tra­ta de com­pe­ne­trar­se de la cul­tu­ra fran­ce­sa. Entre otras acti­tu­des alo­ca­das, con­tra­ria­rá las medi­das adop­ta­das por el con­su­la­do de Israel en París, don­de ha sido con­tra­ta­do, dejan­do libe­ra­da la entra­da a una mul­ti­tud de per­so­nas que esta­ban espe­ran­do en línea para hacer­lo; no menos sor­pren­den­te es cuan­do can­ta a voz en cue­llo La Mar­se­lle­sa como si estu­vie­se dro­ga­do, o bien enfren­tan­do la cáma­ra de video de un fotó­gra­fo en poses por­no­grá­fi­cas y expre­san­do obs­ce­ni­da­des en hebreo. A tra­vés del rela­to Lapid ape­la a los flash­backs para ilus­trar las expe­rien­cias de Yoav en el ser­vi­cio mili­tar de Israel tenien­do que sopor­tar las acti­tu­des patrió­ti­cas y alta­ne­ras de sus superiores.

Quien se deje lle­var por el tono sar­cás­ti­co de esta come­dia podrá resul­tar­le diver­ti­da la acti­tud de este per­so­na­je pero deja­rá frus­tra­do a quie­nes no se aco­plen al espí­ri­tu insu­fla­do por el rea­li­za­dor. De todos modos, este film ‑en gran par­te ins­pi­ra­do por viven­cias de Lapid- per­mi­te refle­xio­nar sobre la situa­ción de un mun­do alta­men­te con­vul­sio­na­do sin des­car­tar a Fran­cia don­de el fenó­meno del anti­se­mi­tis­mo reco­bra ines­pe­ra­do vigor. En tal sen­ti­do, las expe­rien­cias del ira­cun­do Yoav a tra­vés de la meri­to­ria actua­ción de Mer­cier, dejan en el espec­ta­dor un con­si­de­ra­ble impac­to emo­cio­nal. Jor­ge Gutman

Las Eter­nas Mujercitas

LITTLE WOMEN. Esta­dos Uni­dos, 2019. Un film de Gre­ta Gerwig

Des­pués de su exi­to­so debut como rea­li­za­do­ra en Lady Bird (2017), la actriz Gre­ta Ger­wig se ubi­ca nue­va­men­te detrás de las cáma­ras para abor­dar la clá­si­ca nove­la Little Women de Loui­sa May Alcott publi­ca­da en 1868 y que fue tras­la­da­da al cine en varias opor­tu­ni­da­des. En esta oca­sión, la adap­ta­ción efec­tua­da por Ger­wig adop­ta un tono moder­nis­ta aun­que res­pe­tan­do la esen­cia de su contenido..

Saoir­se Ronan

La tra­ma que se desa­rro­lla duran­te la segun­da mitad del siglo 19 gira en torno de cua­tro her­ma­nas de la fami­lia March vivien­do en Con­cord, Mas­sa­chu­setts. La mayor de ellas es Meg, Jo le sigue en edad, Beth es la ter­ce­ra y Amy la menor. En la ver­sión de Ger­wig, el rela­to comien­za con la adul­ta Jo (Saoir­se Ronan), el alter ego de Alcott, quien se encuen­tra en Nue­va York tra­ba­jan­do como maes­tra y que como nova­ta escri­to­ra tra­ta de ven­der su pri­mer tra­ba­jo al edi­tor de una revis­ta (Tracy Letts); al pro­pio tiem­po vive un roman­ce con Frie­drich Bhaer (Louis Garrel), un pro­fe­sor lin­güis­ta fran­cés, que se ve inte­rrum­pi­do por las crí­ti­cas que él le efec­túa en torno a la natu­ra­le­za de las his­to­rias por ella escri­tas. Por su par­te, Amy (Flo­ren­ce Pugh), se encuen­tra en París estu­dian­do pin­tu­ra a la vez que acom­pa­ña a su rica tía (Meryl Streep).

A tra­vés de flash­backs, la rea­li­za­do­ra retro­ce­de la acción 7 años don­de vemos a las chi­cas con­vi­vien­do con su madre Mar­mee (Lau­ra Dern), una abne­ga­da tra­ba­ja­do­ra social que tra­ta de man­te­ner a la fami­lia uni­da en ausen­cia del padre (Bob Oden­kirk) quien está pres­tan­do ser­vi­cios en la Gue­rra Civil de Sece­sión. A todo ello la céli­be tía March, un tan­to esnob, alta­ne­ra y cas­ca­rra­bias, urge a las jóve­nes a bus­car un poten­cial mari­do adi­ne­ra­do para afron­tar la vida de mane­ra más esta­ble y confortable.

Fun­da­men­tal­men­te, la esen­cia de esta his­to­ria radi­ca en la diná­mi­ca enta­bla­da entre las her­ma­nas, cada una con sus pro­pias carac­te­rís­ti­cas. Jo, apa­sio­na­da de la lite­ra­tu­ra, repre­sen­ta a la joven de espí­ri­tu inde­pen­dien­te que aspi­ra con­cre­tar una carre­ra como nove­lis­ta. La sen­si­ble Meg (Emma Watson) con incli­na­cio­nes de actriz final­men­te deja de lado esos sue­ños al encon­trar­se rea­li­za­da en su matri­mo­nio con John Broo­ke (James Mor­ton), un maes­tro de modes­tos recur­sos. En tan­to la pre­sun­tuo­sa y egoís­ta Amy sien­te celos de Jo por la impor­tan­cia que adquie­re en el seno fami­liar y en un acto mali­cio­so que­ma el borra­dor de uno de sus tra­ba­jos, aun­que final­men­te se redi­me pre­va­le­cien­do el amor fra­ter­nal. En tan­to, la dul­ce, tier­na y frá­gil Beth (Eli­za Scan­len) encuen­tra solaz tocan­do el piano, sin sos­pe­char el gol­pe que el des­tino habrá de aca­rrear­le. Den­tro de ese ínti­mo circu­lo se halla el joven y encan­ta­dor vecino Lau­rie (Timothée Cha­ma­let) quien ena­mo­ra­do de Jo es recha­za­do en su pro­pues­ta matri­mo­nial por­que ella desea ser su pro­pia per­so­na y por lo tan­to pri­vi­le­giar su liber­tad sin ata­du­ras sentimentales.

Aun­que en línea gene­ral las inter­pre­ta­cio­nes son satis­fac­to­rias, por la impor­tan­cia que adquie­re su rol se dis­tin­gue Ronan al iden­ti­fi­car­se ple­na­men­te con la aco­me­te­do­ra Jo, tal como la auto­ra la con­ci­bió en su nove­la; igual­men­te gra­vi­ta la muy bue­na com­po­si­ción de Pugh en un rol no muy sim­pá­ti­co, como así tam­bién se luce el joven Cha­ma­let cuyo per­so­na­je guar­da una muy bue­na quí­mi­ca con el de Jo.

Guar­dan­do un pro­fun­do afec­to hacia las mujer­ci­tas de Alcott, Ger­wig ha logra­do una pelí­cu­la que real­za los valo­res de la fami­lia al pro­pio tiem­po que deja tras­lu­cir, a tra­vés de Jo, el empo­de­ra­mien­to feme­nino en una épo­ca tan dis­tan­te de la actual. Lo más impor­tan­te es que la direc­to­ra, apar­tán­do­se del mar­co de una con­ven­cio­nal narra­ti­va, depa­ra para la actual gene­ra­ción de ciné­fi­los una agra­da­ble y emo­ti­va come­dia dra­má­ti­ca con­per­so­na­jes que­ri­bles y fáci­les de empa­ti­zar. Jor­ge Gutman

Con­ti­nua­da Tensión

UNCUT GEMS. Esta­dos Uni­dos, 2019. Un film diri­gi­do por Joss y Benny Saf­die. Dis­tri­bui­do por Netflix

Den­tro de la fil­mo­gra­fía de los her­ma­nos Joss y Benny Saf­die, Uncut Gems es uno de sus mejo­res tra­ba­jos; en gran par­te eso se debe a que el inge­nio­so guión que pre­pa­ra­ron con Ronald Brons­tein obli­ga a que el rela­to adquie­ra un tono con­ti­nua­da­men­te fre­né­ti­co a fin de lograr el pro­pó­si­to desea­do en la his­to­ria pro­pues­ta. Pero igual­men­te impor­tan­te es haber con­ta­do con la actua­ción de Adam Sand­ler, cuya inter­pre­ta­ción en el rol pro­ta­gó­ni­co es nada menos que descollante.

Adam Sand­ler

Los Saf­die rela­tan la his­to­ria de Howard Rat­ner (Sand­ler), due­ño de una joye­ría ubi­ca­da en la calle 47 de Manhat­tan, en pleno dis­tri­to de los dia­man­tes. Su fuer­te incli­na­ción al ries­go como juga­dor le ha crea­do serios pro­ble­mas de endeu­da­mien­to hacia ter­ce­ros repre­sen­ta­dos por usu­re­ros acos­tum­bra­dos a aco­sar y adop­tar medi­das extre­mas para los incum­pli­do­res de los prés­ta­mos que efec­túan. En con­se­cuen­cia, Rat­ner cubre una deu­da abrien­do otra y así suce­si­va­men­te se encuen­tra en un esta­do de cri­sis per­ma­nen­te. En el aspec­to per­so­nal, su for­ma de vida alo­ca­da moti­va pro­ble­mas con su mujer (Idi­na Men­zel), encon­tran­do sus­ti­tu­ción en su emplea­da y aman­te (Julia Fox).

Rat­ner cree hallar una solu­ción a sus aprie­tos finan­cie­ros cuan­do dis­po­nien­do de un res­plan­de­cien­te y valio­so ópa­lo que ha con­tra­ban­dea­do de una mina de Etio­pía encuen­tra un poten­cial com­pra­dor en Kevin Gar­nett (inter­pre­tán­do­se a sí mis­mo), la súper estre­lla del balon­ces­to. La pre­sen­cia de este depor­tis­ta y el prés­ta­mo tem­po­ral que le hace de la valio­sa pie­dra a cam­bio de su ani­llo de cam­peón como garan­tía, moti­va a que Rat­ner redo­ble sus apues­tas de jue­go. Es mejor reser­var lo que con­ti­núa sal­vo men­cio­nar que el espec­ta­dor vive inmer­so en la per­tur­ba­da men­te de este ago­bian­te indi­vi­duo para sobre­vi­vir a sus dificultades.

Sand­ler es un actor que a tra­vés de sus actua­cio­nes ha logra­do con­quis­tar a un sec­tor del públi­co que le sigue con entu­sias­mo así como hay otro que lo recha­za por su actua­ción en algu­nas dese­cha­bles come­dias. Más allá de la ambi­va­len­cia seña­la­da, él es un muy buen actor tal como lo ha demos­tra­do en Punch-Drunk Love (2002), Funny Peo­ple (2009) y The Meye­ro­witz Sto­ries (2017) entre otros fil­mes serios. Aquí, nue­va­men­te da mues­tras de su talen­to en un papel com­ple­jo don­de repre­sen­tan­do a un per­so­na­je nada sim­pá­ti­co y sin duda des­pre­cia­ble que gri­tan­do y voci­fe­ran­do sin parar, con­ta­gia al espec­ta­dor hacién­do­lo sen­tir incó­mo­do; con todo, en el fon­do uno se con­mi­se­ra con su paté­ti­ca personalidad.

El públi­co que apre­cie el sin­gu­lar esti­lo narra­ti­vo de los Saf­die habrá de valo­rar una pues­ta escé­ni­ca que des­ti­la adre­na­li­na en el con­tex­to de una come­dia lin­dan­do con la tra­ge­dia, ple­na de vorá­gi­ne y efec­ti­va ten­sión. Jor­ge Gutman