Un Afec­tivo Drama de Adolescentes

ME AND EARL AND THE DYING GIRL. Esta­dos Uni­dos, 2015. Un film de Alfonso Gómez-Rejón.

Aun­que el título anti­cipa que uno de los per­so­na­jes es el de una chica mori­bunda, esta come­dia dra­má­tica basada en la novela de Jesse Andrews, igual­mente autor del guión, con­si­dera el pro­ceso de madu­rez de un ado­les­cente, su rela­ción con un com­pa­ñero de tra­bajo y final­mente el vínculo que lo une con una enferma terminal.

RJ Cyler y Thomas Mann

RJ Cyler y Tho­mas Mann

Greg (Tho­mas Mann), el joven pro­ta­go­nista de esta his­to­ria, es un mucha­cho que sin ser deci­di­da­mente excén­trico, como estu­diante del último año de una escuela secun­da­ria de Pit­ts­burgh per­ma­nece un tanto mar­gi­nado de sus com­pa­ñe­ros. Aun­que en prin­ci­pio desafec­tado de toda emo­ción, lo único que es capaz de atraerlo es su pasión por el cine de arte donde ese entu­siasmo lo vuelca en sus ratos libres rea­li­zando paro­dias de algu­nos fil­mes clá­si­cos con Earl (RJ Cyler), un mucha­cho de edad simi­lar a quien llama su com­pa­ñero de tra­bajo pese a que en reali­dad se trata tam­bién de su mejor amigo.

A los pocos minu­tos y sin que nada lo anti­cipe en tér­mi­nos de pro­gre­sión dra­má­tica, el relato intro­duce a la madre de Greg (Con­nie Brit­ton) quien pre­siona fuer­te­mente a su hijo para que visite a Rachel (Oli­via Cooke), una de sus com­pa­ñe­ras de estu­dio recien­te­mente diag­nos­ti­cada de leu­ce­mia, a fin de entre­te­nerla en esos momen­tos difí­ci­les. Como en muchas otras situa­cio­nes un tanto irrea­lis­tas que sue­len pro­du­cirse en los guio­nes de cier­tos fil­mes, uno se pre­gunta por­qué nece­sa­ria­mente Greg –que mera­mente conoce a Rachel– debe ser quien la visite y por­qué la forma car­gosa y sin suti­leza alguna de su madre en obli­garlo a que lo haga. Pero en fin, dejando de lado la obje­ción seña­lada, puede seña­larse que el rea­li­za­dor Alfonso Gómez-Rejón logra muy bien crear ese clima extraño de inco­mo­di­dad que se pro­duce cuando por pri­mera vez Greg visita a Rachel y el modo cómo va rom­pién­dose el tém­pano de hielo que los separa para que ella final­mente lo acepte y vaya ganando su sim­pa­tía y afecto. Todo eso per­mite que hasta aquí, el relato trans­pire auten­ti­ci­dad evi­tando afor­tu­na­da­mente que la enfer­me­dad ter­mi­nal de la ado­les­cente se con­vierta en un melo­dra­má­tico paño de lágrimas.

Como se señaló pre­via­mente el hilo con­duc­tor de la narra­ción es Greg y es así que ade­más de su ines­pe­rado vínculo con Rachel, parte de la his­to­ria está reser­vado a su vínculo con Cooke donde sin duda las sáti­ras y refe­ren­cias que efec­túan res­pecto de fil­mes de Scor­cese, Her­zog, Truf­faut, Godard y otros títu­los bien cono­ci­dos serán muy apre­cia­das por el público ciné­filo. Con todo, el relato intro­duce en su parte media his­to­rias secun­da­rias con per­so­na­jes insu­fi­cien­te­mente desa­rro­lla­dos que dis­traen la aten­ción, dis­mi­nu­yendo en con­se­cuen­cia la efi­ca­cia glo­bal del mismo.

A pesar de lo ante­rior­mente seña­lado, el film resulta agra­da­ble de ver aun­que sin alcan­zar el mismo impacto emo­cio­nal de The Fault In Our Stars (2014) sobre una temá­tica pare­cida. Sin lle­gar a nive­les de exce­len­cia, el rea­li­za­dor ofrece un apre­cia­ble relato sobre el enri­que­ci­miento emo­cio­nal de un ado­les­cente a tra­vés de la expe­rien­cia con­fron­tada con una per­sona cer­cana a la muerte.

For­mal­mente resulta ori­gi­nal y acer­tada la incor­po­ra­ción de esce­nas ani­ma­das que se aco­mo­dan muy bien al carác­ter un tanto biza­rro de algu­nos de los per­so­na­jes secundarios.

Con­clu­sión: Un drama afec­tivo de ado­les­cen­tes que aun­que atra­viesa terre­nos ya explo­ra­dos por el cine logra satis­fa­cer por su acer­tada rea­li­za­ción y el buen elenco que lo inte­gra.  Jorge Gut­man

La Bana­li­dad en su Máxima Expresión

A PIGEON SAT ON A BRANCH REFLEC­TING ON EXIS­TENCE. Suecia-Noruega-France-Alemania, 2014. Un film escrito y diri­gido por Roy Andersson

La bana­li­dad es un con­cepto que cali­fica a acti­tu­des o situa­cio­nes nada impor­tan­tes o intras­cen­den­tes pero que denota una reali­dad donde sus acto­res son los seres huma­nos que la ani­man. Ilus­trar esa acti­tud es lo que se impuso el rea­li­za­dor Roy Anders­son tra­tando de radio­gra­fiar y ana­li­zar esos curio­sos com­por­ta­mien­tos desde la pers­pec­tiva de una paloma posada en una rama reca­pa­ci­tando sobre la exis­ten­cia, tal como lo expresa el título del film. Aun­que la pre­misa men­cio­nada pueda pare­cer deci­di­da­mente extraña, lo cierto es que el rea­li­za­dor logró un film melan­có­li­ca­mente paté­tico que tiene resonancia.

Ya desde el inicio queda regis­trada la impronta de Anders­son con tres peque­ñas gra­cio­sas secuen­cias en torno a la muerte; en la pri­mera de ellas un hom­bre fallece al des­cor­char una bote­lla en tanto que su esposa indi­fe­rente sigue pre­pa­rando la comida; a con­ti­nua­ción se observa a una mujer anciana que al ingre­sar a un hos­pi­tal trata de pro­te­ger su bolso con joyas a fin de lle­vár­se­las al paraíso; final­mente, la ter­cera impa­ga­ble secuen­cia mues­tra a un hom­bre que via­jando en un ferry fallece de un ata­que car­díaco inme­dia­ta­mente des­pués de haber pagado el importe de su comida a la cajera que lo aten­día; con la ali­men­ta­ción en la ban­deja sin haber sido tocada, la mujer pre­gunta al resto del pasaje si alguien desea que­darse gra­tui­ta­mente con el plato servido.

Holger Andersson y Nils Westblom

Hol­ger Anders­son y Nils Westblom

Las tres secuen­cias men­cio­na­das deter­mi­nan el tono de lo que acon­tece en las res­tan­tes 36 esce­nas que con­for­man el relato. Fun­da­men­tal­mente, el guión pre­senta dife­ren­tes viñe­tas que sin estar vin­cu­la­das con­fi­gu­ran una mirada sagaz sobre el com­por­ta­miento que los mor­ta­les pue­den asu­mir en su actua­ción coti­diana. Entre algu­nas situa­cio­nes curio­sas se puede obser­var a una niña con Sín­drome de Down reci­tando en un esce­na­rio un extraño poema, la reapa­ri­ción del rey sueco Car­los XII en un con­texto moderno, un marino pro­ble­ma­ti­zado por una cita anu­lada, una pro­fe­sora de fla­menco ofre­ciendo cari­cias muy par­ti­cu­la­res a uno de sus alum­nos, una velada esco­lar para niños con nece­si­da­des espe­cia­les y la pelea de una pareja en una playa. Con todo, los momen­tos más recu­rren­tes y gra­cio­sos del film invo­lu­cran a un dúo de excén­tri­cos y depri­mi­dos ven­de­do­res (Hol­ger Anders­son, Nils West­blom) que labo­rio­sa­mente tra­tan de ofre­cer artícu­los de entre­te­ni­miento que inclu­yen col­mi­llos de vam­pi­ros, muñe­qui­tos que ríen y más­ca­ras joco­sas. Todo ello no está exento de algu­nos momen­tos lúgu­bres ofre­ciendo una visión no del todo pla­cen­tera de un mundo lejos de ser rosado.

Como su extenso título lo indica, y teniendo en con­si­de­ra­ción la visión per­so­nal del rea­li­za­dor quien adopta un estilo abs­tracto y de super­rea­lismo para ilus­trar lo que se pro­pone, esta pelí­cula invita a refle­xio­nar sobre la forma que adopta el com­por­ta­miento humano por más ridí­cula que apa­rezca en cier­tas acti­tu­des. Al así hacerlo, en última ins­tan­cia refleja la reali­dad de la gran come­dia humana.

Con­clu­sión: Un agri­dulce film de humor negro diri­gido a una audien­cia selec­tiva.  Jorge Gut­man

El Apren­di­zaje de Duddy Kravitz

Cró­nica de Jorge Gutman

THE APPREN­TI­CES­HIP OF DUDDY KRA­VITZ. THE MUSI­CAL. Autor: David Spen­cer basado en la novela del mismo nom­bre de Mor­de­cai Rich­ler. Direc­ción: Aus­tin Pend­le­ton. Música: Alan Men­ken con Letra y Arre­glos Adi­cio­na­les de David Spen­cer. Elenco: Ken James Ste­wart, George Mass­wohl, Marie-Pierre de Brienne, Howard Jerome, Adrian Mar­chuk, Vic­tor A. Young, David Coom­ber, Sam Rosent­hal, Michael Rud­der, Kris­tian Truel­sen, Albane Cha­teau, Gab Des­mond, Julia Half­yard, Michael Daniel Murphy. Direc­ción Musi­cal: Jonat­han Monro. Sonido: Peter Balov. Deco­ra­dos y Ves­tua­rio: Michael Eagan. Ilu­mi­na­ción: Luc Prai­rie. Dura­ción: 3 horas (inclu­yendo 20 minu­tos de entre­acto). Repre­sen­ta­cio­nes: Hasta el 12 de julio de 2015 en la sala prin­ci­pal del Segal Cen­tre (www.segalcentre.org)

Resulta extraño efec­tuar la eva­lua­ción crí­tica de una obra recu­rriendo a los ante­ce­den­tes de la misma; pero curio­sa­mente ésta es la situa­ción que en este caso se pre­senta con la nueva ver­sión musi­cal de El Apren­di­zaje de Duddy Kra­vitz, la novela más renom­brada de Mor­de­cai Rich­ler, estre­nada en el Segal Centre.

El libro de Rich­ler ya había sido tras­la­dado al cine en 1974 por Ted Kot­cheff pero fue en 1984 cuando se lo con­vir­tió en pieza musi­cal aun­que recién en 1987 en Fila­del­fia es cuando por pri­mera vez sur­gió como un esfuerzo aunado de Alan Men­ken en su carác­ter de com­po­si­tor, David Spen­cer como autor de la letra y Aus­tin Pend­le­ton como direc­tor. Todo pare­ce­ría que hubiese mar­chado bien salvo que el final de la pieza, siem­pre res­pe­tando la volun­tad del nove­lista, no era lo sufi­cien­te­mente atra­yente como para que el público pudiera cele­brarlo con viva fuerza.

David Coomber, Ken James Stewart & Marie-Pierre de Brienne  Foto de Maxime Côté

David Coom­ber, Ken James Ste­wart & Marie-Pierre de Brienne (Foto de Maxime Côté)

En una breve sín­te­sis el tema gira en torno de Duddy (Ken James Ste­wart), el hijo menor de una humilde fami­lia judía angló­fona viviendo en el Mile End de Mon­treal de fines de la década del 40 quien trata de bus­car su lugar en el mundo y, sobre todo, superar el medio en el que se encuen­tra. Para ello y con el pro­pó­sito de lle­gar a ser alguien impor­tante, este joven bus­ca­vida no dudará en uti­li­zar cual­quier recurso que pueda echar a mano con tal de con­ver­tirse en rico pro­pie­ta­rio de bie­nes raí­ces; así poco le impor­tará dejar de lado escrú­pu­los éticos o mora­les aun­que eso decep­cione a Yvette (Marie-Pierre de Brienne), su dulce novie­cita fran­có­fona, su mejor amigo Vir­gil (David Coom­ber) o bien a su amado abuelo Sim­cha (Howard Jerome). Aun­que en esen­cia esta pro­duc­ción adap­tada por David Spen­cer res­pete en su mayor parte el espí­ritu del libro difiere de la ver­sión musi­cal ori­gi­nal al ofre­cer aquí un desen­lace com­pla­ciente con un Duddy dis­puesto a redi­mirse. Evi­den­te­mente, no es lo que Rich­ler con­ci­bió y cabría pre­gun­tarse hasta qué punto puede o no ser legí­timo alte­rar la esen­cia de este per­so­naje rapaz donde en rigor de ver­dad resulta difí­cil supo­ner que por “arte de magia” se habrá de regenerar.

Marie-Pierre de Brienne y Ken James Stewart (Foto de Maxime Côté)

Marie-Pierre de Brienne y Ken James Ste­wart (Foto de Maxime Côté)

Tal como está pre­sen­tada, esta fábula musi­cal tiene aspec­tos des­ta­ca­bles. La direc­ción escé­nica de Pend­le­ton, adop­tando un estilo clá­sico y lineal, per­mite que salga airoso en su come­tido insu­flando vita­li­dad y ritmo al con­te­nido de esta densa obra. No menos impor­tante es haber reunido a un elenco homo­gé­neo e irre­pro­cha­ble donde cada uno de los acto­res cum­ple su misión carac­te­ri­zando a sus per­so­na­jes de acuerdo a lo reque­rido en la adap­ta­ción efec­tuada por Spen­cer. De todos modos quien más se dis­tin­gue es Ken James Ste­wart en el rol pro­ta­gó­nico. El joven intér­prete impre­siona y con­ta­gia a más no poder con el ímpetu, ener­gía y entu­siasmo que des­pliega durante su casi per­ma­nente pre­sen­cia en el esce­na­rio; a pesar de repre­sen­tar a un per­so­naje detes­ta­ble, Ste­wart logra que la audien­cia sim­pa­tice con su caris­má­tica personalidad.

Cabe ahora hacer refe­ren­cia a la obra como un musi­cal; aquí sobre­vie­nen algu­nas dudas por las siguien­tes razo­nes. Sabido es que cuando un relato adquiere la forma de una pieza musi­cal es muy impor­tante que cada uno de los núme­ros que inclu­yen su con­te­nido sea ins­tru­men­tal al mismo; es por eso que en esta ver­sión uno se pre­gunta hasta qué punto la música incor­po­rada es un ele­mento esen­cial para el desa­rro­llo de la trama. Cier­ta­mente, las can­cio­nes resul­tan agra­da­bles de escu­char y ade­más per­mi­ten a que algu­nos acto­res des­plie­guen su riqueza vocal –como es el caso, entre otros, de Ste­wart y de Brienne-; sin embargo, eso no implica que enri­quez­can nece­sa­ria­mente los méri­tos pro­pios de la pieza por­que no se llega a apre­ciar su funcionalidad.

Aun­que la música per­te­nezca a un com­po­si­tor que como Men­ken sea amplia­mente reco­no­cido por su valiosa con­tri­bu­ción a memo­ra­bles pelí­cu­las de Dis­ney, la misma no alcanza a cau­sar con­mo­ción, sobre todo por­que no hay “shows­top­per”, o sea núme­ros musi­ca­les que impac­ten fuer­te­mente a la audien­cia como ocu­rre, para citar unos ejem­plos, en The Sound of Music con “Do, Re, Mi,” Can­tando bajo la Llu­via con el tema cen­tral, West Side Story con “To Night” o en Evita con “Don’t Cry for Me Argen­tina” . En esta obra, el número que qui­siera ase­me­jarse a los men­cio­na­dos sería “Wel­come Home” can­tado por los per­so­na­jes de Duddy e Yvette, pero no logra alcan­zar la fuerza nece­sa­ria para que su melo­día sea rele­vante, per­ma­nezca en el recuerdo y resulte fácil de tararear.

Más allá de las obje­cio­nes que los puris­tas y aman­tes de Rich­ler pue­dan obje­tar sobre la con­clu­sión de la pieza ante­rior­mente refe­rida, queda como resul­tado un ambi­cioso esfuerzo de pro­duc­ción que sin lle­gar a alcan­zar un nivel excep­cio­nal como musi­cal, satis­face como obra pro­pia­mente dicha. Al menos, su pre­sen­ta­ción cum­ple una misión muy útil como es la de revi­vir al gran escri­tor des­a­pa­re­cido y esti­mu­lar a quie­nes no hayan leído la novela para que lo hagan a fin de dis­fru­tar de este gran clá­sico de la lite­ra­tura canadiense.

Un Retrato Som­brío de Brian Wilson

LOVE & MERCY. Esta­dos Uni­dos, 2014. Un film de Bill Pohlad

Más que una con­ven­cio­nal bio­gra­fía de Brian Wil­son, Love and Mercy de Bill Poh­lad reco­rre un camino dife­rente para narrar la forma en que su enfer­me­dad afectó su vida y al pro­pio tiempo tuvo reper­cu­sio­nes en la banda de pop rock The Beach Boys que lideró durante varios años de su exis­ten­cia. Para quie­nes no estén infor­ma­dos sobre este grupo musi­cal cabe seña­lar que desde su ges­ta­ción a prin­ci­pios de la década de los años 60 alcanzó gran reper­cu­sión en los Esta­dos Uni­dos donde indu­da­ble­mente Wil­son fue el alma de ese con­junto como pia­nista, can­tante y com­po­si­tor; el éxito de esta agru­pa­ción fue tan grande que llegó a com­pe­tir mag­ní­fi­ca­mente, aun­que por breve tiempo, con los Beatles.

Lo que cons­ti­tuye el ele­mento esen­cial del film es la bús­queda de la iden­ti­dad de un dotado músico como Wil­son, y la forma en que la pelí­cula trata de pene­trar en su mente al bata­llar con el pro­blema men­tal que lo afec­taba. En con­se­cuen­cia, aun­que el esce­na­rio de fondo lo cons­ti­tuya el con­texto musi­cal del con­junto, la his­to­ria fun­da­men­tal­mente tiene como pro­pó­sito retra­tar a un vul­ne­ra­ble ser humano mos­trando cómo parte de la gente que lo rodea cons­ti­tuye un fac­tor que agu­diza y per­turba su ines­ta­bi­li­dad, como tam­bién resal­tar a la mujer que cons­ti­tuirá su tabla de rescate.

 John Cusack y Elizabeth Banks

John Cusack y Eli­za­beth Banks

El guión de Oren Mover­man y Michael Alan Ler­ner estruc­tura el relato en dos épocas, que se desa­rro­lla para­le­la­mente en los años 60 y media­dos de los 80, en donde el per­so­naje de Wil­son lo inter­pre­tan Paul Dano –en su pri­mera etapa crea­dora– y John Cusack durante los años con­tem­po­rá­neos. Es pre­ci­sa­mente en el segundo tiempo donde un Wil­son de mediana edad con el pro­pó­sito de com­prar un coche en una con­ce­sio­na­ria conoce a Melinda (Eli­za­beth Banks), una agra­da­ble ven­de­dora del lugar, y entre ellos se pro­duce una mutua corriente de sim­pa­tía que ori­gina un romance; a pesar de carac­te­rís­ti­cas noto­rias que dela­tan a un Wil­son alta­mente medi­ca­men­tado como un per­so­naje extraño, la rela­ción sen­ti­men­tal cobra inten­si­dad cuando ella llega a impo­nerse sobre los años jóve­nes del músico sufriendo la influen­cia poco esti­mu­lante de un abu­sivo padre (Bill Camp) que prác­ti­ca­mente menos­pre­ciaba las dotes musi­ca­les de su hijo; es tam­bién allí donde se refleja el período de glo­ria del con­junto cuando Wil­son a pesar de cir­cuns­tan­cias adver­sas com­puso el álbum Pet Sounds, con­si­de­rado por la prensa como uno de los mejo­res de todos los tiem­pos; curio­sa­mente, se apre­cia cómo simul­tá­nea­mente se va dete­rio­rando la salud men­tal del mucha­cho que en última ins­tan­cia reper­cute en un com­por­ta­miento ines­ta­ble que crea ten­sio­nes en el seno de la banda. Vol­viendo a los años 80, el relato fun­da­men­tal­mente enfoca el modo en que la evo­lu­ción de la rela­ción sen­ti­men­tal de la pareja encuen­tra un serio obs­táculo en el tirá­nico rol que asume Eugene Landy (Paul Gia­matti), un tera­peuta sinies­tro y pre­da­dor que había sido desig­nado guar­dia legal de Wil­son y que prác­ti­ca­mente actuó como un demo­nio minando su alma; es pre­ci­sa­mente allí donde se impone y gra­vita la per­so­na­li­dad de Melinda para sal­var su amor y al pro­pio tiempo cons­ti­tuir el fac­tor cata­li­za­dor para la recu­pe­ra­ción de quien lle­ga­ría a ser su marido.

Entre otros méri­tos, el film se des­taca por su nivel inter­pre­ta­tivo. Cada uno de sus prin­ci­pa­les acto­res ofrece la sufi­ciente rele­van­cia para que sus res­pec­ti­vos tra­ba­jos no solo luz­can sino que tam­bién resul­ten amplia­mente satis­fac­to­rios. Así, Banks per­suade con su dul­zura, cali­dez y abne­ga­ción de una mujer fir­me­mente deci­dida a ayu­dar a Wil­son; un elo­gio seme­jante merece Gia­matti donde a pesar de su per­so­na­li­dad sinies­tra tra­tando de demos­trar que solo quiere el bie­nes­tar de su paciente, sabe muy bien cómo con­tro­lar su per­sona abu­sando en su con­di­ción de psi­quia­tra. El peso mayor del relato recae en el per­so­naje prin­ci­pal; en tal sen­tido tanto Dano como Cusack se desem­pe­ñan en forma irre­pro­cha­ble; con todo, hay algo que no se llega a expli­car en el cas­ting efec­tuado; no hay razón alguna para que den­tro de la varia­ción de un período de tan solo 20 años se haya tenido que recu­rrir a dos acto­res dife­ren­tes, donde en este caso no existe un mínimo pare­cido físico acep­ta­ble que per­mita creer que se está en pre­sen­cia del mismo personaje.

Reafir­mando el cri­te­rio de que Poh­lad deci­dió dis­tan­ciarse del método tra­di­cio­nal uti­li­zado en las bio­gra­fías de músi­cos popu­la­res, aquí no hay mayor espa­cio para que uno se interio­rice sobre los otros miem­bros de la banda musi­cal como tam­poco se la mues­tra rea­li­zando con­cier­tos en público; más bien la exce­lente banda de sonido se hace pre­sente en las gra­ba­cio­nes efec­tua­das en los estu­dios, lo que de nin­gún modo resulta obje­ta­ble por­que el pro­pó­sito del film es esen­cial­mente recrear los alti­ba­jos emo­cio­na­les de un músico excep­cio­nal aco­sado de enfer­me­dad men­tal y recu­pe­rado gra­cias al amor de su mujer.

Con­clu­sión: Más allá que uno esté o no fami­lia­ri­zado con Brian Wil­son, Bill Poh­lad ofrece un relato íntimo de nota­ble cali­dad.  Jorge Gut­man

Cam­bio de Sexo

52 TUES­DAYS. Aus­tra­lia, 2013. Un film de Sop­hie Hyde

A pocos días de haber comen­tado Une nou­ve­lle amie de Fra­nçois Ozon donde aborda el tema de la tran­se­xua­li­dad y los aspec­tos emo­cio­na­les que deri­van de la misma, la novel direc­tora Sop­hie Hyde tam­bién lo con­si­dera aun­que desde un ángulo com­ple­ta­mente dife­rente; en lugar de una fina come­dia osada que roza con el absurdo, aquí se con­tem­pla la sin­gu­lar expe­rien­cia de una ado­les­cente que en el pro­ceso de madu­ra­ción sexual se enfrenta con la deci­sión de su madre de adop­tar un cam­bio de sexo. Nutrida en algu­nas de sus pro­pias expe­rien­cias vivi­das, Hyde ofrece un relato poco con­ven­cio­nal, uti­li­zando acto­res no pro­fe­sio­na­les y aun­que en el desa­rro­llo del mismo se apre­cia un estilo de fil­ma­ción no del todo homo­gé­neo, el resul­tado capta la aten­ción de un público intere­sado en seguir los veri­cue­tos de esta historia.

Del Herbert-Jane y Tilda Cobham-Hervey

Del Herbert-Jane y Tilda Cobham-Hervey

Billie (Tilda Cobham-Hervey) es una sen­si­ble ado­les­cente de 16 años quien supo desa­rro­llar una exce­lente rela­ción amis­tosa con su madre divor­ciada Jane (Del Herbert-Jane). Un día, recibe de su pro­ge­ni­tora la sor­pre­siva noti­cia de que desea cam­biar de género sexual para con­ver­tirse en hom­bre adop­tando el nom­bre de James; como con­se­cuen­cia de la situa­ción, le pide que ella vaya a vivir con su padre (Beau Tra­vis Williams) y que todos los mar­tes en horas de la tarde se reúna con ella/él para man­te­ner el con­tacto y ver cómo se pro­du­cirá la adap­ta­ción y reaco­mo­da­miento entre ambas con el paso del tiempo.

El camino ele­gido por Hyde para narrar la his­to­ria del guión que la rea­li­za­dora ela­boró con la cola­bo­ra­ción de Matt­hew Cor­mack, es la de que Billie comience a regis­trar con su cámara de video un dia­rio de las expe­rien­cias vivi­das durante todo un año a tra­vés de los encuen­tros de 52 mar­tes, a los que alude el título del film. Den­tro de esa rígida estruc­tura, las esce­nas que se suce­den sema­nal­mente tie­nen desigual dura­ción, así mien­tras que en algu­nos casos no alcan­zan 60 segun­dos sin mayor tras­cen­den­cia, en otras la cámara se detiene para ir regis­trando con mayor inten­si­dad qué es lo que Billie va sin­tiendo frente al cam­bio hor­mo­nal por el que atra­viesa su madre donde los ras­gos feme­ni­nos van dilu­yén­dose para encon­trarse con la figura de un segundo padre. Lo que resulta nota­ble es el modo natu­ral sobre cómo la joven se halla frente a una per­sona que mucho quiere pero que le cuesta acep­tar ese cam­bio. Simul­tá­nea­mente a esa com­pleja expe­rien­cia, ella tam­bién enfrenta su pro­pio des­per­tar sexual que se refleja en una his­to­ria para­lela donde se asiste a las vici­si­tu­des atra­ve­sa­das con dos com­pa­ñe­ros de escuela, Josh (Sam Alt­hui­zen) y Jas­mine (Imo­gen Archer).

Como se podrá infe­rir de lo que pre­cede, éste es un film extre­ma­da­mente deli­cado donde cual­quier mínimo error en su tra­ta­miento puede menos­ca­bar el inte­rés del mismo. Sin embargo, la direc­tora logró sor­tear los esco­llos de un elenco no pro­fe­sio­nal y de cier­tas situa­cio­nes un tanto for­za­das –por ejem­plo la pre­sen­cia per­ni­ciosa del des­agra­da­ble tío Nick (Mario Spate), con quien vive Billie– para per­mi­tir que su film trans­mita máxima hones­ti­dad y sin­ce­ri­dad en lo expuesto.

Con­clu­sión: Casi fil­mado en estilo docu­men­tal, el relato aun­que un poco per­tur­ba­dor per­mite que el público pueda empa­ti­zar con la variada gama emo­cio­nal de sus per­so­na­jes. Jorge Gut­man