El Amor que Permanece

THE LOVE THAT REMAINS. Islan­dia-Dina­mar­ca-Fran­cia-Fin­lan­dia-Sue­cia, 2025. Un film escri­to y diri­gi­do por Hly­nur Pál­ma­son. 109 minutos

Des­pués de muy logra­dos fil­mes como A Whi­te Whi­te Day (2019( y God­land (2022), el rea­li­za­dor islan­dés Hly­nur Pál­ma­son retor­na con The Love That Remains con­si­de­ran­do el tema de la diso­lu­ción matrimonial.

Una esce­na del film

Cual­quier rup­tu­ra de la vida con­yu­gal gene­ra efec­tos impor­tan­tes que tras­cien­den la sepa­ra­ción físi­ca y más aún cuan­do hay hijos de por medio. De todos modos y basa­do en su expe­rien­cia per­so­nal, el rea­li­za­dor tra­ta de evi­tar gran­di­lo­cuen­tes efec­tos dra­má­ti­cos al esbo­zar cómo trans­cu­rre la exis­ten­cia de la pare­ja protagónica.

En un pue­blo rural de Islan­dia vive Anna (Saga Garðars­dót­tir) y su sepa­ra­do espo­so Mag­nus (Sve­rrir Gud­na­son) apo­da­do Mag­gi. Ella es una artis­ta visual tra­tan­do de que su tra­ba­jo basa­do en obras con meta­les corroí­dos pue­da tras­cen­der. Por su par­te Mag­gi es un pes­ca­dor que está ausen­te lar­go tiem­po del hogar.

A lo lar­go de un año con sus cua­tro esta­cio­nes el rela­to del direc­tor ilus­tra la vida del que­bra­do matri­mo­nio habi­tan­do en la mis­ma casa jun­to con la hija ado­les­cen­te Ida (Ida Mek­kin Hlyns­dot­tir), los geme­los Por­gils (Por­gils Hlyns­son) y Gri­mur (Gri­mur Hlyns­son) ade­más de un que­ri­ble perro ovejero.

En una narra­ción estruc­tu­ra­da en viñe­tas, en una de las mis­mas se obser­va a Mag­nus desean­do reanu­dar el víncu­lo con su mujer, aun­que ella se opo­ne a ello, sin que se sepa cuál ha sido el moti­vo que ha cau­sa­do la rup­tu­ra mari­tal, lo que no impi­de que haya cier­tos momen­tos de inti­mi­dad sexual. Asi­mis­mo el rela­to exhi­be la frus­tra­ción de Anna al no obte­ner res­pues­ta favo­ra­ble de un gale­ris­ta sue­co (Anders Moss­ling) para la exhi­bi­ción de sus lien­zos. A ello se aña­de esce­nas de los niños jugan­do en el exte­rior de la casa, los ani­ma­les que mero­dean la gran­ja fami­liar don­de Mag­gi inten­ta atra­par a un gallo moles­to, como tam­bién los paseos de la fami­lia en el bos­que cer­cano a fin de reco­ger sus frutos.

En este ínti­mo retra­to de una fami­lia que a pesar de su divi­sión tal como lo enun­cia su títu­lo (El amor que per­ma­ne­ce) daría la impre­sión que hay un lazo que los une, el cineas­ta con­si­gue com­bi­nar momen­tos serios con situa­cio­nes risue­ñas que per­mi­ten crear empa­tía con sus per­so­na­jes, espe­cial­men­te con sus dos pro­ta­go­nis­tas. Gud­na­son es suma­men­te expre­si­vo ani­man­do al hom­bre vul­ne­ra­ble y en cier­ta for­ma inma­du­ro que evi­den­cia la tris­te­za de su sepa­ra­ción y sin saber qué es lo que el futu­ro habrá de depa­rar­le; por su par­te Garðars­dót­tir exce­len­te­men­te trans­mi­te a la mujer segu­ra de sí mis­ma que ade­más del amor hacia sus hijos, en el fon­do no omi­te su afec­ción hacia Mag­gi a pesar de la separación.

El úni­co bemol del film es la intro­duc­ción de recu­rren­tes ele­men­tos fan­tás­ti­cos que tra­tan­do de crear un cli­ma de rea­lis­mo mági­co dis­traen del foco cen­tral. En todo caso, eso no alcan­za a empa­ñar el con­te­ni­do glo­bal de esta come­dia dra­má­ti­ca real­za­da por la estu­pen­da foto­gra­fía del rea­li­za­dor cap­tan­do la mag­ni­fi­cen­cia del pano­ra­ma islan­dés con sus gla­cia­res y mon­ta­ñas.  Jor­ge Gutman