Una Sado­ma­so­quis­ta Relación

PILLION. Gran Bre­ta­ña, 2025. Un film escri­to y diri­gi­do por Harry Ligh­ton. 107 minutos

Con el buen ante­ce­den­te de haber sido dis­tin­gui­do con el mejor guión en la sec­ción Un Cer­tain Regard del fes­ti­val de Can­nes aho­ra lle­ga a los cines cana­dien­ses Pillion, la ópe­ra pri­ma del escri­tor y direc­tor bri­tá­ni­co Harry Lighton.

Harry Melling y Ale­xan­der Skarsgard

Basa­do en el libro “Box Hill” de Adam Mars-Jones, el film se aden­tra en el mun­do de los mote­ros homo­se­xua­les situa­do en una loca­li­dad pró­xi­ma a Lon­dres. Allí vive el tími­do e intro­ver­ti­do gay Colin (Harry Melling) quien sin ocul­tar su orien­ta­ción sexual habi­ta con su madre Peggy (Les­ley Sharp) y su padre Pete (Dou­glas Hod­ge) con quien sue­le can­tar en un cuar­te­to coral, ade­más de desem­pe­ñar­se como agen­te de tránsito.

Cuan­do en una noche navi­de­ña en una taber­na local Colín cono­ce a Ray (Ale­xan­der Skars­gard), uno de los moto­que­ros gay que allí se encuen­tra, el sumi­so mucha­cho se sien­te atraí­do por él y des­pués de haber­se dado cita en una de las calle­jue­las oscu­ras pró­xi­mas al lugar, Colin man­tie­ne un ardo­ro­so sexo oral. El con­tras­te entre ambos no pue­de ser más evi­den­te en don­de la inse­gu­ri­dad y vul­ne­ra­bi­li­dad del joven Colin se opo­ne la fuer­te per­so­na­li­dad pose­si­va de su caris­má­ti­co seduc­tor ves­ti­do con su cha­que­ta de cue­ro y botas pertinentes.

No trans­cu­rri­rá mayor tiem­po para que Colin aban­do­ne su hogar y vaya a vivir don­de Ray. Allí el sumi­so joven pasa a asu­mir el rol de un sir­vien­te tenien­do que coci­nar, lim­piar la casa, asear la ropa y efec­tuar todas las tareas per­ti­nen­tes de un emplea­do domés­ti­co que inclu­ye ade­más ali­men­tar a la perra de su aman­te; a ello se agre­ga el hecho de que Ray no le per­mi­te dor­mir en su cama, por lo que Colin no tie­ne otra opción que per­noc­tar en el sue­lo. Ese extra­ño víncu­lo que se ase­me­ja al de un amo y su escla­vo sus­ci­ta evi­den­te ten­sión don­de el amor que Colin sien­te por Ray no lle­ga a ser corres­pon­di­do más allá de la satis­fac­ción sexual cuan­do éste lo cree conveniente.

Si bien la pues­ta escé­ni­ca del novel rea­li­za­dor es correc­ta y a nivel inter­pre­ta­ti­vo las actua­cio­nes pro­ta­gó­ni­cas de Melling y Skars­gard son inob­je­ta­bles, esta audaz con­cep­ción eró­ti­ca de domi­nio sexual, aun­que impreg­na­da de cier­to humor, se tra­du­ce en una visión poco con­for­ta­ble. Eso no se debe al opro­bio­so mal­tra­to del per­so­na­je domi­na­dor hacia el domi­na­do, sino a que la explo­ra­ción de la sub­cul­tu­ra gay podría ser expues­ta con mayor suti­le­za, sin haber recu­rri­do a mos­trar explí­ci­ta­men­te las con­ti­nua­das rela­cio­nes sexua­les de sus pro­ta­go­nis­tas. En todo caso, esa obje­ción que­da en par­te ate­nua­da en la medi­da que en su tra­mo final el víncu­lo sado­ma­so­quis­ta cede paso a una rela­ción más huma­na a la vez que emotiva.

En suma, he aquí un film bien rea­li­za­do aun­que com­ple­jo y per­tur­ba­dor en los grá­fi­cos encuen­tros sexua­les. Jor­ge Gutman