CORPUS CHRISTI. Polonia-Francia, 2019. Un film de Jean Komasa
Un sombrío film que se presta a diferentes lecturas es el que se aprecia en Corpus Christi de Jan Komasa. El director no deja de ser ambicioso al considerar el delicado tema de la fe a través de un acontecimiento real, aunque cambiando algunas situaciones y personajes.

Bartosz Bielenia
El guión de Mateusz Pacewicz se centra en Daniel (Bartosz Bielenia), un convicto de 20 años de edad que ha sido encarcelado en un centro de detención juvenil en algún lugar no especificado de Polonia; desde sus primeras imágenes se puede apreciar el clima de violencia existente detrás de las rejas. A pesar del medio que lo rodea, este joven católico manifiesta un profundo sentimiento de religiosidad que esencialmente lo demuestra en una escena en que tiene lugar un servicio religioso donde en estado de gracia canta con angelical voz el salmo “El Señor es mi Pastor”.
Previo a su liberación en libertad condicional le manifiesta al padre Tomasz (Lukasz Simlat), el párroco de la prisión, su deseo de devenir cura; sin embargo, el sacerdote le disuade de esa idea porque debido a sus antecedentes delictivos ningún seminario habrá de aceptarlo, sugiriéndole en cambio que acepte un trabajo en una carpintería cercana; después de hacerlo, Daniel deja su empleo y arriba a un pequeño pueblo de la campaña donde favorecido por circunstancias fortuitas adopta la identidad de un cura, afirmando que él ha sido ordenado en Varsovia; así a los pocos días reemplaza al anciano vicario local (Zdislaw Wardejn) quien por razones de salud debe dejar el púlpito temporariamente. Aunque al principio inquieto, el joven logra improvisar sermones que aprendió del padre Tomasz y a través de Google se impone de ciertos rituales que debe seguir. Además de las misas ofrecidas a los aldeanos sin despertar sospecha alguna, sirve asimismo como un factor catalizador tratando de aliviar el dolor de la comunidad que vive los efectos de una tragedia en la que siete jóvenes fueron muertos en un accidente de automóvil.
Con la excelente composición que Bielenia logra de su personaje, resulta fácil simpatizar con la suerte del impostor quien persiguiendo una senda espiritual es lo único que le resta en vida para que Dios le brinde una segunda oportunidad. En tal sentido, la historia aquí propuesta no es muy diferente de quienes tratando de eliminar aspectos vergonzosos del pasado tratan de encontrar en la religión el camino para liberar sus conciencias.
A través de una pulcra realización, Komasa obtiene un relato honesto a pesar de que deban dejarse de lado algunos aspectos del mismo que resisten credibilidad. En la medida que la impostura reflejada por el protagonista ha ocurrido realmente, el film permite especular sobre la posibilidad de que alguien desprovisto de las enseñanzas suministradas en varios años de seminario pueda llegar a sensibilizar profundamente a parroquianos fuertemente apoyados por su fe religiosa.
Con un final que no conviene revelar, esta compleja historia lúcidamente narrada permite reflexionar acerca del comportamiento de fieles creyentes que mantienen la convicción de que la expiación de la culpa puede alcanzarse a través del sacrificio, dolor y la redención espiritual. Jorge Gutman